De pensamientos

Curad vuestro dolor con palabras, las penas que no hablan, gobiernan el corazón abrumado y lo conducen al desastre” .

Esta frase que Shakespeare pone en boca de Macbeth allá por el año 1606 sigue estando de rabiosa actualidad. ¿Cuánto tiempo desperdiciamos en nuestras vidas dándole vueltas a pensamientos inútiles que lo único que consiguen es engrandecer nuestras penas, temores y preocupaciones hasta  convertirlos en fantasmas que nos persiguen allá donde vamos? ¿Cómo dejamos que estos pensamientos gobiernen nuestra vida y no quepa nada más en ella? Darle vueltas a las cosas nos da una falsa idea de que las controlamos, cuando en realidad, lo único que logramos es engrandecer nuestro dolor y aumentar nuestras preocupaciones.

Tenemos miedo de desvelar nuestros pensamientos creyendo que son únicos, que a nadie más se le ocurren las “maldades” que a nosotros nos atormentan, que no nos vamos a sentir comprendidos, que nos van a rechazar por haber pensado tal o cual cosa. Tenemos miedo de contar nuestras experiencias porque creemos que no nos van a entender o que pocas personas han pasado por las situaciones de dolor, miedo o humillación que nosotros hemos pasado. Así, vamos alimentando nuestra espiral del miedo a la vez que nuestras experiencias y pensamientos se van sobredimensionando.

Todo esto que se queda dentro de nosotros, tiene gran influencia en nuestra vida; haciendo que pongamos en marcha acciones que, como muy bien dice Macbeth, suelen llevar a nuestro corazón al desastre.

Cuando hacemos el ejercicio de decir en voz alta aquello que nos preocupa o nos duele, inmediatamente pierde fuerza. Lo que sale dentro de uno hacia fuera, al contrastar con la realidad, con otras voces, se “objetiviza” y pierde el exceso de carga afectiva. La mayoría de las veces nos damos cuenta de que no era para tanto, que no era tan grave,o que aun siendo tan  grave podemos soportarlo y que compartido es más llevadero. Muchas veces nos damos cuenta de cuanta gente cercana ha pasado por las mismas experiencias de dolor y nos sentimos comprendidos, incluso podemos reírnos de ello. Compartir y reír, dos buenos analgésicos contra el sufrimiento. Y hablar, un ejercicio liberador.

Una vez fuera, es mucho más fácil encontrar los recursos y las fuerzas para afrontar y/o aceptar cualquier situación dolorosa de nuestra vida.

Leticia Silvela

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