Dry clean only – por EMILIO PARDO

Me pregunto adónde irán los besos. No los que no damos que decía la canción, sino aquellos efectivamente dados, los regalados e incluso robados; los buscados con pasión, aquellos otros ofrecidos como bálsamo o los simplemente dejados por el camino -como las migas de Pulgarcito- para que el otro sea capaz de encontrarnos. Me pregunto adónde irán las caricias, las promesas, los te quiero, los te amo, los ¿me quieres?, los siempre y los nunca… ¿tú lo sabes?. Yo no.

Siempre me he imaginado el amor, las relaciones, “lo nuestro”, como los juegos de cama antiguos, esos de grandes puntillas y bordados; como las mantelerías adamascadas que cubren las mesas más exquisitas… telas impolutas que da igual cómo se laven o planchen en casa ya que sólo tras haber pasado por la tintorería, por sus procesos, almidones y la presión de su vapores pueden volver a tus manos blancos, sin arrugas, sin dobleces; listos para recibir a los invitados en un banquete de bodas o a los novios en su primera noche. Por eso siempre he tratado de mantener mi mantelería y mi juego de cama, así, blancos, impolutos, con sus damascos brillantes, con la tela que rodea sus bordados sin frunces, sus puntillas bien derechas… todo preparado para dar de comer, para servir de reposo o lecho sin que una sola mentira o media verdad, vergüenza, barrera, secreto, reserva, celo o recelo manche el blanco, arrugue el bordado o doble la puntilla.

Porque eso es lo que pasa cuando uno miente, que la mentira ensucia y da igual el motivo por el cual se ha dicho, aquí no hay bien mayor que justifique el sacrificio; porque los amantes son quienes aman, almas que son capaces de comer, dormir y amar sin rozar la tela, almas que vuelan y sólo se sirven de damascos, puntillas y bordados para embellecer aún más su amor. Eso es lo que pasa cuando uno teme, cela y recela, que el mantel se mancha y el damasco se tiñe al derramase sobre él ese vino amargo; que la tela se frunce junto al bordado y éste pierde prestancia, que la puntilla se dobla, estira y ya no se asienta; que, en definitiva, la mesa y la cama aparecen sucias y usadas como ese amor hace poco o mucho iniciado.

Y entonces llegan los lo siento, los perdones, las lágrimas y los abrazos que más que ceñir los cuerpos lo que tratan es de limpiar la comida caída y estirar la tela; aparece la lejía que blanquea pero que también deja su olor inconfundible y desgasta, el vapor de la plancha de casa… y sí, parece que sí, pero en realidad es no, porque las telas impolutas del amor da igual cómo se laven o planchen en casa, sólo tras haber pasado por la tintorería, por sus procesos, almidones y la presión de su vapores pueden volver a ser blancas, sin arrugas, sin dobleces; listas para recibir a los invitados en un banquete de bodas o a los novios en su primera noche.

Me pregunto adónde irán los besos dados, los regalados e incluso robados; los buscados con pasión, aquellos otros ofrecidos como bálsamo o los simplemente dejados por el camino. Me pregunto adónde irán las caricias, las promesas, los te quiero, los te amo, los ¿me quieres?, los siempre y los nunca… me pregunto adónde irán y por qué nunca llegan. ¿Tú lo sabes?. Yo no.

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Emilio Pardo

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