El Destierro (V) – por DANIEL CARAVELLA #relatos

Efectivamente, ahí, en frente suya, con los brazos extendidos como padre que espera a que su hijo de sus primeros pasos,  estaba Carlos  acompañado del oficial que tan amablemente le había atendido a su llegada.

– Tigre, cuánto tiempo sin verte, estás igual, parece que fue ayer la última vez que nos vimos. Me ha dado una alegría enorme cuando me he enterado que estabas aquí.

Treinta años son unos cuantos, pero no voy a ser yo quien le lleve la contraria, no por esto. El «Tigre» estaría casi igual, pero en su caso no se podía decir lo mismo. Se había puesto como un buda y la frente despejada había colonizado toda la superficie craneal, con excepción de algunos flecos tipo «Gollum» que le adornaban.

– ¿Carlos? Bueno, perdón, a juzgar por el traje que llevas, tendré que darte un tratamiento como te mereces. Ciudadano Judicial Asambleario Carlos, me alegro de verle, ¿cómo se encuentra?, El tiempo no ha logrado hacerle mella, solo estragos.

– Veo que sigues siendo un astifino de cuidado. Pero ven, entra a mi despacho y hablemos con más tranquilidad, con todos estos estómagos agradecidos no hay quien se aclare.

– Hay costumbres difíciles de quitar, pero sólo lo hago con alguien que es capaz de tener sentido del humor, como es tu caso.

Sabía que no debía de haberse dejado llevar de esa forma, porque por muy conocido que le fuera Carlos, el estatus que tenía en la asamblea era para andarse con pies de plomo. Además, ¿cómo un hombre con su pasado, empresario del mundo de la corrupción, bueno, construcción, que no miraba el color del dinero y su procedencia, íntimamente ligado a algún partido político ya eliminado del recuerdo histórico, ha llegado a ser un miembro notable en la asamblea?. Estaba claro que contaba con buenos contactos, o había sabido medrar tapando sus miserias pasadas.

Sobre la mesa, un cartel de Intendente Judicial Asambleario, su colección de plumas estilográficas y tinteros, por descontado un cerro de carpetas de expedientes apiladas, y en el centro de la mesa una carpeta con el nombre tapado por una cuartilla en blanco.

– Bueno, siéntate. No te pregunto qué te trae por aquí, pues tengo tu expediente. ¿Cómo se te ocurrió?

– Verás, todo fue un malentendido.

– Déjate de historias. ¿Un “sacapuntas” como tú? Me creo lo del video a pies juntilla. Te ha salvado la verborrea que tienes y lo penoso de la grabación.

– No estaría penando de esta manera si la rubia hubiese hecho un vídeo como debe ser. Llevo justificando casi tres años ese comentario grabado, y si quieres sinceridad, que hoy haya tribunal asambleario popular me tiene muy preocupado, pues ya sabes que ante ellos el veredicto más seguro es una lapidación.

– Tú lo tienes fácil. Verás, me han pasado tu expediente y no voy a arremeter contra ti. Además has cumplido con el castigo interpuesto por la asamblea. Cuando se presente tu caso pediré que se haga un sobreseimiento por clara reconversión educacional. De todas formas sigo sin entender cómo públicamente pronunciaste las siglas de la Asamblea.

– Gracias por eso que me acabas de decir, que se cierre el expediente es… Bueno, sería estupendo. Pero, creo que deberías estar convencido, y no lo veo. Lo emitido en el video no es de lo que estaba hablando, ya lo he contado mil veces, y si es necesario hacerlo, lo haré mil veces más. Y sé que consta en el expediente. Carlos, ¿qué pretende la Asamblea de mi? Sigo sin entender que se convierta mi revisión en un juicio sumarísimo.

– Ya te he dicho que no tienes que preocuparte. Vamos a proceder a devolverles la condición de ciudadano a unas cuantas personas que se han re-educado, y nada más. Reconozco que hay algunos casos que tienen muy fácil para llevarse puesta una cantera a su casa, pero ya sabes que cualquier delito tiene su pena.

– Vale. Está bien. Perdona mi pesadez, pero es que con todos mis respetos, esta forma de juicios será justa, pero la ejecución de las sentencias no me parece muy exquisita.

– La voluntad del pueblo. Por cierto, se nos ha ido el tiempo y van a comenzar los juicios. Debemos despedirnos por ahora. Espero verte cuando finalice todo.

– Bueno, ya sabes que sigo viviendo en la periferia, y me gusta llegar a casa para comer con mi chica, una costumbre que siempre admire de ti. Fuera la hora que fuera siempre te ibas a tu casa a comer. Por cierto ¿Rosa bien?

– Si. Lleva una sección de información y orientación del ciudadano, pero hace tiempo que coincidimos poco. Atender los asuntos de la Asamblea lleva mucho tiempo.

– Comprendo.

En ese momento y antes de girarme para coger la puerta y marchar al juicio, vi como claramente deslizó la cuartilla que había sobre la carpeta.

– Por cierto, tu mujer ¿Qué tal? ¿Cómo habéis conseguido todos estos años que la Asamblea no haya reparado que ella perteneciera a uno de esos partidos políticos corruptos antiguos que llevaron a la ruina moral de este País, ahora prospera Asamblea, afortunadamente?

Sabía que tenía un as en la manga. Grandísimo hijo de cabra parida por un cerdo.

– Eres bueno Carlos. ¿Qué quieres saber? ¿Estás buscando corrupción dentro de la Asamblea? No te tengo que recordar que toda la familia después de mi incidente fue examinada. Que el caso de mi chica, no existió, pues según lo dispuesto en el Código Ontológico Ñurdo Oclócrata, artículo décimo octavo, apartado cuarto, «Toda persona que haya tenido vinculaciones políticas en antiguos partidos corruptos, pero que hayan abandonado su afiliación, quedarán exonerados de cualquier tipo de juicio, en el buen entender que tal acto supone la reprobación de tales partidos. Todos los ciudadanos inmersos en estas circunstancias como acto de buena fe, pasarán a formar parte del partido de los ciudadanos asamblearios…» etc, etc.

-«Jodio Tigre», que bien te lo sabes.

– Es deber de todo ciudadano conocer las leyes, Carlos

– Efectivamente. Bueno, me alegro de haberte visto. Olvida lo que te he dicho, es cierto que pasados todos estos años, si tras tu caso no han arremetido contra ella, será que yo tampoco debo hacerlo.

– Carlos, ha sido muy provechoso este rato de conversación.

Y tras el saludo, dejó a su espalda el despacho con la puerta bien cerrada con la esperanza de que no pudiese salir por lo que le quedara de existencia. Caminaba por el pasillo con la sensación de que se quedaba todo demasiado abierto. Carlos, la insistencia en el video, y ahora, la coacción velada con los asuntos de su chica. No veía un panorama alentador de cara al juicio.

 

Destierro 1

Daniel Caravella

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