El cuento de la pirámide invertida – por JAVIER PECES #escritos

En el país de los avariciosos, al que en adelante conoceremos por su nombre, Avarolandia, todos robaban y engañaban porque todos se creían robados y engañados. El malvado Rey Avar, el de las siete pellizas -que su madre está en la cama porque no tiene camisa- no es una excepción.

Mira de reojo a sus súbditos para ver si están trabajando sin descanso. Urge que sigan engrosando su ya inmensa fortuna. En todo caso, cree que se escaquean en el pago de los diezmos a la menor ocasión. Por ello ha contratado a la estrella de las escuelas de negocios norteamericanas. La promesa de la optimización le anima a pagar por sus servicios. ¿Precio? No hay límite. El que quiera cobrar.

La sociedad avara tiene un aspecto que recuerda a una pirámide. Los curritos en la base, los mandos mandan más a medida que se sube, y en la cúspide su excelsa majestad. Lo natural, según dictan las leyes del altísimo y los milenarios códigos de usos y costumbres.

Nada más bajarse del avión, la gran gestora diagnostica y denuncia el error. Esta jerarquía refleja, según ella, un esquema organizativo que conduce a una manera de trabajar poco óptima (sic). Un jefe tiene que controlar a varios curritos, y estos, con poco que hagan, tienen tiempo suficiente para pasarlo con sus familias o dedicarlo a sus aficiones favoritas. Nada productivo.

La solución es sencilla y a la vez brillante. Se invierte la pirámide, separando la actividad en cientos de proyectos y nombrando managers en cada uno de ellos. De este modo, la gente de talento tiene, pongamos, siete jefes en lugar de uno. Los siete encargan tareas absurdas sin parar al pobre currante. De este modo consiguen que trabaje sin descanso, para mayor gloria del sacrosanto beneficio del morador de palacio.

No hay que ser muy listo para comprender que esto quemará al sufrido trabajador en cuestión de meses. Ningún plan es perfecto, evidentemente. Pero el beneficio a corto es innegable.

¿El largo plazo? Dior (Christian Dior) dirá. Poco importa lo que ocurra con él.

Vamos, como en todo proyecto, a la fase dos. Ahora es prioritario evitar la fuga de cerebros. Hay que conseguir que todos los reinos limítrofes adopten una estrategia parecida. Si los técnicos buenos se marchan al país de al lado, tienen que encontrarse allí con una jauría de perros de presa dispuestos a pedirles cuentas de cada minuto que pase.

Urge contratar más managers, esta vez menores de veinticinco años, con veinte o más de experiencia demostrable, inglés medio alto y disponibilidad para viajar. Mandarlos allende las fronteras. Todos los gastos pagados. Suites principescas en hoteles con encanto. Billetes de bisnes clas. Un aipad y un aifon para cada cual. Lo que haga falta. Mientras tanto, el pecé estándar de los trabajadores sigue teniendo medio giga de ram -pa qué más- y un disco duro que suena igualito que un lavaplatos industrial.


Queda por resolver -probablemente en fase tres- el asunto de cómo evitar la ruina material de la nación, ahora que los mejores intelectos están quemados, puestos al sol e instalados en el pasotismo. Ninguna acción disciplinaria saca a estos frikis de su absurda e intolerable pasividad.

Es lógico pensar que la mujer de los mil masters tiene ya la solución, pero no. Su prioridad ahora es salir de aquí discretamente, embaucar al monarca de algún país vecino, montar allí una nueva oficina de proyectos y hacer saltar por los aires la zona de confort que rodea a cada uno de los que trabajan en el lugar.

Y así hasta la próxima, que no suele ir más allá del año que viene por estas fechas. Menos mal que hay más países que años en la vida, y más longanizas que perros para atar.

 

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Javier Peces

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