Deseo cumplido

Volvió a su despacho por la tarde. Se sentó en la silla de siempre, los antebrazos apoyados de la misma forma que a diario. Los pies cruzados sobre la papelera. La pantalla del ordenador tililaba esperando la clave que le diera acceso al mundo. Fijó la mirada en el portalápices de ágata y oro que le habían regalado el día que celebró su ascenso. Permitió a su mente perderse en los recovecos del pensamiento. Tanto tiempo esperándolo. Tantos años imaginando la alegría desbordante del momento. El ascenso. Con orgullo contenido, luego los brazos en alto como símbolo de victoria. Un corte de mangas imaginario a tantos que le habían hecho su vida laboral una lucha de titanes. Celebración por todo lo alto. Un brindis exquisito. Vino tinto del bueno y un magnífico jamón para festejar. Porque el éxito lo merecía.

La realidad había sido otra. Bien otra. El ascenso llegó, claro. Pero su sabor no tenía que nada que ver con lo imaginado. Ni de lejos. Ahora era viudo. Sus hijos vivían fuera. Su casa estaba siempre vacía. Entrar en ella por las noches era un acto de héroes. El salón en penumbra y en respetuoso silencio le daba la bienvenida, imperturbable, cada noche. Muchas veces no tenía apenas fuerzas para encender la luz de la lámpara del sofá. Bajo la que su mujer leía con avidez cada noche, sin prestar atención a la tele que él devoraba con ansiedad. Ella le esperaba hasta el final de la película. Siempre. Nunca hubo una protesta por el canal elegido. Nada salió de su boca. Él era el amo y señor de las noticias, programas de debate, películas y series. Jamás se le ocurrió preguntarle a ella si prefería ver otro canal, otras noticias. Su ausencia en el sofá era pesada. Muchas veces alargaba el brazo con la esperanza de tocar. Tocar. Porque la presencia de su mujer, de algún modo, podía sentirla. Pero buscaba algo más mundano. Algo así como su vuelta en carne y hueso por unos instantes. Encontraba, en lugar de la piel de seda de su mujer, un vacío. La nada. Un espacio en el que no había lugar ni para una pequeña sonrisa.

Ahora pasaba mucho más tiempo en la oficina que en su casa. En su despacho nuevo, apropiado a su cargo. Espacioso, funcional. Pulcramente decorado con cariño por la secretaria de su nueva dirección. Sin duda, su viudedad no anunciada había causado impacto entre los que le querían en el trabajo. Cada vez que entraba en el despacho una punzada de desilusión le atenazaba, ahí, en la boca del estómago. No se sentía nada orgulloso de pertenecer a él. Su cargo, el tan esperado cargo, no le valía para paliar la pena de la soledad.

Nunca supo bien cómo se aplicaba aquel dicho. Tantas veces lo escuchó y en ninguna ocasión puso su imaginación a trabajar, a ponerlo en un contexto práctico… “Cuídate de desear algo, no vaya a ser que se cumpla“.

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Alexander Mann
“The Lonely Road”

Elena Silvela

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