El Charly de San Víctor – por PILAR RUBIO

Se estaban ajustando todos a su plan como en una peli americana. Hasta sincronizaron los relojes. El Charly había puesto perejil al San Pancracio de casa de su madre. Iba todo tan bién que al Tolai, rebautizado así con la despiadada lucidez del barrio de San Víctor, le dio tiempo a pensar. Los demás iban “sobraos” con los empleados del banco y el cajero estaba aflojando la pasta. Se vio con tiempo libre y empezó a limpiar a los que hacían cola ante la ventanilla.

 Para acabar con aquello de una vez, pues los clientes ponían ciertos reparos a que los desplumara semejante capullo, que saltaba a la vista hasta en pasamontañas, intervino «el Charly». Pegó unas cuantas voces, apuntó con la “pipa” al que tenía más pinta de «pringao» y justo entonces la vio, en medio de la fila. Una señora bajita, mayor, toda de gris. El pelo gris, la rebeca, la falda, si hasta diría que la cara era gris. Todo, todo era gris menos su expresión. La vieja le miraba indignada a los ojos, tras el pasamontañas, con todo el aire de saber quien era. Aquella mirada le recordaba algo, y algo que dolía, que daba miedo, pero no sabía qué. Llenó el pecho de aire y soltó la frase que traía aprendida, intentando que sonara con aire retador «¡suelta ese bolso, vieja, o te lleno de plomo!».No consiguió evitar que la voz le temblara «¡mierda!» pensó, «la bruja de los huevos….». La bruja de los huevos soltó el bolso, pero los ojos no.

 Perdió la fe en sí mismo, justo lo que el libro decía que no debía pasar. Consiguió recolectar al resto de la banda y salieron del banco en estampida. Entraron en el coche y lo abollaron al desaparcar. «¡Coño Tolai! lleva cuidao que el buga es de mi viejo». Y salieron conduciendo como diablos.

 Al llegar San Víctor, se metieron en su sede oficial, la nave abandonada, con el botín muy propio en las bolsas del Carrefour.

–  «¡Me cago en tó!, si aquí sólo hay mil euros….».

– «Bueno, Tolai, estamos empezando».

– «Tú y tu puto libro de ayuda a no sé quien».

– «Auto, Tolai, autoayuda», corrigió pedante el Charly, mientras los demás los miraban en silencio, como siempre.

Tenían razón los dos. Aquel salto en su carrera hacia la pasta o la cárcel, lo habían dado hipnotizados por una frase leída en un libro que pillaron con un bolso de una tía en el Metro.»Aspira a la perfección en tu trabajo. La ambición profesional pavimenta el camino de los triunfadores», que traducido por él al idioma común de San Víctor más o menos decía: «deja el tirón, el puñetazo y la navaja, ¿donde está el dinero?, ¡¡pues en los bancos, coño!!».

 Se hicieron ambiciosos y pillaron las pipas, los pasamontañas, que el Charly, despectivo llamaba verduguitos, los guantes e incluso los pelucos para tener algo que sincronizar. El buga era el del viejo, que disfrutaba gratis de la cocina del maco por haber cazado y comido un lagarto de especie protegida, a falta de dinero para carnes de curso más legal. Una vez equipados como un nuevo rico para una tarde de golf, planearon aquel atraco que había rendido tan pocos beneficios.

 La reunión se disolvió sin acuerdo sobre qué hacer con la pasta, así que el Charly se la llevó a su casa. Se les había hecho la hora del papeo, y su madre se ponía como una hiena como se le ocurriera llegar tarde. Su vieja era una artista en el manejo de la espumadera como arma de ataque.

 En uno de esos bloques construidos, según él, «mayormente pa´ joder», donde las familias forman en filas de doscientos en fondo, empezó a subir con paciencia la escalera. En el rellano entre el tercero y el cuarto, casi le dio un chungo: ¡¡¡la bruja de los huevos en persona!!!. Le miró nuevamente a los ojos con la misma expresión que allá en el banco y se quedó quieta en el puto descansillo. A él se le pusieron de corbata.

 Subió hasta el 6ºC, donde olía a guiso de lentejas con lentejas, como siempre. Durante la comida, cuando sus hermanos se hartaron de gritar y se bajó la tele, su madre dejó caer un “¿a qué no sabeis quien se ha venido a vivir a esta escalera?, la señorita Irene”. El Charly abrió unos ojos como platos y ya lo entendió todo. La señorita Irene, la bruja de los huevos. Recordó hacía unos quince años, a aquella profesora de Primaria de hábitos misteriosos y arcaicos, que seguía dando collejas a los niños que enredaban. Si los padres del reo protestaban, allí acababan las agresiones físicas, «pero qué putada» pensó, «si los padres eran como los míos», de los que creen que los señores se hacen a base de estudiar, aunque sea con argumentos contundentes. Todas las charlas de su madre con aquella terrorífica maestra terminaban igual:»Usted ¡dele, dele!, que este niño me ha salido rebelde y buscapleitos».

 Los días siguientes fueron un calvario para él. Aunque saliera a las horas más raras, corriendo o de puntillas, allí estaba, en el rellano, como un maniquí de una tienda de viejas grises. Y le miraba en silencio con los mismos ojos. Nervioso y demacrado, se empeñó en que la señorita Irene le hablaba por las noches, le seguía por la calle, tenía la sensación de que le iba a hacer algo peor que la temida colleja de su infancia.

 Una noche abrió su bolso, traído con el botín. Los pelos se le pusieron como escarpias. Dentro de aquel complemento estaba la regla que sus dedos recordaban tan bien, una foto del Charly de pequeño con toda su clase, un papel con la fecha del atraco y la dirección del banco, y un muñeco lleno de alfileres clavados en los huevos. También la dirección de una cárcel, la de Soto, una sentencia que le condenaba, firmada con una fecha futura y un número de celda, el 34.

 La mañana siguiente, sin haber dormido, se presentó con la bolsa de la pasta en la sucursal del banco, confesó el crimen, y pidiendo perdón por las molestias se sentó mansamente a esperar a la pasma. «Los putos verduguitos», pensaba mientras tanto, «ya dije yo que era mejor la media, pero los cabrones se encontraban muy feos»

 En la cafetería de enfrente, dos mujeres sentadas junto a la ventana miraban hacia el banco como distraídas hablando de sus cosas:

– «Aquí tiene el dinero que acordamos, ¡esta vez si le ha dado!, y dado bien. Algo caro me sale, pero una paga lo que sea por evitar que se le pierda un hijo. Menos mal que el Tolai es un nenaza, y se acochina en cuanto ve una espumadera, si no es que ni me entero…»

– «Antonia, no se queje, que le he cobrado la mitad de la tarifa. Y eso por el aprecio que le tengo a Carlitos. Lo bien que se le daban las cuentas al demonio de crío. Cuide que no se le haga un vago en esa cárcel con tanta mala gente, estudie algo de números, y si quiere entrar en un banco, que sea del otro lado». Dijo mientras le devolvía la llave que usaba por las noches en que iba a la habitación del chaval para hablarle al oído.

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Pilar Rubio

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