Diario de un hombre solo (II)

Martes, 27 de marzo

Me miro al espejo por encima del lavabo y me sorprende ver que no he cambiado nada, que tengo la misma cara que seis semanas atrás, cuando Marieta aún se ponía a mi lado ante el espejo y decía con cachondeo: ¡Qué estupenda pareja hacemos tú y yo, Güell!.

¿Cómo es posible que nada cambie por fuera cuando por dentro se ha derrumbado todo?

¡Eres una zorra!, pienso. Y con amargura noto también, un día más, que Marieta no me trae sonriendo el café, ni me besa el hombro desnudo —haciendo que la maquinilla de afeitar cruce veloz y descontrolada mi mejilla—, ni me chupa el corte del que sale una gota de sangre pegajosa. Pegajosa. ¡Zorra! ¿Cómo te has podido ir así?

Mientras me pongo la corbata, otro beso pegajoso, esta vez de Paulina. Otro. Pegajoso. ¿Siempre tienen que ser pegajosos y sucios los besos de los hijos? ¿No pueden tener nunca, nunca, los labios limpios de caramelo, o cacao o de lo que coño se manchen los niños los labios continuamente? Aguanto el beso sin rechistar. Hoy me siento estoico.

¿De verdad que nada ha cambiado por fuera?

Han pasado seis semanas, y es ahora, cuando se ha pasado la novedad, cuando ya no eres noticia reciente y dejan todos de estar pendientes de ti cada minuto, es ahora cuando empieza de verdad lo que será el nuevo día a día, el terrible cotidiano, como dice mi mujer. Tan igual. Tan distinto. Tan doloroso. Tan inevitable. Tan.

Por increíble que parezca, el instinto de supervivencia sigue ahí; te obliga a levantarte, desayunar, aguantar besos pegajosos, afeitarte, ducharte e ir a trabajar. Y todo ello sin morirte. Increíblemente, sin morirte. Aún cuando tus tripas lo que te piden a gritos es que te acurruques a solas y te dejes ir. Cuesta abajo. A donde sea.

Bueno, hoy al menos no me he levantado con dolor de cabeza, algo es algo. ¡Pero sigues siendo una zorra! ¿No podías ver todo lo que te retenía aquí? ¿No podías esperar? Siempre huyendo de las responsabilidades, ¿eh?, tan egoísta, siempre a tu bola. Bueno, ¡pues que te jodan allá donde estés! ¡Que-te-jo-dan!

Ahora todo es urgente. Siempre. Los niños no tienen paciencia, no saben esperar, ni aún siendo huérfanos a medias. Ellos, ellos, ellos. Para Goyito lo más importante es haberse cortado. Para Paulina lo más urgente es su planilla de caligrafía. Para Alfredo, los quebrados. Para Petra que nos vayamos del comedor porque tiene que recoger…

Y yo, ¿qué? ¿Qué pasa conmigo? ¿No voy a volver a tener un minuto de paz? ¿Tengo que atenderles todo el tiempo? ¿Cada puto minuto que paso en casa tiene que ser de los niños? Yo ya hice mis deberes, yo ya me sentí desgraciado, yo ya pasé por todo eso, joder. Y no quiero volver a pasarlo. No quiero.

No ha sido un buen día para mí, supongo que tampoco para los niños.

Sábado, 1 de abril. Hoy, de forma inesperada, los críos me han hecho reír. Viéndoles patinar por los caminos asfaltados del Retiro he descubierto el placer de deslizarte sobre ruedas con gracia a través de sus piruetas. ¡No sabía que patinaran tan bien!

Alfredo se deslizaba con seguridad, las piernas casi rectas, el cuerpo algo inclinado hacia delante con los brazos a la espalda. Observándole pude sentir el aire en su cara, la sensación de su libertad mientras avanzaba. Hizo un giro hábil que lo colocó mirando hacia sus hermanos, que le seguían a poca distancia.

Paulina tiene el cuerpo grácil y sus movimientos son fáciles. ¿Será por el ballet? Pero, ¿baila ballet?. Se movía con elegancia, infantil aún. Muy seria, hacía sus piruetas y revueltas con la misma cara de concentración con que hace sus fichas escolares por las tardes. En un momento dado me miró, perdió el equilibrio durante un segundo y, cuando sobresaltado me lancé hacia ella para sujetarla, se paró en seco, me señaló con el dedo y me guiñó un ojo.

-Eeeeehhhh… ¡que era broma! –y se rió, la bandida.

La amenacé simulando un gesto feroz y vino hacia mí. Me abraza sin decir nada y se vuelve a deslizar, acercándose a Goyito.

Éste, todo piernas y brazos en un desbarajuste físico imposible, volaba sobre los patines como un molinillo de viento dislocado. Parecía estar perdiendo y recuperando el equilibrio constantemente. ¡Es milagroso que no se haya roto ya la crisma treinta veces!. No me atreví a acercarme pues, si no a más, en estas dos últimas semanas sí me ha dado tiempo a aprender lo importante que es la dignidad y la reputación social de un varón de siete años, que se hubieran perdido irremediablemente si me hubiera dejado tentar por mi papel de salvavidas no solicitado. Miré horrorizado a Marieta, que sonreía sin darme pistas; y le hice un gesto interrogante a Alfredo, señalando con la barbilla a su hermano pequeño.

-Lo suyo no es broma –contestó mi hijo mayor-. Pero yo que tú no me acercaría a salvarle del desnucamiento inminente…

Impotente, me dispuse a contemplar en directo cómo mi hijo hacía todo lo posible para destrozar su físico manteniendo intacta su dignidad de chico valiente. Él, para llevarme la contraria -¿o para demostrarme qué sé yo?- saltó en una pirueta que dejó mi respiración en suspenso el mismo lapso de tiempo que duró la exhibición disparatada para luego aterrizar desmañadamente en el camino, frenar cerca de mí y saludar muy serio con una inclinación de cabeza. Y luego se cayó de culo.

A pesar de todo, y de forma inesperada, sigue habiendo motivos de risa. A Marieta se le había olvidado decirme que los niños patinaban tan bien.

¿O es que yo no te escuché cuando me lo contabas?¡Ay, Marieta, si supieras cuánto te odio!…

 UnHombreSolo2

Rosa H. Mula

Rosa H. Mula Ha publicado 33 entradas.

4 comments

  1. Hermoso tu cuento!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Gracias por compartirlo! Abrazo desde Argentina!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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