El Gin y el Ham (IX) – por DANIEL CARAVELLA

Aún erguido ante el ventanal comencé a notar  olores a especias, entre ellas una que se me desvaneció rápidamente,  y voces que se acercaban.

– Menos mal me habéis evitado un paseo, me estaba quedando sin vino, esa botella está en los huesos, y como supongo que sigo sin poder acercarme a la cocina os ha tocado a uno de los dos, almas risueñas,  volver para traer a la hermana de ésta. Y tened en cuenta que la siguiente sea apropiada para el Sushi de la cena. Traed aquí esos encurtidos de zha cai, el pan frito con gambas y sesamo (acababa de reconocer el olor a especie desvanecida, el jengibre) y esos mini Bao-tzu que traéis en la mano y a por el vino, pero sin tardar mucho que tengo hambre.

-¡Si mi coronel!,  respondieron como siameses.

– Te pones muy chulito dando órdenes y te vas a salvar por tener la prohibición expresa de David de entrar en la cocina.

¡Me habéis abandonado, y lo peor, mi chica se va con otro!

– Tienes toda la razón, dijo David. Le pedí a mi hermana que nos acompañara en la cena, pero se marchó ayer a Londres, y ya no he querido invitar a nadie más pues necesitaba de tu opinión sobre el Sushi.

– Déjate de enjabonamientos y zalamerías que pareces andaluz, y me tienes con la mosca detrás de la oreja con el plato de… (A mi mente volvió el trágico despertar de la hora de la siesta) Bueno, ya sabes.

– Anda quejica, aquí tienes el vino.

La botella hermana ya estaba en la mesa con su correspondiente enfriador. Nos sentamos, y fuimos dando cuenta de los entrantes que a todas luces no habían salido de las manos de David sino de su Tía, que se había pasado la tarde preparando algunas cosas, eso sí, todo menos el Sushi. La Sonrisa que provocaba el plato en cuestión cada vez que era pronunciado ya me la provocaba a mí también, ya era más que notorio el cachondeo. Las orejas de lobillo definitivamente se relajaron, pues cualquier broma que me pudieran hacer ya sólo  podía proceder de estos. Eso sí, no convenía desactivar las contramedidas.

– ¿Dónde compra tu tía el Zha Cai, o lo hace ella? Está muy bueno, al igual que el pan frito y el Bao-tzu. Tenías que haberle dicho que se quedara a cenar, me hubiera venido bien su compañía, seguro que alguna receta especial hubiéramos podido compartir, a la par de ayudarme en la crítica culinaria del plato de las sonrisas.

– No tengo ni idea, cuando necesito que venga me pregunta cuántos somos y ya está. En vuestro caso le conté lo que iba a hacer y me dijo «plepala bicalbonato y dame sincuenta eulos». Hoy ha venido, lo ha preparado todo incluso ha traído ella misma el bicarbonato que ha colocado en un cuenco sobre un plato con su correspondiente cucharilla, me ha preguntado si necesitaba algo más,  le he dicho que no, y se ha marchado.

¡Mujer sabia! Pensé.

El preámbulo de lo que fuera a pasar estaba servido y decidí meterme en la corriente con el único propósito de pasarlo bomba, además estaba claro que nuestro anfitrión era un artista en eso de la imagen, y pensé el “show business empieza a rodar”.

– Trae el bicarbonato por Dios, trae el bicarbonato, que tu sabes cómo las gasto, que me empiezo a poner verde en un tris. ¡Cariño, la Buscapina Compositum!

Como respuesta recibí una pastilla que mi chica llevaba en el bolsillo de su pantalón y un « ¿quiere algo más de la botica el señor?». No sé si la burla posterior iba acompañando a mi «era broma» o al conjunto entero.

– Para eso siempre hay tiempo, dijo David, aún no tengo previsto sacar mi plato estrella. No exageres. Nadie que lo haya probado antes ha caído enfermo, ni ha tenido que salir corriendo al baño con indigestión. No os mováis que traigo lo siguiente.

F GyH(IX) (1)

Daniel Caravella

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