El día de Leticia, por ELENA SILVELA – #escritos

Leticia dio la vuelta a la rotonda, trescientos sesenta grados, y volvió. Bajó del coche y caminó hacia casa. A paso muy lento, ralentizado aún más por el miedo. Recorrió el camino de gravilla de la entrada, ese que conocía de memoria, con el corazón reducido a la mínima expresión. Sintió cómo ardía bajo su mano el pomo de la puerta y por un momento estuvo a punto de echar a correr, para vivir en la mentira, para no enfrentar esa verdad que partía su alma en dos pedazos tan distantes que jamás podrían volver a unirse sin mostrar una amorfa cicatriz. Permaneció unos minutos ahí, paralizada. Le bastaron para rememorar su vida. Todo pasó por delante: la infancia en la casita de la pradera, sus padres, los momentos de gloria de la universidad, el día de su boda. Y sus dos hijos, los tesoros más preciados, a quienes nunca pensó que podría querer tanto.
Por fin abrió la puerta y desde la amplia entrada pudo ver a Pablo en su rincón de siempre, en su butaca favorita, leyendo bajo la lumbre del sol radiante de la cristalera de la biblioteca. Si hubiera pensado por un instante que era una atrocidad destrozarle su mejor momento del día, hubiera dicho un simple buenos días.
Su mente no estaba para florituras, su adrenalina menos.
-¿Pero no ibas a ver a tu madre?- Le asustó la voz profunda de su marido.
-No te va a gustar, pero debo contártelo. He tenido hasta hace poco una aventura con Jacobo; han sido unos meses. Viene Marta para acá, lo ha descubierto y quiere hacértelo saber. De cornuda a cornudo te lo va a contar, así me lo ha dicho en el mensaje. Sé que no me vas a creer, pero estoy muy arrepentida. Nunca debiera haber dejado que fuera tan lejos todo. Siento el inmenso daño. Me iré de aquí, ya mismo si quieres.
Pablo se quitó las gafas para dejarlas sobre la mesita. Despacio. Protocolariamente. Lo mismo hizo con el libro, haciéndole hueco cerca de las gafas.
-Sé lo de esta historia vuestra desde primeros de noviembre. No quería enterarme, pero mis otros amigos no estaban dispuestos a dejarme vivir en la ignorancia. He pensado mucho. Muchos días. Muchas noches en vela. He colocado mi amor por ti en una balanza y pesa tantísimo que solo he sido capaz de decidir que te abandonaría si no fueras capaz, en ningún momento, de venir a decírmelo a la cara, con un cierto arrepentimiento. Que Marta lo haya descubierto y quiera también venir a abrirme los ojos no es el mejor de los escenarios, lo reconozco. Pero me alivia, me reconforta, me quiero conformar con esta confesión forzada. Adoro a mis hijos y no quisiera hacerles daño. Por encima de eso, te quiero a ti. Fuiste el primer miembro de esta familia, a quien elegí expresamente. No quiero que te vayas. Quiero reconstruir, enmendar errores, compensar descuidos. Especialmente ahora, en Navidad. Si quieres seguir conmigo, esta es tu casa, yo te quiero y los niños también.
El timbre de la casa atronó en el silencio de una conversación que Leticia y Pablo decidieron continuar simplemente con la mirada. Hasta tres veces sonó. Él no se movió. Leticia tampoco. Un gesto de Pablo hizo que su hijo se parara en seco a pocos metros de la puerta de entrada. Con otro gesto le conminó a volverse arriba, a su habitación. Vibró entonces su teléfono y en la pantalla apareció el nombre de Marta, en letras grotescamente grandes. Pablo rechazó la llamada. Apagó el móvil.
-Me voy a dar un paseo, por la puerta de atrás. Necesito despejarme. Supongo que Marta, en algún momento más allá de la rabieta que tiene, comprenderá que no quiero hablar con ella. Porque es contigo con quien he de hablar y resolver y perdonar. Si quieres quedarte, claro. Con tu marido, con tus hijos, en esta casa. Tendremos una gran tarea por delante. Volver a formar una familia, de esas que tienen sólidos cimientos.
De los ojos de Leticia brotaban lágrimas. El labio superior no dejaba de temblar. Su mano, en el bolsillo del pantalón, agarraba con fuerza la alianza. Volvió a ponérsela. Pablo pudo verlo por el rabillo del ojo mientras salía hacia el jardín trasero. Desde el otro lado de la ventana sonrió a su mujer. La sonrisa más cálida que ella recibiera nunca.

 

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Fotografía de BABIOGRAPHY

Elena Silvela

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