El albaceteño: especie protegida – por JUAN C. VIVÓ

 

Cuando en 1833 Javier de Burgos estableció la división del territorio patrio, le debió quedar un trozo de terreno difícilmente clasificable al que llamó Albacete. Nació así un ser peculiar, el albaceteño, que es cruce, en diferentes proporciones,  de manchego auténtico con andaluz oriental recolector de aceitunas, semimurciano tamborilero, arcabucero valenciano y serrano. Es, por ello un ser único, raro, algo extraño también, digno de cuidado y protección hasta por la Unesco.

Uno de sus rasgos más propios es la ubicuidad. Decía el cineasta José Luis Cuerda de El Masegoso, en el programa “Un país para comérselo”, que a un albaceteño, acostumbrado a veranos de cuarenta y cinco grados centígrados y a inviernos de veinte bajo cero, se le colocaba en el Sáhara o en Siberia y le daba igual. Se antoja, pues, apto tanto para una plataforma petrolífera en el Ártico como para pasear con él por el desierto de Atacama. Aun siendo apenas trescientos y pico mil, se nos puede encontrar en una de las salas menos visitadas del Louvre, en el John Fitzgerald Kennedy, haciendo trasbordo a la Polinesia Francesa o en el Alto Volta, evangelizando a aquella gente.

Es un tipo seco y duro. Tened en cuenta que se ha criado en el campo. De ahí que el mismo Cuerda en “Amanece que no es poco”,  postula que los hombres no nacen de una madre sino que se les puede plantar como a un vegetal. Somos tierra, eso es indudable.

También, el albaceteño tiene un humor con mucha retranca. De ahí que poblemos todos los centros de monólogos más exitosos y que hasta los programas de humor de La 2 sean el único monopolio, junto con los miguelitos de La Roda, exportables a cualquier confín del mundo.

Iniesta, el futbolista, no es un ejemplo de albaceteñía. Ha pasado demasiado tiempo en Cataluña y en el entorno del Barça y eso le ha despojado de todo el humorismo de la tierra dejándole sólo la sequedad. Sin embargo el híbrido que se produce al mezclarlo con un murciano da lugar a caracteres fuertes, potentes y desabridos como el de Camacho, ciezano, pero cuya infancia y juventud transcurrió en Albacete, por lo cual es nuestro, manque duela. El albaceteño puro es pieza de museo pues el ser tierra de paso y de emigración ha hecho que sea casi imposible encontrar ni un genotipo ni un fenotipo fetenes.

El hijo de la tierra a quien más admiro es al poeta, gran traductor de Baudelaire y escritor Antonio Martínez Sarrión. Fue incluido en la famosa antología del crítico José María Castellet Nueve novísimos poetas españoles. Pero fue el primer tomo de sus memorias quien me hizo descubrir una ciudad de Albacete que ya, prácticamente ha desaparecido pero que aún se descubre en sus gentes y en su genio.

Ese sería su mayor exponente, a mi entender, (algo que me encantaría volver a hablar con mi gran amigo y profesor Juan Bravo Castillo), pero los caracteres geniales que ha producido Albacete son innumerables. Todos creativos, singulares y algo arbolarios.

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Juan Carlos Vivó

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