Desaparecer del mundo – por ELENA SILVELA

No podía soportarlo ni un minuto más y se dijo que desaparecer del mundo podría ser una estupenda opción. Cerró los ojos y se cubrió con un tupido manto de flores de limón y espliego. Ni un rayo de sol atravesaba semejante entramado, mas el olor era agradable y evocaba tiempos lejanos en los que todo estaba bien.

Hizo trasladar su imaginación al pequeño río. Allá donde solía ir a pescar en esos años. ¿Quién le acompañaba? No lograba recordarlo bien. Ni bien ni mucho. Su figura era alta y prominente, Lanzaba la caña con elegancia, como si quisiera hacer cosquillas al agua con el sedal. Era incapaz de ponerle nombre a ese cuerpo y ni siquiera de su cara podía dibujar un sólo rasgo. Lo que sí podía sentir era la paz que manaba a chorros de su persona. La finura de los gestos. La paciencia de la postura. La quietud de sus pasos por el río.

Quizá había muerto demasiado pronto. Quizá no quería recordar. Quizá el contraste de la felicidad de esos años con la aridez de los presentes era tarea difícil de digerir y lo convertía todo en bruma. No entendía cómo, una y otra vez, al no hallar salida a su vida volvía y volvía al mismo río. A pescar con esa figura sin cara ni nombre, harto protectora.

rio de la vida
Foto de CÉSAR BABÍO

Elena Silvela

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