Desde su pedestal de azabache, por ELENA SILVELA #misescritos

Hoy lo ha vuelto a decir. Que me conoce, que sabe qué me ocurre. Mi masa encefálica, incontenible, se rebela. Cierro los puños, contraigo la mandíbula. Y lo que no es la mandíbula. A tenor de lo que dice, cualquiera podría interpretar que tiene la habilidad de pasearse por los senderos de mi congoja, tomar buena nota y poner remedio. Todo muy irritante.

A veces me mira con falsa condescendencia; la asignatura pendiente que más le duele es la sensibilidad. Un día le recriminaron esa carencia, en público; probó un minúsculo trozo de su medicina y no lo llevó bien. Desde entonces, entrena periódicamente. Con escaso éxito, pues los dones que se trabajan por el mero prurito de un triunfo social son inasequibles.

Hoy lo ha vuelto a decir. Que sabe el porqué de mi mirada triste y me ha regalado una vez más esa ridícula expresión de conmiseración que tiene mucho más de pose que de empatía. Desde el reino de la fama. Desde su pedestal de azabache que abrillanta a diario y con minuciosidad. Me ha pasado el brazo  por los hombros y ha apretado ligeramente, lo justo para tranquilizar a terceros.

Mientras tanto, ni un centímetro de mi diafragma se relaja. La pena recorre mi cuerpo y se estanca en las yemas de mis dedos. No puedo hablar. No puedo contarlo. En algunos momentos no respiro, para aguantarlo. No hay qué me consuele salvo el puñetero tiempo que transcurre con lentitud crispante.

Pero él lo va a resolver. De un plumazo.

Hay miradas engreídas que dan palizas.

 

mano con luz (2)

 

 

 

 

 

 

Elena Silvela

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