¿Dónde está Daniel?, por MARINELA FONTOIRA – #relatos

Apagué la luz por enésima vez y con la única intención de que no entraran más mosquitos; el sofocante calor concentrado en la habitación trasera que me había tocado me impedía conciliar el sueño. Una y cuarto, qué desesperación. Mañana iré con unas ojeras horrorosas. Qué más da, total, no soy yo la que se casa. Una parte de los invitados nos alojamos en la casa rural que nos había indicado mi amiga, la novia; fuimos compañeras en la Facultad y hacía por lo menos diez años que no nos veíamos. Llegué bastante después de la hora de la cena, por lo que no tuve ocasión de saludar ni conocer a nadie, y lo sentí, porque me hubiera gustado. Ventana abierta, ladridos lejanos de perros, luna llena y ni pizca de brisa. Tan despierta estaba que hasta podría haber escuchado las diferencias tonales del coro de grillos si me lo hubiera propuesto. Desde mi habitación vería todo el valle, eso me había dicho la casera en cuanto entré por la puerta principal; siempre había oído que era precioso, lástima que no fuese primavera para verlo cuajado de almendros en flor. De lo que no me avisó la mujer fue que en mi dormitorio pasaría por un proceso de combustión estándar. Toda una experiencia.

Un carillón dio las campanadas de las dos, las sábanas ardían y ya no sabía en qué postura colocarme, notaba las piernas pesadas, densas, como si no fueran mías. Dos picaduras de insecto del día anterior me habían dado reacción alérgica y, producto de ello, tenía un muslo y una pantorrilla hinchados, haciéndome rabiar de picor. ¿Por qué no me habré traído las pastillas de antihistamínicos? Cogí la almohada y me tumbé en el suelo, pero nada, ni el frescor de las baldosas lograba bajar mi temperatura corporal.

Las dos y media. No puedo más. Me levanté para abrir la puerta en un intento de que corriera algo de aire, el silencio del pasillo me llamó y decidí deambular por la casa en busca de la cocina; necesitaba hielo con urgencia para mis enormes ronchones. Busqué algún interruptor a tientas por las paredes pero sólo acaricié el gotelé rugoso y, a oscuras y despacio, bajé las escaleras de madera que crujieron con cada uno de mis pasos.

En la planta baja la claridad de la noche se colaba por las ventanas e iluminaba lo suficiente para poder cruzar sin problema la salita y llegar hasta la ansiada cocina. Fui directa a la nevera y, muy a mi pesar, no encontré hielo pero sí unas latas frías de Coca-Cola para despatarrarme en el suelo y colocarlas estratégicamente debajo del muslo y la pantorrilla hinchados. De pronto alguien encendió la luz. Yo solté un pequeño “¡Ah!” de sorpresa y me puse en pie de un salto. Ante mí, un hombre joven, al que ninguna mujer en su sano juicio hubiera hecho ascos, vestido con un pantalón corto de pijama de color azul claro. Y ante él, yo, sudorosa a más no poder, con mi camisón malva de verano debajo del cual se adivinaban todas las formas de mi cuerpo y, sin saber cómo ocultarlas, nerviosa, con mis cuatro Coca-Colas, dos en las manos y otras dos rodando por el suelo, le sonreí y nos presentamos. Me dijo que se llamaba Daniel y que había venido solo. Enseguida congeniamos y ante la falta de sueño y el calor que ambos teníamos, me propuso dar un paseo.

—Vale, espera. Subo un momento a quitarme el camisón y ponerme un vestido. Vuelvo en dos minutos- le dije animada y pensando que me daba igual no dormir en toda la noche.

—Aquí te espero.

Me di toda la prisa que pude. Tiré el camisón por el aire, me enfundé el vestido y con los únicos zapatos de tacón que había llevado y, de nuevo a tientas y a oscuras, bajé de vuelta. Le llamé varias veces pero no me contestó. ¿Dónde se habrá metido?  Entré en la cocina y pisé un charco que había en el suelo. Cuando conseguí encender la luz vi que lo que acababa de pisar era sangre. ¡Un gran charco de sangre espesa! La descarga eléctrica que sentí en ese momento debió destruir más de un tejido importante de mi cuerpo pero, a pesar de la fuerza del voltaje, conseguí controlarme y no gritar; no quería que se despertase el resto de los huéspedes. Con las suelas de mis zapatos ensangrentadas y el corazón batiéndome el interior como una bola de “pinball”, corrí a mi dormitorio para buscar el teléfono móvil y llamar a la policía. Estaba tan alterada que por más que rebuscaba dentro del bolso no daba con el aparato. Miré mis zapatos; por capilaridad se había extendido la sangre por la tela y ya eran más rojos que blancos. Empecé a marearme y a partir de ese momento todo se convirtió en una horrible pesadilla. Daniel riéndose a carcajadas, lejos y cerca de mí a la vez, intentando agarrarme y yo escurriéndome empapada en sudor, con su torso desnudo, su pelo castaño ondulado, su preciosa sonrisa y sus ojos clavados en mi camisón, corría y corría pero no me alcanzaba. Me mostró una cadena de oro que hizo girar a toda velocidad en el aire y yo me fui alejando hasta que entré en un torbellino de plumas caliente que me absorbió con fuerza y quemó más todavía mi interior.

Un portazo de la habitación contigua me despertó, el sol ya cegaba y abrí los ojos con dificultad; lo primero que miré fue la hora en mi reloj y a continuación mis zapatos blancos, sin estrenar, preparados para la gran fiesta de mi amiga. Impolutos, inmaculados. Todavía son las diez. Rápido, aún me queda tiempo para lavarme el pelo. Sabía que para el banquete me habían situado al lado de un compañero soltero del novio que, por lo visto, no estaba nada mal y yo llevaba unos días llena de curiosidad por mi “cita a ciegas”, tanto, que llegó a convertirse en la extraña pesadilla de la noche anterior y, esa mañana, en lugar de curiosa lo que me sentía  era intranquila

En el momento de sentarnos a comer, oí que uno de los comensales, un chico soltero amigo del prometido, no había aparecido ni había avisado para decir que no asistiría al banquete. “Se llama Daniel”. No llegué a tomar asiento, tenía que enterarme de algo más o me desmayaría, así que me acerqué a la mesa presidencial y abordé al novio.

—¿Es de ojos y pelo castaños, uno ochenta y cinco, muy guapo?

—¿Lo conoces o qué?

—Creo que sí, y también creo que le ha pasado algo malo.

En ese momento Daniel entró en el comedor. Él, el mismo Daniel que había conocido la noche anterior, se acercó a los novios para dar explicaciones sobre su retraso y a continuación, guiñándome un ojo, se dirigió a mí diciendo:

—Ni rastro en tus zapatos.

marinela tu pones luz en mi vida
“Tú pones luz en mi vida”. Cuadro de MARINELA FONTOIRA

Marinela Fontoira

Marinela Fontoira Ha publicado 12 entradas.

2 comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *