El amor en fuga – por CHEMA BASTOS

El amor, la pasión, e incluso el deseo puro y duro, son asuntos demasiado importantes como para que cualquiera se ponga a escribir sobre ellos, por eso sólo los autores más grandes han sabido manejar semejante armamento sin quemarse las manos con el sentimentalismo o la afectación. Si me echan para atrás películas como Ghost o novelas como 50 sombras de Grey no es porque no me gusten las historias de amor, sino precisamente por el respeto que me infunden, sobre todo cuando han sido contadas con la maestría de los mejores creadores.

Tanto en las mejores como en las más convencionales obras, desde Romeo y Julieta hasta Ocho Apellidos Vascos, el mismo patrón clásico se repite una y otra vez en los relatos románticos: la aventura que constituye la supervivencia del amor contra las circunstancias adversas. Los convencionalismos sociales, el clasismo, los conflictos étnicos y religiosos, la guerra, la familia, la miseria o las propia complejidad de las relaciones personales son el enemigo contra el que se enfrentan los personajes de Jane Austen, Ian Mc Ewan, Edith Warthon, D. H. Lawrence, Franzen o Schami Rafik, por poner ejemplos distantes entre sí.

Por eso es normal que uno de los temas más recurrentes de la creación artística sea el siempre complicado asunto de la infidelidad, y que la lucha entre la pasión prohibida y el sagrado vínculo matrimonial haya inspirado películas, canciones y libros como para ocupar la vida de un comentarista aficionado. Así que haciendo un esfuerzo selectivo, declaro aquí solemnemente que las tres mejores novelas de cuernos que se hayan escrito jamás son en mi humilde e inapelable opinión, Bella del Señor de Albert Cohen, La Regenta de Leopoldo Alas “Clarín” y Ana Karenina de León Tostoi.

Aunque cada una de estas obras da para otros tantos libros, sí que hay aspectos comunes que llaman la atención. En las tres historias la infidelidad es femenina, ni siquiera es mutua, porque los hombres están libres de compromiso, y habrá que suponer que la infidelidad masculina era tan frecuente que un relato al respecto entraría en el campo de la novela costumbrista.

También es común el escaso respeto, ni siquiera lástima, que los maridos provocan tanto en el lector como evidentemente en el autor. Los tres hombres sufren con estoicismo su humillación, pero así como el Sr. Bovary inspira compasión, en este caso la semblanza de los engañados parece estar hecha para justificar la infidelidad. Los tres son funcionarios públicos, sospechosos de aplicar el “Vuelva Ud Mañana” a su misma esposa, grises, anodinos, serios, muy decentes, la encarnación de la sociedad bienpensante y convencional, demasiado pusilánimes como para luchar. Ni siquiera el patético intento de suicidio del marido de Ariane logra despertar el menor sentimiento de lástima, antes al contrario da lugar al capítulo más hilarante de la novela.

Y entonces aparecen los galanes en escena. El apuesto y marcial Bronsky, vividor y orgulloso, representado en parte en parte al propio Tolstoi, que antes de convertirse en el apóstol del misticismo que luego fue, disfrutó de una etapa de mujeriego de la que se arrepintió después, pero nunca antes. El cura Fermín de Pas, astuto, ambicioso e infiel a su celibato como el Padre Amaro de Eça de Queiroz, que es reemplazado rápidamente por un don Juan provinciano. Y el más fascinante de todos, Solal, un cosmopolita seductor con cuatro rasgos irresistibles: joven, guapo, rico e insensato. La mujeres se dejan arrastrar por una pasión, que si bien en el caso de Ana Ozores se apaga al descubrir que el sustituto no supera en mucho al sustituido, en el relato de Tolstoi y sobre todo en el de Cohen, son narrados con una sensibilidad e incluso una sensualidad ocultas, que deja en el fondo a las famosas Sombras de Grey a la altura de Mujercitas.

 Para que todo ello ocurra, es imprescindible un escenario que favorezca la caída de la virtud. Este está formado por la rutina de una vida gris en provincias, alojada en una sociedad mezquina y cruel, con lo peores defectos de la clase burguesa más hipócrita. Si ni siquiera el glamour de la afrancesada alta sociedad rusa del siglo antepasado puede ocultar la podredumbre interna de una sociedad dirigida por la maledicencia, la insidia y la doble moral; puede imaginarse lo opresivo que podía llegar a ser el ambiente de lo que en su día era una pequeña cuidad de provincias como Oviedo.

 Sin dejar de atender al resto, cada una de las novelas se centra en uno de estos tres elementos; la persona infiel, el seductor y la comunidad humana circundante. Para Clarín la aventura de Ana Ozores no es más que un pretexto para arremeter contra la sociedad de la época; que somete a una crítica demoledora, y de la que la protagonista no deja de ser una víctima más. Para Cohen es Solal la figura más relevante, tanto es así que sus aventuras ocupan en realidad una trilogía de la que Bella del Señor forma parte. Y Tolstoi cuenta la experiencia sobre todo desde la perspectiva de Ana Karenina, cuyos sentimientos se describen con una riqueza que solo se encuentra en un autor que puede disputar a cualquier otro el título de mejor novelista de todos los tiempos.

 Como todas las grandes obras, se tratan en ellas un sinfín de asuntos sobre la condición humana. Pero la más llamativa en estas tres es el tema de la infidelidad como vía de escape a una vida triste, gris y anodina, la esperanza contra la frustración de las ilusiones, la evasión de una prisión social que se acaba imponiendo, en definitiva la huida desesperada de la infelicidad, esa de la que habla la primera frase de Ana Karenina, que pasa por ser el mejor principio de novela que se haya nunca escrito, y que a tantos nos ha hecho desistir de atrevernos con este género,

 Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.

 Son tres historias fascinantes de amor prohibido, ilegitimo, desleal, falso, traidor. Amor furtivo, desesperado, escondido, adúltero, mentiroso, inmoral. Amor en pecado, contra el mundo y sus normas, amor en fuga. Pero amor, a fin de cuentas.

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Chema Bastos

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