El afán – por PILAR RUBIO

Llovía una luz gris, pegajosa, de las que atrapa en un asiento y hace dudar en los semáforos. Los haces rojos y blancos de los faros se nimbaban al atravesar el parabrisas. Surcos transparentes esmerilaban el cristal. Marta, sentada en una celda con olor a gasoil y un calor ruidoso y sofocante, terminaba de ensuciarse la cara con ayuda de un pañuelo,  mezclando lágrimas y  maquillaje, añadiendo desesperanza a aquella tarde.

De vez en cuando, algún coche mugía, animando al rebaño a moverse. Pero la autovía tiene sus leyes, salida de puente, tarde perdida, encajada tras un volante, observando aburrida a los eventuales vecinos de camino.

“¿Había sido feliz?”, se posó al fin el pensamiento de Marta. Recordó a Andrés, inmóvil en la puerta, mirándola alejarse, sin tener ya nada que añadir, vacío de reproches, repleto de razón y de razones, exhausto de intentar que ella cediera como siempre, de tratar de vencer de nuevo, siendo esta vez la batalla el conseguir que no hiciera aquel viaje. Y ella huyendo, como si quisiera salvar algo: ¿la esperanza? ¿la alegría? ¿aquellos primeros años en común cuándo ella aún conservaba un trabajo y una vida? Cierto es que maestra en un colegio que era la planta baja de la torre de Babel, no era un oficio ilustre. El mundo podía pasar sin una y quedarse en casa educando a sus hijos se le antojó un pequeño sacrificio por un bien superior.

°Joder, ¿en qué aldea era el entierro de tía Juana?” se espabiló de pronto. No había otra solución, tenía que preguntar a uno de sus hermanos, compañeros de viaje y atasco, Intentó marcar un número en el móvil, “batería baja”, avisaba el artilugio. “Genial, ¡qué tarde llevo!”, soltó por fin la risa y ya pudo pensar.

“¿Y yo, sabría explicar por qué?” Estaba ya cansada de hacerse esa pregunta, de leerla en los ojos de sus amigos, sus hijos y por supuesto de él. Habría sido más fácil para todos cumplir con la estadística; infidelidad, maltrato, melodrama. Ella sabía, pero describir los ladrillos de la pared contra la que chocaban desde hacía tiempo sus dos vidas no era tan fácil. ¿Cómo se puede expresar que no eres nadie? Las razones se agitaban como copos en una ventisca, dejando amontonados reproches, rencores y silencios en los rincones.

Llegó por fin. La tarde, indiferente a sus historias, estaba disfrutando de la vida. Entre las nubes, un rayo de sol se había abierto camino y enfocaba una colina de roca enfrente de la casa, como si fuera un cómico en el escenario, un símbolo de algo que Marta aún no comprendiera. En el circo de montañas que guardaba las espaldas de la aldea una lengua de bruma se dejaba caer por la ladera, deshilachándose en el borde de las rocas.

En aquel crepúsculo, en que se respiraba un frío transparente, mandaban los colores.Y el silencio, dando su dimensión al tiempo, permitiendo sentir, convirtiéndose en un acto voluntario.

 

Marta inspiró, absorbiendo el siencio y los colores de la tierra de sus padres. Nunca encontró tiempo para esta visita. No le preocupaba saber de donde venía; de reyes y ladrones, pastores y artesanos, de hombres y mujeres como tantos, ¿qué más daba? Tampoco sabía muy bien por qué había ido. Había visto dos veces a tía Juana. La oposición ilógica de Andrés, la discusión, la lejanía, otorgó al viaje un sentido de búsqueda y encuentro, de respuesta.

Y una noche ocurrió. Sentada frente al fuego, en un salón impersonal a fuerza de espiguitas, cedazos adornando las paredes y otros clichés del turismo rural subvencionado, abrió al azar un libro de la zona. Se encontró de pronto en otro tiempo, con otras vidas. Inesperada, casi absurdamente, aquel libro hablaba de sus abuelos, de los abuelos de aquellos también. En fotografías antiguas, tras el pañuelo anudado tiesamente en la barbilla o la boina enroscada hasta las cejas, destacaban sus ojos, llenos de paciente determinación. Una historia de hombres y mujeres con  “afán”. Generación tras generación “el deseo de hacer grandes cosas y la pena y la gloria que todo eso produce” los había poseído y había dado forma a sus acciones.

Destinados desde el nacimiento, como artesanos medievales, al hecho de enseñar, entre sus gentes hubo inquisidores fanáticos, crueles, que persiguieron a herejes de la gramática o la Fe; curas poco ejemplares, con enjambres de sobrinos, que enseñaron el Catecismo a hostias; místicos en éxtasis ante una redacción sobre la siega; poetas de su aldea que cantaron a los brezos y a la Patrona local. Algunos renegaron, quisieron probar otros oficios, sin fortuna. Soldados rasos de todos los bandos, perdedores, reenganchados constantemente a la pobreza como a un destino cierto, sólo sabrían ganar batallas personales contra el modo subjuntivo de vivir.

La mayoría, maestros en pequeñas casucas de montaña vivirían toda su vida, como Juan, creyendo con la fe del campesino, que en el Principio fue el Verbo y que el Verbo era Dios. Su oficio, como el del sacerdote, no admitía tratos. Su grandeza se medía por el número de aprobados en reválida, su sabiduría por los pollos y patatas que los labradores les llevaban agradecidos por el hijo que sacó la beca. Sentían la certeza inconmovible que, de todas las obras de misericordia, la única irreversible, la definitiva, es “enseñar al que no sabe”, porque la verdad hace libres. Y el que es libre será tu igual.Y dejará de necesitar misericordia.

Llegarían a morir por enseñar. Cuando surgió La Guerra con mayúsculas, cernida sobre ellos como el Apocalipsis, en alguna mañana gris y fría se encontrarían, confusos y asustados, apoyando la espalda en una tapia, soplándose las puntas de los dedos que sobresaldrían de sus guantes rotos con rastros aún de tiza entre la lana. Preferirían dejarse fusilar a renunciar a sus ideas sobre la suma, las tablas de multiplicar o la lista de los Reyes Godos. Asumirían la muerte no buscada con la mansedumbre de mártires del uso de la tilde en las esdrújulas, la convicción de los creyentes en los afluentes del Tajo, la serena tristeza de los que saben que hay cosas por las que vale la pena dar la cara.

¿Por qué los fusilaron? Quizá por nada. Historia de silencio, de ignorancia que convierte al diferente en enemigo y a los hombres en asesinos o cadáveres, las unidades de medida de las guerras, en las que se  expresan la victoria y la derrota en las batallas y designan quién puede apoderarse de la alegría en los ojos de la gente, la fe en el ser humano, los amaneceres tranquilos de la vida.

El viaje terminó. Marta volvía a sus cosas. Entendiendo algunos porqués de aquella pared de soledad y dolor, y cuál era su afán. Quería acabar en la guerra de su vida con tantas batallas silenciosas, sin victorias. Quería amaneceres tranquilos, y alegría en los ojos de los suyos. Quería el valor de enfrentar cada derrota con la paciencia tozuda de los campesinos, donde el fracaso se da por descontado y la pobreza por compañera ineludible, y a partir de ahí, todo es victoria. Quería ser una más, vencedora, con un poco de suerte, sobre el modo subjuntivo de vivir. Quería la fe en el Verbo, en que el afán de saber, y el de compartir ese saber son capaces de vencer a cualquier miedo. Quería llegar a casa una vez más con rastros aún de tiza entre las uñas. Honrar la huella, a veces ignorada, a veces inconsciente, que los pasos de los suyos dejaron en su vida.

Había llegado a casa. La llave se atascó en la segunda vuelta, como siempre. Oyó un ruido confuso, de televisión amortiguando aburrimiento. Sonaba a escondite, a la continua penumbra de su vida. De la ciudad subían sonidos de claxon, indicando que los rebaños volvían, remolones. Llovía otra vez. Todo era como siempre, todo…… excepto Marta.

Cuando sacó la llave de la cerradura y salió a la calle, las lágrimas resbalaban por su cara sin encontrar maquillaje que estorbara. Recordó una frase oída al azar en el Metro:”¿y tú no ves los culebrones?, pues están muy bien hija, ¡se llora más!, ¡te quedas de un a gusto…..!”, soltó por fin la risa y ya pudo pensar.

publo el afan

Pilar Rubio

Pilar Rubio Ha publicado 58 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *