El cuadro del juego de té – por ELENA SILVELA

Con ese elegante ademán propio de quien no ha tenido que aprenderlo, entró en la galería de arte. Dió los dos pasos de rigor y paró. Su vista recorrió, con más tranquilidad de lo habitual, la sala. Imponentes los cuadros, desde luego. Fue parando en todos ellos, relamiendo la mirada. Su retina quedó fija en uno de ellos. Tantas veces había escudriñado hasta el último detalle en los catálogos de exposiciones anteriores que no se le podía pasar por alto. Ese señor, tan señor, sentado a la mesa ojeando el periódico. El juego de té de plata, tan brillante, tan nítido desde una distancia prudencial, tan difuso para el ojo cercano. “La magia del impresionismo”, pensó.

Con paso lento, pero muy decidido, se acercó al dueño de la galería. “Buenos días. Vengo a comprar el cuadro del juego de té.” Algo asustado por el ímpetu, respondió: “Lo siento, señorita, no está en venta.” Tomó aire y, sin dejar de mirar el cuadro, replicó: “Gracias por lo de señorita, hacía tiempo que no lo escuchaba. Debe saber que necesito que ese cuadro esté en venta. Estoy segura de que podrá entender mis razones. Pertenece a mi familia. De ella salió y a ella ha de volver. Resta ponerle un precio.”

Una hora después, de la galería de arte salía una señora, elegante, resuelta. La sonrisa espectacular, la mirada con brillo, la nariz apuntando al cielo. Y el cuadro, tan pequeño y tan valioso, bajo su brazo. El paso ligero…

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Elena Silvela

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