Día de Reyes – por LUIS CASAS LUENGO

Tengo más miedo a mi casera, Macarena, que a una lectura a viva voz de las cosas que publica Pío Moa. Con las fiestas me he retrasado en el pago de este mes y me acerco temeroso a la puerta de de su tienda: apenas un zaguán lleno de muebles de pino que hace como que vende. Según cuentan sirven para lavar las rentas de los alquileres que no declara a Montoro. Recibe siempre en su mecedora, las manos sobre los resposabrazos presta, parece, a saltar sobre el inquilino desavisado que se presente con excusas de mal pagador. Soporta, comenta quejosa, alquileres sociales, retrasa mensualidades sin intereses y ofrece su sacrificio a la Divina Pastora, de la que se dice devota.

Macarena, viuda de un profesor de instituto, está gorda y teniente. Según Mercedes, Dios ha sido benévolo con ella y le ha evitado oír los comentarios que toda la calle Feria hace de ella. Elena sostiene que para enterarse aprendió a leer los labios.

– Me preocupaba usted, Abogado –me dice- Tan serio y cumplidor y con este retraso ya no sabía qué pensar.

Estaba de vacaciones. Vocalizo.

– No me haga muecas. ¿me ha traído lo mío?

Le tiendo los billetes que recoge con la izquierda, cuenta con la derecha y guarda en la caja de galletas. Habilidad esta de prestidigitador que ha desarrollado para no perder tiempo cuando tiene cola los primeros de mes. Una artrosis en las manos hubiera sido mejor castigo, pienso. Me tiende el recibo y leyendo la A en mis labios, me corta el adiós.

Mantiene usted, creo, cierta amistad con la librera y mi amiga Elena. A Elena la conozco de las monjas. Somos de la misma edad, aunque viéndome a mi no se lo crea. Íntimas fuimos. Luego el tiempo, ya sabe, nos fue separando.

Diez metros en cincuenta años, pienso. Viven, lo sé por Elena, a dos portales de distancia.

Sin embargo estas navidades me he acordado mucho de ella y también de los nuevos amigos que Elena, tan sola, ha conseguido hacer. En nuestros buenos tiempos Elena leyó toda la biblioteca de mi padre. De allí sacó, sacamos, nuestro gusto por la lectura. Y en Navidad era cuando más libros nos regalábamos. Así que me dije ¿por qué no?, y por interné (no hay librero en Sevilla que me merezca como clienta) he comprado algunos para ellos. A usted no le conozco aún lo suficiente. Por eso le ruego que me disculpe si no le he incluido en esta ronda. Nunca regalo libros a desconocidos. Y de usted solo sé que es buen pagador. Poco dato ese para acertar, ¿no le parece?

Asiento y, con prisas por terminar mi visita, pregunto: ¿Quiere que se los acerque? Ahora iba a ir a La Boutade.

Lo que quiero es que me acompañe a La Boutade. Hoy no hay público y puedo dejar la tienda.

Añado un nuevo terror a mi vida. Pagar tarde la renta, una lectura de Pío Moa y que Elena me vea aparecer acompañado de Macarena.

No me diga que no. Si me presento sola no dejarán que me acerque. Ir de su brazo será la señal de voy en buena voluntad.

Se levanta, me agarra y salimos del zaguán con una bolsa de libros. Voy pensando sólo en qué excusas daré luego a Elena para que me perdone, a Mercedes para que no me expulse de la tertulia y a Paco el Poli para que no me interrogue.

¡POR ALLÍ RESOPLA! – Grita Elena, bastón en ristre, cuando nos ve aparecer. Y relajado, me río, esperando que mi oronda acompañante haya reconocido el júbilo de Ahab cuando vio asomar a Moby Dick.

El bastón de Elena marca la distancia máxima de acercamiento que se nos permite.

Elena, ha sido Navidad – dice Macarena – Déjate querer. Son muchos años ya de enfrentamiento.

– No te enteras Macarena. El día del amor fraterno es el Jueves Santo. Y ese día, pues mira, tampoco te quiero cerca.

Macarena no pierde la sonrisa o la mueca. Tiene las comisuras de la boca unidas a las arrugas del cuello. Le queda la boca plana al elevarlas para pretender sonrisa y apenas asoman los dientes, postizos, de arriba.

No me vas a quitar el placer del regalo que te traigo. Sé, que de todo me sigo enterando, que Mercedes ya te regaló “El animal moribundo”. No sabes lo difícil que me ha puesto encontrar otro libro que te vaya igual de bien.

Macarena -corta Elena- para ya que te conozco….

Elena déjame terminar. Esta novela te gustará. He rebuscado tanto, tanto. Pero apreciarás el esfuerzo. Y el resto también. Que para vosotros también traigo. Pero me disculparéis si empiezo por mi amiga. La echo tanto, tanto de menos. Pero hice de tripas corazón y durante una semana estuve inquieta, nerviosa sin encontrar respuesta a mi desazón: ¿Qué novela sobre amigas le puedo regalar? ¿Quién ha vivido lo que nosotras? ¿Quién lo ha novelado? No encontré nada sobre el despecho, ni un solo cuento en que la reconciliación …

Macarena, para. Que no habrá reconciliación.

Esa fue la clave. Lo certeza de que, a pesar de mis esfuerzos, no la habría. Pero ya sabéis de la fortaleza del enemigo a la que me enfrento. Mucha Elena para tan poca Macarena, decían las monjas cuando empezamos a pelear. Así que me dije: Mejor un aviso a navegantes, que en enfrentamiento abierto no conseguirás nada, Macarena. Y así sí fue fácil orientarme en mi biblioteca y encontrar este pequeño detalle.

Pero Elena se niega a recoger el libro que le tiende. Macarena intenta sonreír y me lo pasa.

¿Lo abriría usted, Abogado?.

No sé qué hacer. Miro a Elena y me disculpo: Disculpe Elena pero es que el Mal me fascina. Y abro:

“La vida perra de Juanita Narbona”. Y viene dedicado.

Siempre dedico mis libros. Lea.

Leo:

Elena, en el monólogo, pág 75, tienes a Juanita quejándose de su hermana: la otra, la moderna, la guarra … pero una queja que es la súplica por una llamada de Juana, ya mayor y ya sola.

¿Oyes Elena? Pero yo sí te llamaré. No tendrás que quejarte junto al teléfono ni tendrás que rogar en voz alta “Venga hermanita, una llamadita” como ruega Juanita, la solitaria de altos principios. Adoro esta novela. Pero claro que pienso cómo con tanta soledad, no le dio por leer, fíjate tú, a Juana Narbona. Ahí no sois iguales. A ti sí te salvan los libros en la vejez. ¿Te acompañan los libros cuando cenas sola o en compañía del simple de tu hijo Bobo? Nosotros hemos sido 15 para Nochebuena.

Mercedes se planta: Desde luego, no hay mayor hijodeputa que el ilustrado. Bobo, Elena, Paco y yo la pasamos juntos. Y mañana celebraremos Reyes. Puedes venir, Macarena, cuando hayas repartido los sobres con el aguinaldo y se vayan disculpando tus comensales recompensados de su esfuerzos de pasar contigo las fiestas.

Ríe Elena: Macarena y la extraña familia. Adoro esa obra. ¿Recuerdas cómo empieza Macarena?:

  • Mercedes (como Doña Paula): ¿Muy simpáticos, verdad?
  • Elena (como Doña Matilde): Mucho muy amables ¿Y quiénes son?
  • Mercedes (como Doña Paula): Ah, no lo sé… Yo les pago cincuenta pesetas para que vengan de visita dos veces por semana.

Aunque supongo que como está todo con el euro algo más pondrá usted en el sobre – Dice Paco.

Qué perspicaz es tu Policía, Mercedes -Macarena retoma el ataque- Y joven. Mucho. Incluso sin compararlo contigo, Mercedes bonita, Paco es joven. Me he preguntado muchas veces qué pretende un mozalbete con una madura con pocos recursos. ¿Heredar el puesto?. Por mucho que se amen los libros, ahora que ya nadie los valora, poca herencia parece para tanto sacrificio. Pero claro, valor y precio no son sinónimos. Y me dije: la experiencia. Es eso. Aprender de ti, Mercedes, que por ser, hasta casi has sido refugiada de la dictadura argentina. ¿Qué otra cosa puedes ofrecer? Pero cuidado, me dije, ¿no será Paco celoso?

– Pues mire, no lo soy.

– Ay Paco, los celos rebosan en cualquier momento. Usted que tanto la quiere ¿soporta que le hayan queridos otros? –Y me tiende otro paquete: Perdone que le tome por Hermes, Abogado, pero necesito un mensajero para mi ingenio. De otra forma no podría repartir los libros. Ábralo.

Antes de conocernos.

No doy crédito. No me acabo de creer que el divino Barnes pueda servir para hacer el mal.

– Le aclar, Paco, que el título original, Before she met me, “Antes de que ella me conociera” es mucho mejor que su traducción al español. Hágame caso, léalo. Barnes es único describiendo cómo el pasado de alguien puede conducirnos a la locura. Por mucho que tu Mercedes pretenda lo contrario, a ella la acompañan todos los que la quisieron antes. ¿Te compara? Porque no se creerá la tontá que publicó aquí el buen Abogado de que en realidad le había buscado en todos aquellos a quienes no quiso tanto como a usted.

– Gracias, Macarena, Barnes se vende muy bien. No tanto como merece, pero se vende bien. Y éste en particular, leído está. ¿Recuerda usted, Macarena, Mar de Fondo? Hihgsmith también es única. No se lo regalo porque no estoy para esas alegrías. Pero consígase una copia. No le gustará nada, pero apreciará lo bien traído de mi consejo, usted que tanto aguantó a su difunto. También le divirtió como a Viv Van Allen la cantidad de amantes con quien se entretenía su maridito. Como la mujer de Van Allen también los llevaba a casa. Por la biblioteca, decía, para abrir aquellas mentes a un mundo nuevo.

– Menudo Pigmalion estaba hecho tu marido ¿eh, Macarena?- completa Elena y mirando a Paco: Nunca se aclaró del todo por qué el profesor dejó el instituto y a dónde fue cuando Macarena le echó de casa. Solo supimos de él cuando hubo un funeral en la Divina Pastora. Parece que no solo Van Allen encontró una solución. No digo más,

Sufrí su pérdida, Elena, y lo sabes – protesta Macarena.

– Lo perdiste antes del funeral,  el mismo día de la boda creo yo. Aunque sí, se quedó muchos años a tu lado. El dinerito, supongo.

– Al menos era guapo y adornaba. Y yo tenía algo que ofrecer. Como Mercedes a Paco. Mercedes, guapa,¿has leído La viuda Couderc?

Y yo me admiro de la capacidad con que devuelve los golpes mi casera. Tengo el ejemplar entre las manos y dudo en entregárselo a Mercedes. A pesar de los apremios de Macarena decido que no.

Simenon publicó La viuda Couderc el mismo año que Camus El extranjero y aunque luego triunfó con la serie policíaca de Maigret, Simenon merecería la fama por esta novelita existencialista. Otro crimen, el de la viuda, sin motivo y sin remordimiento del asesino a quien había acogido. Bah. No está bien traído, Macarena. Paco es poli del Grupo de Patrimonio Histórico del Cuerpo Nacional de Policía. No de homicidios.

Y Mercedes: Gracias Abogado, pero sé defenderme sola. Y tampoco es cuestión que Macarena te suba el alquiler como venganza y luego no tengas renta disponible para gastarte aquí en La Boutade.

Agradecido por el desinterés de Mercedes en defender mis finanzas, le cedo el sitio de contraataque:

Dame el libro. Habrá que releerlo. A cambio sí le voy a regalar yo uno, Macarena. En agradecimiento de su buen intento de meter cizaña. Dáselo, Abogado.

Hermes como soy cojo el libro de unas manos y lo pongo en otras: La dulce envenenadora.

Macarena eleva el labio se da la vuelta y se marcha.

Con valentía, una vez que nos da la espalda y no puede leer mis labios, pregunto a Elena: ¿Qué fue de su marido?.

– Nadie está seguro. Empezó a adelgazar cuando Macarena le aficionó al té…

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Luis Casas Luengo

Luis Casas Luengo Ha publicado 19 entradas.

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