Dos Papagayos Ticos – por PEDRO PABLO MIRALLES

Hacía días que me habían hablado del bueno de Jenaro, que se paseaba con sus aves tropicales por el centro de la ciudad, capital de los ticos, país que presume de no tener ejército desde 1948 pero en el que pude comprobar que las armas, especialmente las cortas, circulan con facilidad como en casi todo el continente americano.

Lo vi a lo lejos en el parque Morazán de San José de Costa Rica, cerca del Templo de la Música, rodeado de papagayos de todos los colores. Me aproximé despacito y enseguida entablé conversación con Jenaro, su caminar por la vida con esas aves tan bellas posadas sobre una armadura de palos de madera que portaba entre sus manos. Me contó que las criaba y cuidaba con su mujer e hijos, para después venderlas por el centro de la ciudad como lo que eran, los papagayos más auténticos de América Central.

Acordamos que compraba dos ejemplares, uno con plumas predominantemente rojas y otro verdes, los dos machos, las hembras no se venden. Fijamos el precio y trato hecho. Antes de entregarle los colones pactados, que en realidad fueron dólares, Jenaro fue leal y me soltó una plática sobre esta especie de ave protegida, la prohibición de mercadeo con ellas y menos sacarlas de su hábitat. Recuerdo casi al pie de la letra cómo terminó solemnemente esa docta conferencia:

“don Pedro, no se preocupe usté, en la polesía de aduanas del aeropuerto no tenga usté cuidado, enseguida reconoserán que son dos ejemplares de los que cría Jenaro y entonses no habrá problemas. Además, tengo un antepasado catalán que se vino a vivir a estas tierras, todo el mundo lo sabe. Al llegar a España usté sabrá, no será el primero que pasa felis mis pajarracos con el visto bueno de los polesías, eso sí, ante la admirasión y envidia de los demás viajeros. Pero los españoles no son muy de escribir como lo hasía Cervantes, la verdad es que pocos me han contado el resultado del viaje a la madre patria, solamente conservo tres cartas bien lindas y de distintas épocas sobre el destino de mis loros, Madrid, Alicante y Málaga. Y no se olvide, si usté los cuida bien, le digo a usté que un papagayo o loro sano como los que usté se lleva, con cuatro añicos, viene a vivir alrededor de cuarenta y, así, disculpe usté don Pedro, pero le ruego disponga bien y, cuando usté falte, que alguien se haga cargo de los papagayos de Jenaro”.

En el aeropuerto de Madrid un guardia del control de fronteras dijo que se veía obligado a confiscar para después fajar las dos aves por un veterinario y comprobar que dentro no llevaban droga. Menos mal que mis argumentos, las permanentes referencias a Jenaro y la compasión que obtuve de otro guardia, impidieron la masacre de dos aves especialmente protegidas criadas por el tico Jenaro. Por lo menos una vez al año le escribo dando cuenta de sus papagayos, pero desde hace siete años no me contesta, extremo que solo recibe el consuelo de las conversaciones y cruce de miradas que tengo con mis dos papagayos ticos, que algo deben saber sobre Jenaro a pesar de la distancia.

Cuido con gran esmero desde hace veintiocho años estas aves tan protegidas. Nunca les falta comida ni agua y siempre las mantengo limpias. Observan de forma minuciosa todo lo que pasa a su alrededor, me hablan con cariño y firmeza, pero no quieren saber nada con los vecinos pues, según me cuentan, para repetir lo que dicen mejor permanecer silentes, sonreír como buenos ticos y estar siempre alegres. Con todas las ventanas de casa y la terraza abiertas, nunca han intentado hacer una escapada. Por todo eso y más, un día decidí condecorarles y me lo agradecieron con la mayor alegría del mundo. Los papagayos ticos de Jenaro que tengo en casa son de trapo y están rellenos de serrín, pero disfrutan de una vida tranquila y lo que les queda.

 

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Pedro Pablo Miralles

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