El denso adiós – por ALEJANDRA MEZA

Regresaron del parque donde habían pasado la tarde. Hoy, el abuelo tenía ochenta y siete años, y el nieto, treinta y siete. Este era el día, el cruel, el de la despedida. La siguiente mañana, el nieto tenía previsto marcharse con su esposa para situarse en una ciudad distinta, y es que nada es permanente: todo cambia de casilla como las piezas de un ajedrez. En esta ocasión, fue el nieto quien manejó el vehículo y quien paró en el puesto para comprar dos helados. El abuelo tosía cada minuto. Tantos años de fumar sin control acabaron por cobrar la factura.

Con esfuerzos ─y apoyado en el brazo del joven─, el viejo entró en su casa. Las habitaciones exhalaban un olor a maíz y a maderas aceitadas. Todo en ellas era silente, salvo la maldita carraspera que se asomaba a su garganta para dejar un recado de parte de la muerte y el nieto, médico al fin, entendía el mensaje. Es difícil decir adiós, pues uno nunca se acostumbra. Quien asegura que cada despedida es más llevadera, es porque no las conoce.

«Siéntame sobre el sofá», le pidió al nieto, pues no quería que se llevara en la memoria una estampa final de él recostado sobre su cama. El viejo se despojó del ancho reloj dorado que acostumbraba llevar en su muñeca para entregárselo al joven. «Toma, sé que siempre lo quisiste», le dijo. «No quiero tu reloj, quiero más tiempo contigo», respondió aquel. Lloró, lloraron sobre ese sofá de incontables juegos y domingos de fútbol.

Se despidieron con el abrazo habitual, pero cuando sus cuerpos se separaron, se oyó un crujido de ayeres, un dolor sonoro que sahumó el aire. Esa noche, la brisa no se atrevió a cruzar las cortinas para no interrumpir y se quedó afuera, en silencio.

Alejandra Meza

Alejandra Meza Ha publicado 88 entradas.

One comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *