El camello de la Señora Walding, por PATRICIA MARTÍNEZ DE VICENTE – #escritos

Con su refinado aspect, Stuart D. Walding Jr. y Katherine no pasaban desapercibidos ni siquiera en los salones del hotel Ritz de Paris. Ahí donde abundan los que no necesitan presumir de nada puesto que su porte delata de un vistazo el olimpo social al que pertenecen.

 Cuando los conocí en un viaje de negocios que hice con Marisa, hasta en un entorno tan distinguido como aquél, la pareja apareció en escena como unos protagonistas en Cinemascope de cualquier película de Vincent Minelli: deslumbrantes. Stuart y Kathy, por su saludable aspecto, irradiaban con total naturalidad su buena cuna y la bonanza invencible ante la adversidad de los norteamericanos selectos que pertenecían al saneado mundo de los privilegiados en tiempos de Einsenhower. Un contraste con la austeridad impuesta a muchos europeos por razones bastante más tristes que las suyas.

  Cuando nos citamos con el matrimonio en el hall del Ritz por deferencia a nuestras relaciones empresariales, Kathy apareció radiante, vestida con un traje sastre impecable, probablemente recién comprado en Paris, divinamente peinada y calzada y con una orquídea blanca, natural, destacando en la solapa.

  Cenamos los cuatro en un restaurante cerca de la Place Vândome esa noche, para celebrar el encuentro con las esposas, aunque Stuart y yo volvimos a reunirnos un par de veces más en Nueva York para tratar de nuestros asuntos, el verdadero propósito de este primer encuentro parisino. Cuando nos despedimos hacia media noche, Marisa no pudo evitar comentar lo joven, guapa y chic que le había parecido Katherine, con su magnífico semblante. Como obviamente, a mí tampoco me había pasado desapercibido, ni siquiera el detalle de la orquídea natural en la solapa en pleno invierno parisino. Pero me hizo gracia la observación de mi mujer cuando resaltó que ella creía que con detalles como esos en la indumentaria sólo se atrevía Rita Hayworth. Aunque sin duda la señora Walding era igual de vistosa, e incluso más elegante que la actriz.

  En esa ocasión la pareja seguía viaje ya de vacaciones a Viena y Roma hasta rematar con el vuelo de regreso desde Londres a Nueva York, donde vivían, en un par de semanas más. Dejaron claro que no tenían intención – de momento – de visitarnos en Madrid, quizá en otra ocasión.

  Nuestra relación de negocios continúo a partir de ahí por unos meses en los que por cortesía Stuart y yo solíamos intercambiar saludos para nuestras esposas. Hasta que a punto de mandarles ya el christmas por Navidad, Marisa me sugirió que  les invitásemos a venir a Madrid en su próximo viaje a Europa. Por eso nos quedamos de piedra cuando Stuart contestó sólo porque ella estaba hospitalizada y ni siquiera podía firmar en la misma tarjeta. Así todo, agradecía mucho nuestra invitación y el resto  quedó en el aire. Lo que me obligó a partir de entonces a seguir interesándome por la salud de Kathy mostrando cierta preocupación cuando hablábamos por teléfono. En una de esas llamadas él me contó, sin alterarse demasiado, que hacía años que su mujer padecía un cáncer y que cuando nos conocimos en Paris ya le habían quitado un pecho, con tan mala suerte de que unos meses después tuvieron que extirparle el otro por culpa de una metástasis. La razón por la que debían internarla en el Hospital del Monte Sinai de Nueva York de vez en cuando. La mala noticia de que Kathy estuviera tan enferma la noche que salimos los cuatro a cenar en Paris, en contraste con el aplomo que ambos mostraron, nos conmovió a Marisa y a mí, no sólo por lo joven que ella era, sino también por su buen aspecto; la viva imagen de la lozanía

  Aunque no queríamos importunarles mucho,  mi mujer y yo seguíamos de cerca la evolución del cáncer de Katherine, cuando Stuart y yo hablábamos por negocios. Así fué cómo entre una conversación y otra él me contó que su mujer ya había sufrido una media docena de intervenciones antes de conocernos en París y que para entonces él sospechaba que ella pronto estaría desahuciada, lo que resultaba aún más asombroso por la serenidad que los dos mostraron en todo momento. Como estaba claro que Kathy era una mujer muy templada y de una gran fe religiosa, Stuart siguió contando que ella eligió llevar su enfermedad con la mayor entereza pues su intención era luchar hasta el final por si entre tanto surgía alguna cura para su mal. Cosa que por desgracia no ocurrió y como se preveía, en menos de un año, Kathy falleció.

  Pasó bastante tiempo después hasta que logramos que Stuart al fin viniera a visitarnos a Madrid, sólo. Cuando lo volvimos a ver, ni mi mujer ni yo quisimos mencionar los últimos días de Katherine, pero una noche en que lo invitamos a cenar en Jockey lo hizo él con la misma entereza que ambos mostraron ante una situación tan dramática en Paris, fumando en paz y sujetando una copa de Remy Martin.

  Después de tanta lucha contra la enfermedad y cuando ya se sabía que el final estaba cerca, volvieron a internar a Kathy por última vez en el Monte Sinai donde llevó una vida lo más apacible posible sin sufrir lo más mínimo. Al menos físicamente. Ninguna mención a su padecimiento anímico. Cosa que se logró gracias al tratamiento de heroína que le practicaron. Una solución extrema autorizada por Stuart y de la que ella no estaba al tanto. Puesto que esta era un droga obviamente prohibida y muy controlada en el Estado de Nueva York, llegó un momento en que se les acababa el suministro en el hospital. En su afán por que nada le faltase a Kathy, Stuart movió Roma con Santiago para que no sufriera lo más mínimo en el último trance que le quedaba de vida. Hasta que tras innumerables pesquisas el marido dio bajo cuerda con un contacto de los bajos fondos colombianos que le condujo directamente al capo máximo de los narcos de la zona.  Los dos hombres se encontraron en un lugar discreto en la periferia de Manhattan, donde Stuart le explicó al narco lo indeterminado que sería el suministro de la heroína para su mujer y el triste motivo por el que era fundamental proporcionársela. A lo que el narco, difícil de catalogar como tal por su buena apariencia, respondió que él en persona iría y vendría a Cali a por la mercancía. Que se volverían a citar en el mismo lugar para entregársela. Como así ocurrió en menos de tres días.

  Cuando Stuart quiso pagarle lo que le pidiera por tan delicado encargo, el colombiano se negó a cobrarle nada. Esa era su atención personal para aliviar en lo posible el sufrimiento de su mujer.

  Y sin siquiera despedirse, pero manteniendo su amable compostura, el hombre se levantó y desapareció.

 

TORRES NUEVA YORK

Patricia Martínez de Vicente

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