De tierras del sur

Venía de tierras del sur para quedarse, me decía siempre. Acompañaba la frase de media sonrisa burlona y dos pícaros hoyuelos. De pelo canoso, poblado y desarreglado. Los ojos azules de inmensidad oceánica, de esos en cuya mirada puedes quedarte largo rato. Planta imponente, andares garbosos. Nunca me tocó salvo para darme la mano, pero su conversación me envolvía cual si me estuviera abrazando. Sus ojos frente a los míos daban calor.

Hacíamos, cada día, por quedarnos en el salón un rato más al filo de la medianoche, cuando el resto decidía retirarse. El calor de la chimenea era una buena excusa. Estupenda y reincidente excusa. “Cuéntame.”.- comenzaba yo.

Sentados en sendos taburetes frente al fuego, comenzábamos la conversación nocturna de todos los días. Se convertía al poco rato en un apasionate monólogo que yo escuchaba mientras contemplaba de reojo su figura, las manos, la nariz, los labios. En las pausas nos mirábamos; silencios sostenidos de propósito, silencios que sólo las personas implicadas pueden reconocer como reconfortantes. Necesarios, plenos. Llenos de vida, quizá de ansia por desechar los agujeros emocionales, profundos hoyos de melancolía.

– ¿Y tú?.- me preguntabas de pronto. Inmediatamente, respondía yo: “No estoy preparada para hablar. Aún no.”

Era entonces cuando me mirabas con serenidad, más allá de mis pupilas, de mi corazón, de mis venas. Alguna vez nuestros antebrazos se rozaron. Alguna vez pude ver por el rabillo del ojo que intentabas tenderme la mano. Simplemente no me atreví a responder al ofrecimiento. Determinadas cosas en la vida han de pasar de soslayo.

Muchos años nos contemplan desde entonces y ya puedo gritártelo en confesión. Pude haber tenido un romance, el más bello romance de mi vida. Contigo. Pero el cacareado regreso a tierras del sur me atenazaba. Me aterraba que fuera simplemente eso, el más bello romance del mundo.  Quise con todas mis fuerzas acercarme a ti y dejarme llevar; pero no me consideré apta ni suficiente para cortarte las alas. Para hacer que te quedaras. Entonces, no hice nada, ni pedí nada. Simplemente, te miré.

La despedida fue aparentemente cordial, a la vista de todos. Entre tú y yo, profunda. Nuestro abrazo fue más largo, sentido y apretado; aunque nadie de la comitiva de despedida lo apreciara. Llevo tu beso en mi cuello desde aquel día. 

 

Elena Silvela

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