El diálogo – por ALEJANDRA MEZA

Las palabras son los ladrillos del entendimiento, el animal esquivo sobre el que lanzan sus flechas los poetas. Ellas son mis enemigas porque me evitan: cuando algo me incomoda cierro la boca y jamás digo lo que pienso.

Desde que fui contratada por esta compañía, me propuse escalar hasta su punto más alto, es decir, hasta el «penthouse» donde se ubican las oficinas de los directivos y los asociados. Acá entre las alturas la conocí a ella: la mujer más estúpida y engreída del planeta. Nos odiamos en público porque tenemos personalidades opuestas y, también, porque nos admiramos en secreto.

Ella suele vestir con elegantes trajes sastre. ¿Su cabello? Sedoso, lacio, rojo como sus afiladas uñas. Su buen gusto para armonizar sus zapatos con el resto de los accesorios provoca mi admiración al grado de que puedo recordar casi todo lo que atesora en su armario. El mío consta de dos faldas negras y dos marrones, las cuales combino con diferentes blusas y uno que otro collar.

Todo en ella es tan perfecto como sus modales, salvo por esa maña que no puedo tolerar. Cada tarde afila sus uñas carmesí con una pequeña navaja que oculta en uno de los cajones de su escritorio. Me pregunto cómo la introdujo en el edificio puesto que todos los bolsos y portafolios son revisados con rigor por el personal de seguridad.

Hace un mes, nuestro jefe de área nos mandó llamar con el fin de asignarnos un proyecto en el que habríamos de unir esfuerzos. Se trataba de una nueva campaña de mercadotecnia para Scarpa, la industria fabricante de zapatos que está de moda. Ella no pudo ocultar su emoción delante de él y le hizo saber que tal asignación era lo mejor que le había pasado en su carrera profesional puesto que amaba todo lo relacionado con los zapatos.

El gesto me pareció una exageración de su parte, sobre todo porque conozco bien que el éxito de una campaña publicitaria no gira alrededor del producto, sino de los precios y de su exposición al mercado, tópicos en los que me especializo. Sin intercambiar palabras ni puntos de vista, por separado pusimos manos a la obra en el proyecto, ignorándonos la una a la otra a pesar de la cercanía de nuestros escritorios.

Quince días más tarde, tuvimos la primera de tres sesiones programadas con el jefe para mostrarle los avances. Al concluir, nos felicitó por haberle exhibido una proyección diligente y coordinada. Sorprendidas, nos miramos de reojo, disimulamos una sonrisa y continuamos trabajando.

Hace una semana, minutos antes de la segunda cita, eché a andar mi cronómetro mental ¡Tomó tres minutos ocho segundos en aplicarse el labial! Luego, extrajo esa pequeña daga con que saca punta a sus uñas y la depositó de nuevo dentro de la pequeña bolsa amarilla que esconde en su escritorio. Ese agudo chirriar me mortifica los sentidos.

Culminamos la presentación, pero esta vez el jefe se mostró inconforme porque mis cifras no encajaban con sus estimados. Nos advirtió Scarpa era del interés máximo del consejo directivo y que si no éramos capaces de resolver las discrepancias, reasignaría el proyecto de manera emergente a otra pareja de asociados.

Me sobrecogí. Pasé el fin de semana sopesando el pro y el contra de la situación y el lunes arribé a la oficina dispuesta al diálogo con ella. Se reportó enferma. Creí que se trataba de un pretexto para evadirme, pero lo mismo ocurrió el martes y ayer miércoles, así que tomé cartas en el asunto e inicié mis propias averiguaciones. El escenario era peor de lo que yo imaginaba.

El guardia vespertino me reportó que ella se había estado presentando a laborar durante las noches y un amigo de confianza ─quien trabaja para el departamento de informática─, me reveló que todos mis archivos computacionales relacionados con el proyecto habían sido copiados y transferidos al ordenador principal. No cabía duda. Ella se estaba preparando para traicionarme ante la compañía y para apuñalarme por la espalda. Me esforcé en controlar mis emociones, ideé un plan y esta mañana me reporté enferma.

Desperté tarde, salí a almorzar, al cine, luego paré en un salón para que me maquillaran y adornaran mis manos con uñas postizas. Por la tarde, entré a una de las sucursales de Scarpa y compré las sandalias más caras y llamativas que ofrecían. De ahí me pasé a una boutique, elegí un traje sastre blanco. Vestida como para una gala, me di una gran cena acompañada de un vino sofisticado en el mejor restaurante de la ciudad y, al regresar de madrugada a mi pequeño departamento, me hice una última concesión.

Armada de valor y bajo los efectos del vino tinto, me detuve ante la puerta de mi vecino, ese tipo que siempre me mira a las piernas cuando subo la escalera. No hablamos mucho, como les referí no soy hábil con las palabras ni para decir lo que siento. Ya tendré tiempo de dialogar conmigo misma en la cárcel, donde vestir con garbo, comer bien y tener sexo, son lujos que las reclusas no pueden darse.

Mañana, cuando ella salga de la tercera reunión a la que estamos citadas por el jefe y haya presentado mi porción del proyecto como si fuera suya, ahí estaré yo, a la espera. Él, me mirará con enojo; ella, sonreirá satisfecha de su mala acción, mas yo le destrozaré la sonrisa a puñaladas, literalmente. Me mirará con angustia y se sorprenderá de verme con su pequeña bolsa amarilla en una mano y su navaja en la otra.

Alejandra Meza

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