El alpinista – por ALEJANDRA MEZA

Nací para escalar. Esa actividad es tan natural en mí como si de respirar se tratara. Escalo, no, mejor dicho, me deslizo cuesta arriba por las escarpadas montañas con la facilidad con que un bebé gatea sobre el suelo. Lo que amo del alpinismo es que, cuando lo practico, lo hago en la más estricta de las soledades, así que dedico esos momentos a gozar de la brisa, de la naturaleza, o de las impactantes vistas.

Todo el equipo que he adquirido y acumulado a lo largo de los años es sofisticado, de primera calidad. He invertido una fortuna en él y quienes me conocen bien, lo saben. Los guardias de la policía de la floresta son mis camaradas y en sus inspecciones de rutina, se acercan a mi campamento para tomarse un disimulado vaso de ron revuelto con café mientras les explico el funcionamiento del casco, del arnés o del piolet.

Hace un mes, durante una reunión familiar, el novio de mi hermana me preguntó si podía acompañarme a escalar. Le respondí que es peligroso para los novatos y que suelo hacerlo en solitario, sin embargo, insistió con ruegos casi infantiles. Hay algo que nunca me agradó acerca de su persona, no sé qué es a ciencia cierta, pero «algo» en sus ojos me repetía que no era un tipo de fiar.

La semana pasada estuve en la casa de mi hermana, a donde fui invitado junto con un grupo de amigos para celebrar su cumpleaños. La reunión se desenvolvió de manera tensa pues minutos antes de que arribáramos los asistentes, discutieron con fervor. Lo supe porque cuando llegué no pude evitar escuchar la conversación que sostenían a gritos. Una vez más, el novio de mi hermana me suplicó que lo llevara a escalar, pero yo no tenía ánimos para discutir con él. Mi atención estaba puesta en ella, quien se notaba incómoda, triste, infeliz.

Desde que mi padre murió dos años atrás, mi hermana y yo nos hemos vuelto más unidos, por ello me interesa de manera especial todo lo que le ocurre y procuro su bienestar. Debí prever que su relación sentimental atravesaba por una crisis, aun así, nunca hubiera podido adivinar su magnitud. Hace dos días me llamó, llorando, para referirme que había sido brutalmente golpeada por su novio.

Un torrente de sangre, cual lava caliente, se revolcó en mis intestinos para estallarme las sienes. Hice acopio de falsa calma y le dije que no se preocupara, que me haría cargo del problema hablando con él como si de un hermano se tratase, que se estableciera por un par de días en la casa de nuestra madre. Enseguida, fui a buscar al tipo al lugar donde labora.

Él se sorprendió de verme, como era de suponerse y al acto comenzó a rendirme toda clase de pobres excusas acerca de su atroz comportamiento. Le expliqué que no era mi propósito entrometerme en la relación que llevaba con mi hermana, pero que le ofrecía mi amistad, mi hombro, para que se desahogara. Le propuse pasar el fin de semana en las montañas, escalando, tal como me lo había estado solicitando. Se puso feliz, esa rata…

Mi equipo es de primera calidad, antes de salir reviso dos o tres veces la resistencia de las cuerdas así como la apertura y el cierre de los broches, por tal razón me sorprende que el novio de mi hermana haya caído en ese profundo barranco. Soy tan cuidadoso, todos lo saben, además tengo testigos de que él insistió en acompañarme a pesar de mis advertencias. Este solo ha sido un desafortunado accidente, hasta los guardias de la policía de la floresta que me conocen bien, estarán de mi lado.

 

Alejandra Meza

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