El Gin y el Ham – por DANIEL CARAVELLA

Acabábamos de llegar de un fin de semana en tierras Sorianas, y para no variar había colmatado mi cupo de grasas animales procedentes del cerdo para los próximos seis meses; ni siquiera los inmejorables vinos de la Ribera pudieron contrarrestar el exabrupto, que de culinario tenía poco, y que más bien se correspondía con una bacanal romana. Afortunadamente estas cosas las hacíamos una vez al año, pero cuando asciendes y desciendes andando desde Vinuesa hasta La Laguna Negra con todo el camino nevado como estaba ese año por febrero, al llegar al primer bar habitado por seres civilizados, les demuestras que eres Obelix en el comer, y aunque en la figura no, al salir de allí ya llevas parte del camino andado para asemejarte a tal figura “Hercúlea”. Por suerte en casa tenía provisiones suficientes de desengrasantes, de los que daría cuenta de forma cumplida en cuanto el equipaje fuera distribuido en cada uno de sus correspondientes compartimentos. Dos Gin Tonics, elaborados sin preámbulos ni sofisticaciones, eso sí, con mucho hielo. Una relajada velada en la que no hacían falta músicas ni imágenes ruidosas procedentes del plasma de 32″, bastaba con recordar la luminosidad, el crepitar característico de la nieve bajo los pies, y la blancura rígida contrapuesta al fondo denso y oscuro de la laguna, que nunca había contemplado con semejante manto invernal. En el móvil campaneaban mensajes que iban esperar hasta mañana,  pues ninguno de los dos estaba dispuesto a perder la cómoda posición en la que se encontraban.

Tener preparado para tomar, mientras haces el desayuno, un brebaje diurético de cebollas, apio, tomate, y pimiento, tras los excesos del fin de semana era un poco heavy pero me recordaba a esos protagonistas de pelis que se desayunaban con una pócima verde radiactiva tras una noche de juega mortal, y salvo que el suyo era muy efectivo pues a la media hora estaban perfectos y sin ojeras, el mío era mucho más natural que el Blandiblup y a los tres días  estaba como un reloj. Café, tostadas, mermeladas varias, bizcocho, fruta, y aceite completan la carta, ¡ah! y un chorreón de leche fría. ¿Por qué cuanto mejor te está sabiendo  el desayuno, el café se acaba y con el segundo no está tan exquisito? En fin, misterios de la “prima colazione”. Tocaba comprobar el teléfono. ¿Llamadas? cero, perfecto. Mensajes de trabajo, ninguno. Otros mensajes: mil, distribuidos entre, pasadlo bien, cuidaros, y “a ver qué hacéis, que ya estáis mayorcitos”.

-¡Ah! sorpresa, ¡mensaje diferente querida, esta etiqueta sólo la reconozco en una persona! ¡Invitación de David para el finde próximo!

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Daniel Caravella

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