El canto de la ballena

 Un día de brillante sol y cielo limpio, una mujer —algo más que sesentona y de cara simpática— corretea hacia la orilla del mar por una playa en la que se ve un bosquecillo al fondo. Sus espléndidas medidas (100-100-100) están enfundadas en un bañador enterizo negro que recoge como puede su figura, tan desbordante como su alegría casi infantil. Ha recogido su melenita canosa con una diadema blanca y negra que deja al descubierto su cara feliz. Su expresión, al correr hacia el agua, es de absoluto placer y gran expectación; al contemplarla, el hombre escondido en el bosquecillo cercano casi puede sentir lo que adivina que ella experimentará al lanzarse, con ansia y de cabeza, al agua.

Al llegar a la orilla, en lo que parece un gesto de místico agradecimiento, con los ojos entrecerrados, la mujer juguetona alza la cara y los brazos hacia el sol, risueña. Canturrea desafinando su aparente acción de gracias.

Y en ese preciso momento, en cuestión de segundos, el cielo la burla y un enorme chaparrón que se acerca en forma de nube oscura y densa cae sobre ella de golpe.

Su cara se convierte en ese instante en una máscara de sorpresa, decepción y pena, muy parecida a los pucheros que hace un niño cuando mamá dice “¡no!” a algo muy deseado que está a punto de coger. Decepcionada, la mujer mira a su alrededor, baja los brazos y la cabeza y echa a andar, un poco torpe, hacia su izquierda.

Desde el bosquecillo, él la mira conteniendo la respiración. Siempre le resulta doloroso contemplar la decepción de ella, su rostro risueño roto por el agravio de la Naturaleza, los andares lentos, la mirada baja.

Como si alguien hubiera gritado su nombre, la mujer se para en la arena con brusquedad y vuelve a mirar al mar. Siguiendo un impulso que parece repentino vuelve sobre sus pasos y, ya empapada por la lluvia, corre de nuevo hacia el agua y se lanza con decisión. Cuando saca la cabeza está riendo y mira al cielo desafiante. Vuelve a sumergirse contenta; parece una pequeña ballena negra aprendiendo a retozar.

Una vez más él suspira aliviado. Treinta años después ella sigue imbatible.

 BallenaNegra

Rosa H. Mula

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