El abrigo azul – por LUISA CRUZ PICALLO

Tengo una amiga alta, guapa, un fachón de señora, que en materia de ropa (y en algunas otras materias) se atreve con todo.

El otro día apareció con un abrigo de astracán azul, largo hasta el tobillo con el que parecía aún más esbelta. Miré mis zapatos planos como de “seminarista” que uso desde que me rompí la cadera en la calle de Alcalá hace dos años, me parecieron feos y viejos. Lo eran, lo son.

Lo de la calle de Alcalá lo cuento porque me han hecho muchas bromas con lo de “Por la calle de Alcalá con la falda”… y es que yo no soy como mi amiga Menchu que cuando se cae lo hace en Old Bond Street y lo hace con la elegancia de un cisne que se desliza ingrávido por el agua, no, yo cuando me caigo hago las delicias del personal que se ríen mucho. Como aquella vez que venía a recogerme mi hermana Rosa. Al ir a su encuentro tropecé y desaparecí entre dos coches. Ella miraba de lejos como yo aparecía y desaparecía en mis intentos de incorporarme y la pobre no podía impedir llorar de risa.

Pero vamos con lo que íbamos. El abrigo azul de Carmen hacía palidecer cualquier otro abrigo, cualquier otro estilismo. Le pregunté si no le daba miedo ir por la calle con pieles.

-Es que la gente te mira mal si llevas pieles, le dije.
– Yo no miro mal a nadie por comerse un chuletón de ternera, ni una merluza… se quedó pensativa. Mira a esa gente lo que come… ¿Y acaso no les dan pena las pobres merluzas?
– Sí, contesté y nadie piensa en los huérfanos merlucillos, ni en el merluzo viudo.

Creo que no me oyó y continuó con su discurso.

– Pero es que además llevan zapatos, cinturones y bolsos de piel de vaca, de cocodrilo, de avestruz. Bueno y qué me dices de las moscas, las hormigas, las arañas, los mosquitos ¿Por qué no se prohíben los insecticidas, que causan tanto exterminio?
– Verdaderamente es una discriminación con respecto a los insectos.
– Y, digo yo ¿Qué es lo que más contamina? Un abrigo de piel sintético está fabricado con las fibras más agresivas para el medio ambiente y tarda siglos en desaparecer. Si lo quemasen produciría una humareda espesa y perniciosa. En cambio, las pieles naturales se desintegran fácilmente.
-Tendremos que hacernos vegetarianas, si esto sigue así. A veces pienso en las vacas y la tortura que debe ser para ellas vivir solo para ser ordeñadas, en los pollos cebados para un consumo rápido, en los cerdos que ya no pueden ni revolcarse en el barro, en los toros que llegan al matadero colgados de un cable para ser sacrificados uno detrás de otro, viendo morir a los suyos. Sí, creo que me haré vegetariana.
– No, ni se te ocurra, contestó rápida, piensa en las pobres espinacas y en los espinacos, en las coliflores y los colifloros.
– Si y en los repollos y las… me callé a tiempo.

Hacía mucho frío.

Carmen se perdió en la noche dejando un halo azul de rizos de astracán. Pensé en los corderitos de “Casa Nuevas” con los que jugábamos de niños y a los que poníamos nombre y esa ternura con los que les cogíamos en brazos; luego pensé en las lágrimas en los ojos de mis hermanos y en los míos mientras comíamos un corderito asado con mimo por Cruz. Y recordé que, aunque llorásemos el corderito estaba delicioso.

 

 

Luisa Cruz Picallo

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