El botón de pause – por FERNANDO REVIRIEGO

Una de las más tiernas sensaciones que jamás tuve en mi vida, vino provocada por la timidez de mi única sobrina, que entonces contaba apenas un año. Esa timidez que la brotó de repente, casi al mismo tiempo que sus padres decidieron llevarla a la guardería.

Costó bastante que se acostumbrara. Lloraba todo el tiempo que se encontraba dentro, lloraba al llevarla y lloraba al recogerla.

Lloraba cuando nos acercábamos a esa calle (como por aquel entonces yo estaba sin trabajo me ofrecía encantado todas las veces que mi hermano me necesitaba) y, aunque no fuéramos allí, ella pensaría, o imagino que pensaría “¡¡..nooooo…. que me abandonan otra vez..¡¡”.

Porque para los niños debe ser algo así; como romperse en mil pedazos tu felicidad y seguridad absoluta.

De ser la personilla de la que todos y cada uno (abuelos, padres, tíos….) están pendientes, a que te dejen en una habitación que no conoces, con unos gigantes que no conoces y otras personas de tu tamaño con las que no tienes la  más mínima intención de compartir tus juguetes.

Pero… ¿Cómo?…. ¿no era yo la única niña?…”

Y de repente, si le hablaban extraños gigantes en el ascensor o en el rellano de la casa (los vecinos) o venían a casa (a la de mis padres -sus abuelos- o a la de sus padres) otros gigantes todavía más desconocidos (primos o hijos de primos que venían a conocerla), ella volvía la cabeza y retrocedía hasta mis piernas para sentirme detrás, como si ya sintiendo que estaba junto a ella, esos desconocidos no pudieran hacerle nada..

Quizá pensara que querían llevársela a ese sitio tan horrible que era la guardería. Horrible entonces.. porque a partir del tercer mes ya entraría en la guardería como Pedro por su casa y sin mirar atrás para jugar con sus amigos.

Aunque no me gustaba nada que tuviera miedo de la gente, aquella forma de aferrarse a mí, era una sensación de calidez que pocas veces he vuelto a repetir en mi vida.

Nunca me casé, y aunque estuve enamorado (o eso creo) algunas veces, nunca fui correspondido, y tampoco tuve hijos, aunque creo que me hubiera gustado.

Han pasado muchos años de aquello, de hecho, María ronda ya los cincuenta, y yo pasé los ochenta y cuatro hace justo un mes.

Apenas la veo ahora, aunque suele llamarme cada vez que puede. Venir a verme es más complicado.. La última vez que hablamos le recordé aquella tarde que, después de una nevada tremenda, nos bajamos a construir un muñeco de nieve. Fue una tarde preciosa pese al frío…

Lo cierto es que su timidez se ha perdido ahora en el túnel de los tiempos.. pero si cierro los ojos logro encontrar aquella sensación cálida de sus pequeñas manitas buscando a tientas y hacia atrás mis piernas para sentirse protegida…

Si es cierto que cuando mueres te pasa tu vida por delante como una película yo quisiera tener un mando a distancia y un botón de “pause” para retener esa sensación, ese momento, y dejar este mundo con esa sensación de calidez y ternura, la misma que tuvimos también cuando terminamos aquel muñeco y le pusimos su nariz.

 

Fotografía de Fernando Reviriego

Fernando Reviriego

Fernando Reviriego Ha publicado 32 entradas.

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