El desdichado hijo del Capitán Blood, por PATRICIA MARTÍNEZ DE VICENTE – #relatos #historia

Estudios Sevilla Films, Chamartín, Madrid, hoy convertido en el supermercado Alcampo. Primeros años 1960. Sean Flynn, hijo del mítico Errol Flynn y Lili Damita, nos ha invitado a presenciar un rodaje algo especial y al que como ya era costumbre, quiso llevarme mi padre. Aquí aparecemos en primer plano sentados en cajones de madera sin ningún protocolo; Sean tiene derecho a taburete propio. Decapitado detrás y de pie el productor de la película cuyo nombre ignoro. Sean está vestido de capitán aventurero y yo aún llevo el abrigo del uniforme del colegio como la adolescente que soy, pero noto que le añadí un detalle coqueto y displicente: guantes y bolso de chica mayor. Curiosamente, aún no sabía distinguir que era eso del sex appeal y aunque estaba claro que este chico lo tenía, la presencia de Sean Flynn tampoco me conmovía. Cosa que sí experimenté a los pocos meses cuando también acompañé a mi padre al rodaje de Lawrence de Arabia en Sevilla y quedé fulminada por la impresión que me produjo un desconocido Omar Sherif que me reafirmó mi gusto femenino de un solo vistazo. Otra experiencia cinematográfica inolvidable que describo en “Spain is Different” entre los Cuentos desde el Ordenador y un Poema.

Por esos mismos días a Sean Flynn le estaban fabricando una prometedora carrera en el cine convencidos de que por sus orígenes, indudable belleza y porte atlético su éxito estaba asegurado. Pero detrás de este proyecto existía un problema imperceptible: con apenas 20 años este famoso en potencia era otro paciente de los que atendía mi padre a través de su consulta en el Hotel Castellana Hilton. Uno muy especial para él y con quien por el afecto que le llegó a tener, no disimulaba sus atenciones. Aunque no tenía costumbre de darme explicaciones sobre los enfermos o sus enfermedades, en el caso de Sean Flynn mi padre sí me explicó que le tenía algo preocupado por padecer una enfermedad de tiroides poco común – como se puede apreciar en su particular grosor de cuello en la foto –  de ahí que también se ocupara de él socialmente, dentro y fuera de casa, a donde venía con frecuencia. Incluso pasó unas Navidades con nosotros. No cabe duda de que a pesar de sus escasos conocimientos de cine, mi padre sí sabía como médico que este paciente solitario criado entre la élite de Hollywood, vivía descolocado en Madrid y que además de su enfermedad Sean padecía un claro abandono afectivo entre nuestras bambalinas baratas. Todo ello agravado por la soledad de una falsa carrera de estrella de cine que no acababa de cuajar. Como de hecho ocurrió y él mismo se retiró a su tercera película de poco éxito, cuando desvió su interés hacia el periodismo. Pero sigo con la anécdota detrás de esta foto.

Rodaban esa tarde un supuesto temporal en pleno océano: unos ventiladores gigantes atizaban una ventisca provocada, mientras caía el agua a chorros desde el techo sobre unas rocas inmensas formando un oleaje desbordante, que en realidad apenas cubría tres palmos de agua.  Impresionante contemplar semejante espectáculo marino al norte de Madrid. Hasta que al poco de echar las cámaras a rodar en firme, el director gritó:

  • Corten, corten.

Los mirones nos miramos extrañados. Pero Sean enseguida se dio cuenta del error. Aquellas rocas descomunales que debían de cubrirse de agua por el temporal inesperadamente comenzaron a deslizarse con la corriente. No se habían percatado que al ser de corcho flotaban. Así que  la toma se echó a perder. Y todos nos echamos a reír divertidos.

Ahora pienso en aquél rodaje truncado como un mal presagio del nefasto futuro que le esperaba al sonriente Sean Flynn. Después de su fracaso cinematográfico decidió irse  a Vietnam como corresponsal de guerra para la revista Time. Con la mala fortuna de que al poco tiempo cayó prisionero por las guerrillas del Vietcong y desapareció. Gracias a la insistente búsqueda de su madre, al cabo de 40 años, en el 2010, aparecieron sus restos en Camboya . El absurdo final de una desdichada estrella fugaz en un firmamento en el que no acabó de encajar.

 

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Patricia Martínez de Vicente

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