Efímero – por LOLA SANCHEZ LÁZARO #EspañaenRetales #CatalinadeAragón

Piedras preciosas, oro y perlas ornamentaban el velo que cubría gran parte de su rostro. La multitud congregada se asombró ante el vestido nupcial de Catalina, que llegó a la catedral de San Pablo acompañada por Enrique, un niño de diez años, hermano del novio. Dieciocho obispos y abades asistieron a la boda; la primera parte dedicada a los asuntos políticos y económicos. La segunda, al momento espiritual. El esplendor de la ceremonia era un trampantojo; exhibición de poder y dinero que sería transmitida por los españoles que volvieran. Una ostentación que no pasaría inadvertida.

Dos semanas de fiesta ininterrumpida siguió a la celebración en la que bailes, justas y banquetes se sucedían; Catalina, la nueva princesa de Gales, era acogida, los ojos puestos en su futura maternidad. Había que asegurar el trono. Dimes y diretes corrieron acerca de la consumación del matrimonio; algo que más tarde se convertiría en razón de Estado. Si se consumó o no, solo Catalina y Arturo lo supieron.

Educada para ello, nada en la princesa mostraba su verdadero estado de ánimo; una máscara impenetrable disfrazaba sus verdaderos pensamientos. Catalina advirtió las diferencias en las costumbres, en el protocolo; tenía mucho que aprender, las nupcias eran el primer paso en su transformación de infanta española a princesa inglesa. La marcha de parte de su casa la sumió en la tristeza, el fuerte lazo que la unía a sus orígenes empezaba a deshilacharse. Conocer el lado avaro de su suegro no ayudó; como un muñeco al que vistes o desnudas a tu antojo, comenzó a vislumbrar su nuevo camino. Títere de intereses.

El castillo de Ludlow, con sus gruesas torres grises y elevadas almenas, su nuevo hogar, contrastaba con su querida Alhambra. Los colores, aromas y lujos tornaron sombríos, aquel castillo que colgaba de una colina desprendía humedad y oscuridad, fríos vientos y azote de lluvias, umbrías enlutadas que deshacían el alma. El cielo se había convertido en infierno.

Un infierno en el que tuvo cabida el sudor inglés, una pandemia de gripe mortal que encontró cobijo en los cuerpos de los esposos. Catalina resistió sus embistes, Arturo sucumbió a ellos. El fugaz matrimonio había llegado a su fin. Desde muy niña Catalina supo su destino; ahora, la corona inglesa se desvanecía entre sus dedos, su futuro sería reescrito.

Ludlow se tiñó de negro. Con dieciséis años, Catalina despidió a su breve y estéril matrimonio. Enferma, con un futuro incierto, su amable suegra, Elizabeth de York, tiró de ella; fue trasladada de nuevo a Londres junto a los españoles que permanecían a su lado. La colorida ciudad de hacía tan solo seis meses se le antojaba sucia y gris, aunque la tumba donde había permanecido encerrada en vida quedaba atrás. Nada sería peor. Y se equivocaba.

 

Castillo de Ludlow

Lola Sánchez Lázaro

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