El Destierro (II) – por DANIEL CARAVELLA #relatos

Estaba de enhorabuena. El autobús tenía plazas libres, algo raro dado la hora que era. Se apresuró a sentar pues los conductores no solían tener mucha consideración con nadie, debían cumplir con el horario al segundo, así que las arrancadas eran espectaculares y si uno no quería acabar estampado contra la ventanilla del final del autocar debía aligerar pues de nada servía estar en forma y ágil de reflejos.

Cómodamente en su asiento y con el cinturón abrochado, se dispuso a repasar mentalmente las posibles preguntas del jurado. No llegó a formularse la primera, era ridículo, por más que se había preparado en otras ocasiones la comparecencia siempre salían por los cerros de Úbeda. No, esta vez no iba a perder el tiempo, y dado que como nunca se sabe quién se te va a sentar al lado y qué tipo de pensamiento tendría, decidió repasar consigo mismo los viejos poemas que conocía  de autores no muy de la gracia del régimen, perdón,  la “Asamblea Libre Constituyente Orgánica Ñurda y Oclocrática”, garante de las libertades y del pensamiento libre.

Prisionero sin horizonte
Oigo los ruidos de la calle
Y veo sólo un cielo hostil
Y el blanco muro de mi cárcel

Huye la tarde en mi prisión
Una dulce lámpara arde
Estamos solos en mi celda
Bella luz razón adorable

– Uf, podía haber empezado por otro y no por este de Apollinaire. Iba a tener que espabilar, como se me ocurra  entrar así ante el Tribunal voy a tener que  comparecer otros quince años.

Prosiguió con sus versos, eso sí, esta vez eligió algo inofensivo e inocuo, al tiempo que podía tararear.

Siempre que llegas a casa
me pillas en la cocina,
embadurnado de harina
Con las manos en la masa…

Se le pasó parte del trayecto entretenido con estas cosas, y cuándo se vino a dar cuenta estaba próximo a su destino, sin embargo el autobús no había crecido en número de pasajeros, cosa rara, salvo en los días festivos. Sacó la carta de la citación, y comprobó la fecha y la hora. Siempre había tenido una imaginación desbordante, pero nunca llegó a inventarse una fecha, cita, y mucho menos una comparecencia ante un tribunal. Efectivamente, no era un invento. Existía la carta, iba dirigida a su nombre, y ponía claramente veinte de abril del dos mil treinta y cinco, hora once cuarenta y siete.

Alzó la vista, para terminar de comprobar la fecha. El luminoso interior sobre la cabeza del conductor confirmaba la fecha, y en esos momentos eran las nueve y cuarenta siete. «Mira que bien, me quedan dos horas para la cita». Todo está correcto, pero qué se le estaba escapando. La única cosa que asociaba con esta fecha era la canción de los Celtas Cortos, pero ninguna festividad, y tampoco tenía a nadie próximo como para comprobar cuál era la causa de tan obvia espantada. Decidió esperar a llegar y preguntar al conductor, aunque sabía que iba a ser ignorado con un «desocupen el vehículo lo antes posible, tengo que continuar con la ruta»

Efectivamente, no varió ni una coma, y se quedó sin respuesta. Menos mal que como se iba a tomar un café conseguiría tener algo más de información.

– Buenos Días, ¿me pone un café con leche en vaso de caña y una porrita?

-Oiga joven, respondió de detrás de la barra un estupenda morena sexagenaria, ex profesora y periodista, que tras un Juicio re-educativo  fue desprovista de su plaza, e integrada al plan de rehabilitación educacional, asignándole categoría laboral de servicio doméstico o público, acabando tras la barra de una cafetería de estación. – ¿No recuerda que tiene que cuidar su colesterol, y que por lo tanto yo no le pongo una porra?

-Merche querida, tú ya sabes que a mí me ponen tus hermosas y largas piernas, pero en cuestión de desayunos, me pones la porra con el café que vengo con la tensión por los suelos, y supongo que no querrás ser responsable de verme tirado por los suelo de la estación.

-Eres incorregible, ven aquí que te doy un beso guapo. Y saliendo tras de la barra con plato de porra en mano, le administró dos besos, y siguió hilando la conversación, pues para eso seguía teniendo una capacidad que, por mucho que quisiera el tribunal en cambiarle su categoría, era digna de admiración.

– ¿A dónde vas? No es una mañana ideal para andar por ahí. Ayer anunciaron que hoy iban a hacer juicios ejemplares en la plaza de los Asamblearios. A mí eso me suena fatal, pobres los que tengan hoy juicios, me da muy mala espina. ¿Tú sabes lo que les puede llegar a ocurrir?

– ¡Merche, para!

 

Destierro 1

Daniel Caravella

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