El árbol, por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO #escritos

Desde mi ventana observo su transformación día tras día. Hasta hace poco, solo era un tronco vacío, de apariencia rugosa,  que al contacto con la piel se convierte ahora en una caricia. Un  color marrón leñoso lo ocupa casi por completo. Los tonos bermellón luchan para compartir la hegemonía desperdigándose por su anatomía. Las ramas esparcidas forman una copa perfecta, se disputan el espacio, enganchándose unas con otras, rezumando monotonía en su letargo. Hasta que sin previo aviso, la mirada te devuelve unas sombras oscuras revestidas de un tenue y pálido rosa. Aparece en pequeños botones, guardando la anhelada esperanza que necesitan para sobrevivir. Y cuando la primavera les hace un guiño, contestan ansiosas desplegando toda su fuerza.

Abro mi ventana y persigo embobada el sonido de una abeja que zumba dando vueltas. Se posa en esos botones que, ya abiertos, se muestran orgullosos en todo su esplendor. Cientos de pequeñas flores se han adueñado de las ramas hasta ahora inertes. Las aves se acurrucan en ellas balanceándose a la vez que el macho intenta cortejar a la hembra mediante suaves melodías. Se pavonean ante ellas mostrando su plumaje con descaro frente a mis ojos.

E imagino el esfuerzo a realizar guiando la savia arriba y abajo, en un proceso agotador. Oigo como fluye a través de cientos de tubitos conectados entre si. Empapándose de vida.

Una pequeña y fría ráfaga de viento me hace estremecer a la vez que noto como la habitación se ha inundado con un aroma que me transporta. Huele a limpio. A sano. A vida.

 

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Fotografía de Elena Silvela

 

Lola Sánchez Lázaro

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