El escándalo – por JUAN CARLOS VIVÓ

Pasar del colegio al instituto era una prueba de madurez. Te metías en un edificio enorme, con un montón de alumnos desconocidos, con profesores aún más desconocidos si cabe, desvinculándote de muchos de quienes habían sido tus amigos durante tu infancia y del ambiente relativamente protector del colegio y te encontrabas con otros chavales que se te antojaban gigantes al lado tuyo, con voz grave y barba, -trasgos juguetones y malignos dispuestos a acabar con tu vida en un tris-  y con profesores extraídos de no sé qué arcano Olimpo que los asemejaba a trascendentes dioses intocables que marcaban con su voluntad tu fatal destino.

Durante cuatro años te tocaba enfrentarte a las fórmulas matemáticas imposibles de Ochotorena y al terror que te entraba al descubrirte en el error; al análisis sintáctico de oraciones kilométricas que ocupaban dos pizarras completas; a familiarizarte, con tus tiernos diecisiete años, con el griego homérico, que era otro diferente al clásico y a los temidos exámenes sin diccionario que, inevitablemente te preparaba don Jesús José; a saber que, como no conocieras hasta el más mínimo detalle de la vida de Fruela I, uno de los primeros reyes asturianos, hijo de Alfonso I, iba a ser imposible obtener un ocho, máxima nota jamás otorgada por don Aurelio en la Historia de España  de tercero; a comentar el primero de <<Los Milagros de Nuestra Señora>> de Gonzalo de Berceo, el de la casulla de san Ildefonso, pero nada de en versiones modernizadas, no, sino a pelo, en el estado de la lengua en el siglo XIII…

Pero, por otro lado, si no queríamos, al menos respetábamos al profesor, eso siempre. Era parte de las reglas del juego que nadie se saltaba o bien por miedo a las consecuencias, que eran mucha, provenientes del mismo instituto o de tu misma familia que no te pasaba una, o bien porque simplemente que no se te pasaba por la sesera el hacer de tu capa un sayo y pasar ciertos límites. El profesor ideal tiene que obtener de sus pupilos un equilibrio entre respeto y cariño, que ni te hace tirano ni colega y eso solo algunos lo logran. Con todo, a pesar de que muchos no lo lograban y te encontrabas de todo, repito, respeto había al menos, en todo momento y circunstancia. La cercanía al profesor no siempre se lograba, es verdad. Dependía de cómo el profesor quería agarrar la cuerda: floja y suelta o bien prieta para que no se desmandara el ganado. Sabíamos con quién nos jugábamos las habichuelas y que su poder sobre nosotros era el que era y, en la modalidad guay o en la terrorífica, las buenas formas y los papeles se guardaban.

Nos tocó vivir una época en mi instituto muy curiosa, de paso entre una época y otra. Había pasado ya la generación de la Transición, donde el Vandelvira era conocido por ser uno de los núcleos de agitación política de Albacete, donde, según se cuenta, llegó a haber permanentemente una pareja de los grises de vigilancia en los alrededores, dando vueltas, para controlar posibles disturbios. Ahora, más bien,  era un momento “cultureta”. Me explico. Ya gobernaba España el PSOE de Felipe González y las aguas estaban mucho más mansas. Habíamos entrado en la OTAN y en la Unión Europea y los fantasmas del franquismo eran ya idos. En ese contexto, nos dio por lo cultural. Fueron los gloriosos años del Cultural Albacete, donde era normal ver conferenciando a Fernando Arrabal (sin estar bebido), a Torrente Ballester, a Francisco Ayala, o ir gratis a ver a El Brujo en los escenarios o una representación de teatro clásico universitario de altísima calidad… De ese ambiente, el instituto se beneficiaba y nosotros participábamos alegre y confiadamente: nos picábamos por los premios del concurso literario, pasábamos las tardes muertas editando la revista de los alumnos, hablábamos de libros, de artistas, de cine, escribíamos y nos pasábamos nuestros primeros poemas, carentes de valor literario, pero muy intensos de sentimiento…

No éramos, sin embargo, unos monstruos con gafas de culo de vaso, moreno de flexo y codos pelados por la mesa de estudio, ni mucho menos. También nos buscábamos las mañas para ligotear con las compañeras, con más o menos éxito, por corrernos nuestras primeras juergas, por visitar las primeras discotecas, por entrar en los antros de la calle Tejares a cascarnos nuestras primeras litronas, por nuestras primeras borracheras y por buscar una cama furtiva para nuestras primeras e inmaduras experiencias sexuales, por las consecuencias llegar a deshoras, descompuestos y en mal estado a casa.

Eso que experimenté en esos años, en mí, que siempre he presumido de pedante al uso, generó, con el tiempo un aura que mitificó en buena medida todo. Muchos años después, charlando con mi profesor de Filosofía, Rafael, se me cayeron los palos del sombrajo, pues no era lo normal. No había adecuación entre mi recuerdo y lo real. Lo cierto es que se había creado una rara conjunción excepcional de alumnos con esas inquietudes y que el tono general era más ordinario, pues realmente éramos unos pocos los que nos manejábamos de aquella guisa. Siempre es bueno ver las cosas desde otro lugar y esa charla regada con el sempiterno Triple Seco con que me obsequiada me hizo rebajar mi idea de lo vivido.

Ese ambiente de exigencia que comentaba al principio y de auto exigencia también era algo aceptado por todos, por nosotros y por nuestras familias. No había quejas por ello. Era lo que se esperaba. Las reglas de juego eran las que eran, ni más ni menos.

Hoy en día parece imposible reproducir, en los centros educativos, ese mundo que recuerdo con nostalgia y cariño, mundo de rigor, exigencia, de gusto por la cultura, por aprender y saber que, aunque no compartido por todos, sí por muchos,. Ahora, seguramente, al albur de los tiempos flojeras que corren, sería motivo de escándalo, estoy convencido, tan escandaloso como confesaros que fumábamos en clase (el alumno que quería y más de un profesor), y que en la cantina, a veces, nos invitaban a cerveza. Pero, por favor, no se lo digáis a nadie.

 

Colegio de El Pilar. Madrid

Juan Carlos Vivó

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