El abuelo – por ALEJANDRA MEZA

El viejo Germán dormita encima de la banca que suele ocupar de fijo. Una pareja pasa frente a él. “Disculpe ¿qué hora es?”, pregunta. No hay respuesta. El muchacho tiene la atención puesta en su novia. El viejo se queja entre dientes. “Vaya, todos me ignoran. Está de moda ignorar a los ancianos”. Este parque mantiene vivos sus recuerdos, por eso se aferra a él. Aquí, dio su primer beso, allá, junto a ese canalito que separa el jardín de la arboleda, murió ahogado Juan Fernando ─su hermano mayor─, cuando ambos eran todavía niños. Germán reposa la cabeza entre sus manos e inventa memorias nuevas, unas que no le duelan. Casi se queda dormido cuando la voz de un niño lo despabila.

─Hola abuelo.
─No soy tu abuelo, Juan Fernando.
─Sí lo eres. ¿Echamos unas carreras?
─No, ya estoy viejo para eso.
─Tienes razón, abuelo, vamos a jugar a que somos estatuas.
─Que no soy tu abuelo, que soy tu hermano. ¿Cuántas veces te lo he dicho?
─Ya, ya. Juguemos a que somos hermanos y a que somos estatuas.

La misma escena se repite cada tarde. El niño arriba al lugar sin compañía y se encuentra con el anciano. Dialogan, ríen, juegan, se quieren. Para el niño, solo existe el anciano y, para el anciano, el niño. “A él, sí le importo”, se consuela Germán.

De vuelta a casa, el niño pregunta a su madre la razón de haberle bautizado como “Juan Fernando”. Ella le explica que es honor a un tío suyo, a quien nunca conoció.

─Mamá, ¿tú crees en los fantasmas?
─No.
─Mamá, ¿las personas que mueren, como mi abuelo Germán, ya no vuelven?
─Solo en nuestros sueños.
─Yo sé soñar despierto, mamá.
La mujer ignora esa última frase, apaga la luz y el niño, confundido, se queda dormido entre penumbras.

 

Alejandra Meza

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