Don Lucio – por FRANCISCO NAVARRO

Don Lucio era artista; pintor por más señas. Ejercía de ello en una ciudad en la que le das una patada a una piedra y aparecen media docena de pintores figurativos, tres abstractos y catorce poetas. Pero no desfallecía. Don Lucio estaba calvo, lucía una calva esplendida y morena, siempre cobriza que la daba un aspecto saludable e incluso estético. A pesar de ello, los cuatro pelos que rodeaban su cráneo los dejaba crecer y se le rizaban atrás; aquello le confería una estampa más artística, más de la bohemia.

Don Lucio nunca estuvo en un ático de París, pero siempre llevaba manchitas de óleo en la ropa, estratégicamente situadas y las manos manchadas de pintura, como estandartes de su oficio. La suciedad en los cristales de las anacrónicas gafas que gastaba los hacía prácticamente opacos.

Pintaba paisajes abusando del verde, los cuadros parecían guisos de acelgas. Los ocres tampoco los tenía muy definidos, tiraban más al amarillo de la paella. Sin embargo era inquebrantable, pintaba y pintaba paisajes inexistentes e imposibles de distinguir a través de los lentes, sin ningún asomo de flaqueza. También mantenía impertérrita la pose de artista: miraba al infinito, sufría vahídos, hablaba una extraña jerigonza, se despistaba en las conversaciones, sufría de mal genio, no creía en Dios y fumaba “Ducados”.

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Francisco Navarro

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