Doña Elena y la Tableta

La Boutade se está convirtiendo en una botica, con las fuerzas vivas sentadas de tertulia con Mercedes. A Paco el Poli se ha unido Doña Elena. Doña Elena es una institución en la Calle Feria, que no institución ferial . Nos falta un cura, pero desde la campaña de captación de nuevos lectores de Mercedes, el párroco de San Juan de La Palma, no se acerca al puesto.

A Doña Elena es fácil verla por el barrio, tirando del perro y apoyada en un bastón con el que le amenaza cuando el animalico, carente de raciocinio, intenta hacer sus cosas en mitad de la acera. No está ya Doña Elena para ir agachándose a recoger cacas de nadie.

Gorda y aún alta, siempre en bata y de zapatillas, solo tiene algún problema cuando el día está para tomar el vermú al solecito en los veladores y luego no puede levantarese. Por las buenas o por las malas, siempre encuentra algún parroquiano que le ayude. Sus peticiones con el bastón son legendarias entre los habituales de la calle.

Mercedes, a lo que parece, la trata con confianza.

– Elena no me joda. Esto es una librería, no una biblioteca.

– Pues menudo comercio, que no cambia el género que no gusta a la clientela. Y además, el libro está deshojado. O me lo cambias o me devuelves el dinero.

– Elena, esto no es El Corte Inglés. Se lo compro y punto. Tres euros.

Me junto con Paco el Poli, y le pregunto con las cejas.

– Yo no me meto y tú tampoco. – Susurra.

– ¿Pero qué les pasa?- Cuchicheo.

– Calla y abre las orejas- Bisbea.

El ejercicio de abrir las orejas, lo dejo para luego. El pobre Paco es consumidor de novelas policíacas mal traducidas. Así que decido ponerlas.

– …Y además, no me dijiste que era una novela histórica- chilla Elena- El trabajo que tengo que hacer es sobre La tercera edad en la novela contemporánea. Contemporánea, Mercedes. En su segunda acepción “Perteneciente o relativo al tiempo o época en que se vive”.

La sonrisa etrusca no es una novela histórica Elena. – Sube el tono Mercedes.

– Coño qué no. A ver cuantos jubilados viven ahora con sus hijos sin poner la pensión. Si cito esta, tendré que poner como lemaa nuestro parescer, /cualquiere tiempo passado / fue mejory no eso, Mercedes, no es eso. Tienes que estar al día con las novedades. Como librera es tu responsabilidad. Si no, El Corte Inglés es una opción. Ahí lo dejo.

– ¿Qué deja? El libro desde luego que no. Tres euros. Y no me salga con la cantinela de la pensión. Si quiere préstamos, a la biblioteca. A ver que le dicen cuando los devuelva subrayados.

Elena hace amago de querer levantarse. Paco y yo damos un paso atrás, fuera del alcance de su “por favor”. Mercedes la retiene y consiente:

– Bueno, pues llévese El animal moribundopero no sé, que luego los de la Universidad de los Mayores son muy aprensivos.

– Ese ya lo tengo. Y mejor se la recomiendas a El Poli-  Elena ataca: A ver guapo, ¿ha empezado ya esta con las neuras con la diferencia de edad?.

Paco, blanco, ni susurra, ni cuchichea ni bisbea, Pero Mercedes y yo nos reímos.

Esto es un delirio– contesta Mercedes- Déjeme al chico en paz. Mire Solar le puede dar pie para dar caña a los catedráticos que les dan clases. Alguno habrá que sigue pensando que en la jubilación aún puede encontrar la piedra filosofal después de vivir de las rentas de su juventud.

Elena acepta. Para una buena idea que das, la voy apuntar, no se me olvide. Y saca la tableta y apunta

Elena por dios, eso no será un libro electrónico.

– No, es una tableta. Si tuve que aprender a leer para ayudar a mis hijos, tengo que usar esto para no perder comba con los nietos.

– Pues como se descargue libros, le subo los míos, que lo sepa. Menuda es usted Elena, que empieza  con el guasap y acaba gritando Viva el mal, Viva el Amazon.

 Haciendo la clac, Paco y yo nos miramos complacidos y nos reímos con ellas. Hasta el perro nos mira con desprecio.

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Luis Casas Luengo

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