El día de baños – por ROSA H. MULA

―María Dolores, ese escote te llevará al infierno un día… —sentenció Diego.

—Sí, pero ¿y lo fresquita que voy a estar allí?

Ella, sonriente, se echó hacia atrás un mechón suelto de pelo. Con el movimiento, el primer botón del vestido negro de faena se soltó y dejó ver la piel blanca y salpicada de agua del comienzo de sus pechos.

Malditos gitanos, toda la casa patas arriba y yo sin comer decente. ¿Por qué se meterá mi mujer en tantas cosas que no son de su función?

¡Maldita sea mi estampa! Su mujer tenía apadrinados una veintena de niños gitanos y con alegría se tomaba su papel de madrina a rajatabla. Más que a su propia casa. Primeros sábados de mes, baño y migas con chorizo. Juntaba a todos esos morenillos en el patio de matanzas de la Casa Grande y, con el agua hirviendo en calderos mezclada con la que corría del grifo,  iba bañando niños en la pila de los marranos. Con la ayuda de Pelaya y Martirio, las criadas, enjabonaba y aclaraba cuerpos menudos y dorados y cabezas de pelo de negro charol.

Entre gritos de frío y salpicaduras, los ahijados de Lola saltaban en el cemento mientras esperaban toallas y leche caliente. Luego, todos en fila de frente a Martirio, esperaban haciendo muecas a que ésta los peinase con raya al lado. Brillantes y espercojados, se sentaban alrededor de la mesa de matanza donde les esperaban los platos llenos de migas con chorizo y menudillo. Luego, agua de lechuga y vinagre para bajarlo todo.

La caridad empieza por la casa de uno, pensaba Diego, mirando resentido la algarabía del patio de atrás. Todos comiendo menos yo. Mi mujer atendiendo a los de fuera antes que a mí.

Ya cerca de las cinco de la tarde el patio quedaba en silencio y las tres mujeres entraban en la cocina riendo y cansadas y se encontraban un silencio de piedra en ella. Diego esperaba a ese momento para ponerse un plato de cualquier cosa y así, cuando entrase Lola, él esperaba que le diera mala conciencia. Al parecer, Lola no tenía tal, y le sonreía con desvergüenza. Se sentaba frente a él con una taza de café de puchero recalentado y se la tomaba mirando por encima de su hombro al patio. Quién sabe qué pensaría, pero era sin duda divertido.

—María Dolores, esto no puede seguir así…

Ella contestaba:

—¿Sabes la que he aprendido hoy? —ella se echaba a reír, casi atragantándose.

—María Dolores…

—Escucha: “Asín te de una calentura que solo quede la mancha de ti en la cama”. ¿Qué te parece, Diego?

—Una ordinariez. Creo que no es decente que aprendas maldiciones gitanas, y mucho menos que luego se las enseñes a nuestras hijas. María Dolores, ¡esto tiene que terminar! —empezaba a estar enfadado.

—Pero, Diego, tú sabes que esos niños no tienen donde darse un baño ni comen decente más que el sábado que vienen aquí. ¿No tienes corazón? Y todo lo que Dios nos ha dado, ¿no hemos de compartirlo?

—Cuando no son lo gitanos son los monaguillos, y si no, la novena; y cuando no es la novena es la tertulia del obispo, y cuando no…

—Pero son deberes de toda mujer de bien, Diego; en especial teniendo tanto como tenemos.

—Una mujer de bien cuida y vigila de cerca su casa y su marido, María Dolores. Nuestras hijas se están criando como gitanas, casi en la calle, no saben piano ni desplumar un pollo, llevan las faldas más cortas de todo el pueblo, como si no tuviera yo para vestir a mis hijas. ¿Qué vamos a hacer con ellas? ¿Quién las va a querer para casarse?

—Dejarlas en paz, Diego. Eso es lo que tenemos que hacer: dejarlas en paz. Ellas saben.

—Pero, ¿qué saben? ¡Si no saben ni zurcir!

—Ellas saben tirarse con una tabla por el terraplén del Guaco, saben nadar en el río contra corriente, suben a los árboles más rápido que sus primos, saben silbar, se saben chupar una costra para que cierre…

—¿Saben también silbar? —preguntó Diego escandalizado.

—Sí, saben silbar y ayudar a un viejo a cruzar la plaza, y saben consolar a un niño que se ha caído, saben asar castañas y coger las moras más gordas…

—¡Dios mío, qué panorama!

—¿Por qué te casaste conmigo, Diego? —preguntó Lola de pronto.

—Porque me gustaba cómo eras: siempre riendo y saltando, sabías hacer cosas que ninguna otra sabía hacer. Y me gustaba ese maldito escote por el que un día te condenarás.

—No sé desplumar un pollo ni estudié piano. Jamás fui del coro de la iglesia. No sé cómo se coge una aguja de zurcir…

—Ya, pero…

—Pero ¿qué, Diego? ¿Qué quieres en realidad?

—Tener una casa decente, unos hijos normales.

—Eso ya no tiene remedio. Dime, ¿qué quieres, Diego?

—Te echo de menos, joder. Siempre periqueando con gitanos y monaguillos, y me tienes sin ti. ¡Y estoy harto!

—¿Sabes por qué me casé contigo? Para escapar del maldito cortijo.

—Pues vaya consuelo.

—Pero, ¿sabes por qué me enamoré de ti después? Porque no me quitabas los ojos del escote, porque siempre me dejabas hacer, porque nunca me sentí presa a tu lado, porque siempre tenemos la misma conversación los primeros sábados de mes… ¡Y todavía me haces reír! Y para mis hijas quiero un marido como tú.

Un sábado más, Diego se resignó. El escote de su mujer bien valía el sacrificio.

Día de Baños

Rosa H. Mula

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