El abanico amarillo – por CRISTINA LÓPEZ-SCHÜMMER

– “Where you buy it?”

Enmarcados en un sari de color malva me sonríen unos ojos verdes que me miran tímidos y curiosos. Un piercing de oro, pequeño y con forma de hoja adorna la aleta de su nariz; del lóbulo de sus orejas cuelgan pendientes largos, serpentinas hecha oro que le rozan los hombros. Una mano oscura de dedos largos y finos, adornada de anillos y pulseras tintinea señalando mi abanico amarillo, el que he estado agitando enérgicamente en el bochorno de una calleja llena de puestos de la ciudad de Bikaner y que se ha convertido en mi más preciado tesoro en este viaje. Huele a curry, a cúrcuma, a anís, a azafrán, a incienso y a agua estancada, y los tenderetes de fruta y especias expuestas en sacos de áspera arpillera compiten con los de pulseras doradas, plateadas, de hueso de camello o de plástico en un guirigay de color. De esta ciudad, que un día ya lejano fue próspera y poderosa, creciendo a la sombra de las caravanas de camellos que la cruzaban en la ruta de la seda, hoy ya no queda apenas nada. Hoy ya no forma parte de ninguna ruta, ni siquiera de la que siguen los turistas que visitan Rajasthan. De su prosperidad sólo queda una inmensa fortaleza de las mil y una noches, con artesonados cuajados de pan de oro y patios sombreados con fuentes de mármol blanco. Las celosías en madera de sándalo que filtran la luz del serallo, los largos corredores oscuros con paredes decoradas con flores y frutas, los palanquines para elefante con asientos de terciopelo y las monturas de camello con filigranas de plata, susurran historias de cuento de hadas en las que lloran princesas escoltadas por eunucos y en las que los elefantes libran batallas junto a caballos, camellos, cimitarras y turbantes.


-“Where you buy it?”- repiten los ojos verdes y el sari malva. “In Spain”, contesto sonriendo. Veo a la desilusión dando un empujón a la sonrisa y usurpando odiosa el protagonismo en sus ojos antes de que una nube de gasa malva empiece a alejarse de mí con pasos renqueantes que atribuyo a la polio. Durante unos segundos clavo la mirada en mi abanico amarillo y lo veo en un cestito compartiendo espacio con otros azules, verdes y rojos iguales que él y que me regalaron en una boda, un abanico de tantos… y corro tras el sari malva por entre los puestos de especias.

Gruesas gotas de sudor me caen por la espalda mientras grabo en mi recuerdo, al desprenderme de mi abanico, un destello de dientes blancos y el brillo alegre de unos ojos verdes sorprendidos.

Que tonta soy, qué calor voy a pasar el resto del viaje. Me gustaba mi abanico.

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Foto de CRISTINA LÓPEZ-SCHÜMMER

Cristina López-Schümmer

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