Durante los meses de julio y agosto

Durante los meses de julio y agosto es cuando las tierras de Provenza se convierten poco a poco en un mar de flores violetas; surcos de color que se amontonan como olas pintadas de lavanda en un mar batido de verano.

 Y es ahí, cuando todavía es verano, cuando aún los días son largos y las noches calurosas, cuando el propio calor favorece la propagación del olor y aroma de las flores de la lavanda; lo mismo que el viento nos trae el aroma a salitre y brea en la playa. El calor hace de brisa marina logrando que el olor de ese mar de color pintado lo inunde todo, haciendo que la tierra de Provenza huela como cuando abres un armario recién perfumado, de ropa blanca recién planchada.

 Así dicen que huelo yo, a ropa guardada, a armario fresco, a lavanda y azufe… pero yo sé que no es cierto, mi armario no huele a lavanda, yo no huelo a lavanda, la lavanda es el olor de los otros, de los seres a los que se ama, admira y venera… ya le gustaría a mi armario de ropa guardada oler siempre como huele la tierra en Provenza, oler como huelen los otros, los hados, que, además y como la tierra en Provenza, son espigados, surcados de campos y calma.

 Es durante los meses de julio y agosto cuando las tierras de Provenza se convierten poco a poco en un mar, un mar de flores violetas, de surcos de color que se amontonan como olas pintadas de lavanda en un mar batido de verano… y, como todo mar, también tiene éste sus barcos y veleros; barcos de mares de color violeta que comienzan a surcarlos, cortando las flores de la lavanda, secando poco a poco ese mar y haciendo que a la vez que todo termina, sea posible que todo vuelva a comenzar de nuevo.

Emilio Pardo

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