Doña Inspiración

Doña Inspiración hizo las maletas, cogió la puerta bien de mañana y se largó. Como hacen las frescas. Sin decir ni adiós. Esos eran los hechos.

Mediodía del 24 de diciembre. En el jardín no se veía ni un centímetro de césped, la nevada de la noche anterior había sido copiosa y muy larga. Echó dos troncos más al fuego y miró por enésima vez por la ventana, enfocando la vista hacia el camino, a lo lejos, donde se cruzaba éste con la carretera comarcal. Sus ojos ansiaban ver a Doña Inspiración retornando, con su pañuelo de lunares gigantes lilas y verdes en la cabeza, la bufanda de chenilla que había tejido con tanto amor en el último mes y sus andares decididos. Pero el camino estaba siempre vacío, insolentemente desierto. Giró la vista hacia el comedor y una lágrima se paseo sinuosa por  su mejilla. La mesa estaba preciosa, pulcramente preparada. El candelabro de plata con las tres velas rojas que se reservaban para la Navidad lucía imperial, en el centro de la mesa. El mantel de hilo dorado. La cubertería de plata que solo veía la luz dos días al año. La vajilla de Limoges con los dibujos austríacos. Todo estaba colocado al milímetro, preparado para dos. Podía imaginar la cara de Doña Inspiración sentándose a la mesa frente a ella, con la mirada viva y la sonrisa de pilla bordeada por dos hoyuelos. Su conversación era siempre perfecta, su compañía inmejorable. Aún no alcanzaba a entender lo ocurrido. Esa huída en silencio, sin explicación ni despedida, mantenían su alma encogida.

Una suerte de silencio denso se había apoderado de la casa. Volvió a entrar en la biblioteca, buscando por todos los rincones una nota de Doña Inspiración, unas breves líneas, un hasta luego, un vuelvo para Fin de Año. Tras unos minutos de rastreo inútil, se le ocurrió mirar en la biblioteca, en la estantería de los libros preferidos que Doña Inspiración y ella misma habían seleccionado con cariño. Sacó el primero de ellos, la versión inglesa del autor indio Vikram Seth, “A suitable boy”. Hizo una revisión de las más de ochocientas páginas del ejemplar, dejando que las hojas se deslizarán más allá de su dedo gordo. No cayó tarjeta alguna al suelo. Suspiró y repitió la misma operación con el segundo libro, “In Memoriam” de Oscar Wilde. No ocurrió nada, nada cayó. Cogió el tercer libro sin grandes esperanzas: las Memorias de Balthus. Deslizó sus hojas con suavidad. Nada. Se entretuvo en unos de los párrafos centrales. Le gustaba leer al azar ese manifiesto de vida tan sincero y sabio. Fue al cerrar el libro cuando lo vió, en la contraportada interior. ¡Ahí estaba! Una nota con la caligrafía inconfundible de Doña Inspiración, en tinta granate y líneas perfectamente rectas. Corrió presta a por sus gafas. La letra de Doña Inspiración siempre había sido limpia y clara, pero de caracteres diminutos. Rezaba así:

“Mi querida Elena, compañera del alma. He tenido que salir precipitadamente esta mañana a auxiliar a un escritor de edad en apuros. Pensé que mi ausencia repentina era una buena ocasión para probar tu ingenio, complemento perfecto e imprescindible de la escritura. He dejado esta nota precisamente aquí, en este libro. Por ser el tercero de la fila. Por ser uno de los libros preferidos nuestros. Porque cuando yo falte siempre podrás encontrarme aquí, en el corazón de las letras. Espero que a mi regreso puedas contarme que encontraste mis huellas. Supongo que estaré de vuelta a media tarde, quizá antes. Con afecto. Doña Inspiración.”

Con el libro en la mano, bajé a la calle. Abrí la puerta de entrada y miré a lo lejos, donde el camino se cruzaba por la carretera comarcal.  Silencio. Vacío. Soledad. Al poco, una silueta comenzó a distinguirse. Caminaba presta, con el pañuelo de lunares, la bufanda hasta media nariz y una maleta a cada lado. Al llegar a una distancia prudencial, paró. Me miró. Primero a los ojos, luego a mis manos. Giré el libro y lo apoyé en mi pecho, de forma que ella pudiera ver la portada. Sonrió, con los hoyuelos y el alma.

-¡Enhorabuena!- me dijo.

– Gracias mil -contesté con otra sonrisa- ¿Qué llevas en la maleta?

-Llevaba, llevaba. Vuelven vacías. Iban repletas de los libros preferidos del escritor en apuros. Los hemos colocado en su estantería y aquí estoy otra vez, a tiempo para la cena de Nochebuena. 

Doña Inspiración había vuelto a casa. Sin turrón porque era muy Doña. No importaba 

Elena Silvela

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