Dolor y Amor – por FERNANDO RUIZ GRIJALBA

Tal era la borrachera de Lucas, que no acertaba a coger el pincel adecuado. Una y otra vez alargaba la mano hasta la jarra de barro rojo, donde estaban metidos y asomaban sus mechones; pero le resultaba imposible precisar. Era como si al llegar su mano, estos se pusieran a bailar entre sí y, cuando creía haber cogido el apropiado, se encontraba que no era uno, sino dos o tres pinceles los que tenía en su mano. Por fin se rindió y, desplomándose en la hamaca de madera de castaño, cayó en un profundo sueño.

El timbre de la puerta sonó insistentemente y sacó a Lucas de su modorra. “Dios mío, si son ya las doce. Se me había olvidado que hoy venía a posar” pensó en voz alta.

Era Viky, la joven que apareció al otro lado de la puerta. Hija de un amigo suyo. Tenía veinte años, de pelo castaño y peinado a lo garçon; sus ojos eran del color de la miel y, cuando hablaba, dejaba ver unos dientes blancos preciosos y una sonrisa que transmitía alegría y serenidad. Alumna de Lucas en la Escuela de Pintura y, a la vez, su modelo preferido. Aunque veinticuatro años mayor que ella, su relación era de una gran amistad y afecto.

−Buenos días Lucas, ya casi me iba, creía que no estabas, ¿seguimos con el cuadro? –añadió.

−Pasa al estudio y siéntate un momento, dame tiempo a tomar un café, ¿Te preparo otro?

− No, gracias. Me voy cambiando de ropa − contestó.

Lucas corrió hacia el baño; su vejiga no aguantaba más, de paso se lavó la cara con agua fría. Ya en la cocina cargó la cafetera con café puro de Colombia; le gustaba su sabor suave, y además le cautivaba el aroma que desprendía y que llenaba toda la estancia. Parecía otro cuando entró de nuevo en el estudio. Viky le esperaba en la misma pose de la última vez.

La escena que Lucas estaba pintando, consistía en una joven ataviada con un vestido de aldeana mientras leía un libro, acomodada en un sillón de madera maciza, junto a la chimenea. Esta vez, iba a pintar el detalle de los pliegues del vestido. Extendió la mano y, ahora sí, a la primera, cogió uno de los cuatro pinceles redondos de grueso fino y de pelo de marta que tenía ya lavados en la jarra. Diez minutos después estaba pintando.
Había pasado un buen rato y el silencio y la quietud era total, solo los cruces de miradas ponían algo de movimiento, aunque este fuera invisible. En un momento dado, la paleta que sujetaba Lucas en su mano izquierda cayó al suelo. No hizo intención de recogerla; al contrario, muy alterado, tiró también el pincel que tenía en la derecha; para seguidamente llevarse las manos a la cara. Y comenzó a llorar.

─ No puedo más, ─ dijo.

Viky se removió.

─ ¿Qué pasa, Lucas? se levantó del sillón y fue a abrazarle mientras le repetía ─ ¿Qué te pasa?

Apenas si podía consolarle, y así, abrazados estuvieron un par de minutos. Ya más tranquilo, Lucas comenzó a hablar.

─ ¿Te acuerdas, Viky, que hace tres meses te comenté que últimamente se me cansaban mucho los brazos, y que a veces me costaba estirar los dedos de la mano? Al principio lo achaqué a mi oficio, pero hablando con otros compañeros pintores, me di cuenta de que solo me pasaba a mí. El caso es que fui al médico y me mandó hacerme una serie de pruebas. Desde hace un mes sé que padezco una enfermedad neurológica, y que poco a poco iré perdiendo la fuerza muscular para terminar, de aquí a diez años, en una silla de ruedas. He intentado ocultarlo a los demás, e incluso a mí mismo. Durante las dos últimas semanas, cuando salgo de aquí, busco en la bebida, la amnesia que me haga olvidar, y lo consigo mientras estoy borracho, pero… es inútil, porque al menor síntoma, como ahora, cuando se me ha caído la paleta, me derrumbo.

Viky, abrazándole de nuevo, le dijo:

─ Yo también tengo un secreto guardado en mi corazón, que nunca me atreví a decirte. Te amo.

 

Fernando Ruiz Grijalba

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