Dios nos dió esta paz – por ÁLVARO MÁRQUEZ

Han pasado los siglos y la gente ha visto florecer como perecer vastos imperios. Se han sucedido las modas como hojarasca que se lleva el viento y han vuelto arremolinadas y con los mismos que no nuevos bríos. Han vivido grandes hombres que han dejado su legado, otros muchos se fueron con el peso de la culpa a buen seguro amarrado a sus lerdos pensamientos, los amantes lo fueron porque siempre otros les permitieron serlo, muchos escaparon a su destino y pudieron dar rienda suelta a sus deseos poniendo alas a sus tobillos, inyectando la noche en sus venas con filtros de luz de luna libres de toda vileza. ¿Vidas vacías y enfermas? No, seguramente todas y cada una de ellas merecieron la pena de ser vividas. Historias de pájaros enormes de piel plateada que planeaban sobre nuestras frentes proyectando sus grises formas sobre las arenas saladas, guirnaldas en explosión de color, guerras desplomando cielos, antorchas iluminando el dolor mientras intenta hacerse oír sin mucho éxito la balada opus 23 de Chopin.

Y de fondo y por telón el ansia eterna de paz, el gusto por crear, la herencia de los sentidos que es alegría de vivir. El aprovechar el tiempo si es sentido y no malgastado, el acicate de la superación, la fe que mueve montañas por dura que sea la carga. No hay arquitrabe por mil frisos decorado que dejar de ser soportado pueda si estuvo bien diseñado, no hay carga pesada por etéreo y suave que sea el soporte que la sustente si está en su mano aguantarla. No hay paisaje sin un motivo como no hay Venecia sin muerte, no hay vida sin la risa de un niño, no hay sueños bien conciliados si no son luego en su plenitud cumplidos. No hay lugar para el cínico ni acomodo para el loco, no cabe el culpable en este mundo con o sin coincidencias.

Prefiero tu voz a escucharte hablar como mero telón de fondo, dejar de ir a cualquier otra parte para evitar el largo exilio, como también supongo que la reacción a tiempo quizás nunca fue la mejor manera de sobrevivir. Confieso que no siento vacío, confieso que vivir merece la pena, que si bien no todas las películas que vi me parecieron tan buenas siempre vislumbré de fondo, marcada en el horizonte, la línea del fin del mundo y alguna vez quise alcanzarla. Tan azul, tan infinita, tan serena…

Álvaro Márquez

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