Día de lluvia – por EMILIA MARTÍNEZ RUIZ

La tormenta estalló al amanecer.

Medio dormida percibió el destello de un relámpago, y el retumbar de un  trueno a través de los corredores del sueño. Hoy, como viene sucediendo cuando hay en el aire electricidad y sombras, aparecerá de improviso, con su impecable traje color marrón que destaca la blancura de la camisa, estaría a su lado unos momentos de esos que son eternos y demasiado cortos, mudos y llenos de diálogos atropellados, más allá de la calle, del estrépito de motores, de voces estridentes. Le dice: “a solas se oye crujir el tiempo que no se ha vivido”, y ella lo mira escéptica sin responderle.

Diluvia.

Otro trueno la despierta por completo, es hora de levantarse, está de mal humor: no sabe quién es ese desconocido con el que se cruza últimamente por la calle los días desapacibles, le dirige un saludo cortés y desaparece entre la gente, sin que pueda preguntarle si se conocen o la confunde con otra; tampoco entiende cómo ha podido entrar en sus sueños y, de alguna forma, en su vida. Se ducha, se arregla: pelo recogido en un moño, conjunto de tonos alegres para iluminar el día, zapatos con suela antideslizante, e impermeable con capucha; coge la cartera, el bolso, y sale de su casa cerrando la puerta de golpe. Llega al trabajo, absorta en repasar los informes que debe presentar se aísla de todo.

Llueve.

 Mediodía, sale para asistir a un almuerzo de negocios al que ha sido convocada; al doblar una esquina, el desconocido pasa a su lado, la saluda sin detenerse y añade algo más que el tráfico le impide oír. Después del trabajo, va a la inauguración de una exposición de pintura, y charla animada con el pintor y los demás amigos que encuentra allí.  Regresa tarde a su casa, durante el trayecto se le ocurre pensar que los ruidos que oye por las noches, cuando no puede dormir, son el rechinar de los cimientos del mundo. Le resulta increíble haber pensado tal cosa, pero cada vez que aparece ese hombre la asaltan después ideas tan extravagantes que no puede creer que sean suyas.

Llovizna.

No le apetece cenar, sale a la terraza, aspira el aire limpio, fresco. Y sospecha que lo que oye en realidad cuando está desvelada es ese crujido del tiempo que no se ha vivido de que le  habla en sus sueños el desconocido.

La lluvia ha cesado.

Mañana, será otro día.

 

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