Diario de un hombre solo (y III)

Sábado, 8 de abril.

Día tranquilo, casi aburrido, nada remarcable. Los niños a sus deberes, yo a mi periódico. Casi no he pensado en ti. Hasta la hora de irme a la cama.

Domingo, 9 de abril.

Esta mañana Paulina y Goyito aterrizan en mi cama y me despiertan a las bravas, a base de saltos. ¡Joder, qué susto! Se acurrucan a mi lado y me dan sendos achuchones con sus correspondientes besos pegajosos. Abro un ojo con intención de protestar y veo a Alfredo allí, a los pies de la cama, con una media sonrisa triste y envidiosa mirando a sus hermanos. Le hago un gesto imperativo con la cabeza, simulando una orden que mi hijo mayor necesita y desea, y salta también encima de mí. ¡Coño, qué fuerza tiene ya este chico! No me había dado cuenta hasta ese momento. Otra de las muchas cosas que se te olvidó comentarme. ¡Puta!

Durante un segundo de nostalgia me siento tentado de abrazarme a ellos y llorar hasta hartarme, pero pienso en el susto que les daría y freno a tiempo el impulso. ¡Papá llorando! Inaudito. Creo que si empezase a llorar no sé si llegaría a hartarme en algún momento. ¿Podría dejar de hacerlo antes de mil años?

Propongo a los niños un blunch dominguero en la cama.

—¡Que no se dice blunch, tonto! ¡Que se dice brunch, con erre! –exclama Paulina, la marisabidilla. Y me alecciona implacable—. Es una palabra inglesa que resulta de juntar breakfast y lunch, ¿sabes? O sea, una mezcla de desayuno y comida.

—Ya, listilla, ya… —simulo un suspiro burlón—. Pero yo estoy proponiendo otra cosa: un bed-lunch, inventado por mí ahora mismo. Y con ello quiero decir: ¿comemos todos en mi cama mientras vemos una peli?

Y según lo estoy diciendo me estoy arrepintiendo. ¡Dios mío, todo pegajoso todo el rato!

—¡¡¡Sííííííííí!!! —gritan los dos pequeños.

Alfredo, más formal, asiente con la cabeza. Parece contento; sonríe pero su dignidad le impide gritar sus deseos. ¡Adolescentes, bah!

¿Grito yo mis deseos?

Por la noche, mientras cambio las sábanas pringosas –pegajosas– y manchadas aquí y allá de salsa de tomate y algo entre moco y mayonesa –Dios mío, ¿dónde estará el bote?– decido que ha sido un buen día. El primer día bueno después de. El segundo, rectifico queriendo ser justo; la sesión de patinaje de la semana anterior había sido también especial.

¡Ay, Marieta, lo que te estás perdiendo!

Con tristeza, caigo en la cuenta de que ella no se está perdiendo nada. Quien realmente se lo ha estado perdiendo todo, todo este tiempo atrás, he sido yo. Todos los besos pegajosos, todos los saltos del tigre infantiles a mi cama —que me ponían todos los domingos, invariablemente, de mala hostia para el resto del día—, todos los remolinos de patines, los quebrados, las planillas de caligrafía y los cortes en los dedos. ¿Cómo se le ocurriría a Goyito sacarse punta al dedo solo para saber si a los dedos se les podía sacar punta? ¡Dios mío, qué miedo me da este niño!…

Lunes, 10 de abril. Cuando me metía anoche en la cama dispuesto, entre sábanas limpias y frías, a escribir sobre todo esto, recordé la sonrisa triste y ansiosa de mi hijo mayor a los pies de la cama, como pidiendo permiso para poder jugar también. Recordé la cara pícara de Paulina cuando quiere asustarme. Recordé la cara larga y triste de Petra cuando me sirve el desayuno, casi sin atreverse a hablar. Recordé la sangre saliendo del dedo al que Goyito le había querido sacar punta. Recordé tu recuerdo besándome el hombro peligrosamente mientras me afeitaba. Hacemos muy buena pareja, Güell.

Y recordé la sangre saliendo despacito de tu oreja, tirada en una postura imposible en el suelo mojado del cuarto de baño. Joder, si aún quedaba el vapor que generas cuando te duchas a mil grados. La sangre pegajosa saliendo de su oreja. Un minuto antes me llamabas riendo cerdo machista y luego ya no estabas.

Y recordé que todavía no ha llegado el verano. Y aún faltan por pasar las primeras Navidades. Y el primer día de Reyes. Y los primeros cumpleaños. Y el primer aniversario. Dios mío, ¿cómo se vive todo eso sin?

Finalmente, me acurruqué y lloré. Todavía no me he hartado de hacerlo.

Ha cambiado todo; ahora, también se ha derrumbado lo de fuera.

 

DiarioHombreSolo3

 

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Rosa H. Mula

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