Don’t stop me now, por RAFAEL DE LA TORRE #relatos

Me ha costado más de lo esperado cumplir con el compromiso adquirido ante ustedes la semana pasada y, si no fuera por mi psicólogo, el doctor Juárez, quien ha insistido en la importancia de no faltar a las promesas para incrementar la autoconfianza, es seguro que no habría sido capaz.

Adiós. Las despedidas son tristes aunque uno sea quien elija el destierro. Espero reencontrarles gracias a mis libros o algún día de nuevo en estas páginas o, si ustedes quieren, en persona en la plaza de la Constitución número 8 de Alpedrete, el próximo domingo 31 a eso de la una, en la entrega de trofeos del torneo de ajedrez del que les he hablado. Después de ese día, ignoro cuando me permitirán salir de nuevo  del centro de desintoxicación, aunque todos seamos optimistas al respecto.

Lo prometido es deuda, faltaba un relato erótico y aquí lo tienen. Hasta pronto y no dejen de leer.

 

— Sí, ¿dígame? — hacía calor, una tórrida tarde de julio, pasaron unos segundos, tuvo la tentación de colgar y no lo hizo porque no había acabado de desperezarse aún de la siesta. Al otro lado de la línea se oían voces difusas, entremezcladas, pero ninguna dirigida expresamente a él—. ¿Diga?

— Joaquín, Joaquín Rupérez, sí, soy yo, ¿qué quiere?

— No, no tengo ninguna intención de cambiarme de compañía, y además…

— Pues tengo un amigo que acabó harto de ustedes, y no me extraña porque son unos… —a pesar de la dureza de sus palabras, su tono era cada vez más relajado.

— No señorita, ya le he dicho que — mientras hablaba comenzó a sentirse atraído por la voz de la chica, llevó la mano a la bragueta y se bajó, casi con vergüenza, la cremallera del pantalón.

— En ninguna compañía funciona bien el wifi, ni en la suya ni en ninguna, son todas iguales.

— No, mi casa no es muy grande, un estudio pequeño — hablaba y comenzaba a acariciarse el miembro suavemente —, muy pequeño, el piso, sí, muy pequeño.

— Háblame de tus tarifas, por favor.

— Ajá, ajá…— empezó a sentir un impulso físico incontrolable. El acento sudamericano de su interlocutora le excitaba por momentos, comenzó a jadear  —. ¿Y vendrías tú a instalarme el aparato personalmente?

— No, no por favor, no me cuelgues. No pares ahora. No lo tomes a mal. Sigue, sigue hablando, te compraré lo que quieras venderme pero… — su mano había cogido ritmo —. ¿De qué color llevas la ropa interior?

 

Nunca más le ofrecieron a Joaquín Rupérez cambiar de compañía telefónica.

 

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Rafael de la Torre

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