De los piojos al cielo – Por DANIEL CARAVELLA

Su fama de “niño raro” se la granjeó por esa capacidad que tenía de estar callado observando todo lo que sucedía a su alrededor poniendo carita de bueno y sin decir ni mu; sin embargo, aquel verano cambiaría muchas cosas por culpa de una terna de remolinos que tenía en lo alto de su cabeza, pero fundamentalmente a causa de aquel corte de pelo que Don Giovanni había practicado sobre su ensortijado cabello de angelito  como consecuencia de un ataque de piojos que se atrincheraron entre nudos y rizos.

De nada sirvió que cogiera por propia voluntad un litro de vinagre para acabar con aquel parásito maligno, lavando la cabeza una y otra vez hasta vaciar la botella. La traición estaba consumada, “la Reina de la zapatilla” había dispuesto y no cabía otra; como corderillo al matadero, se dirigió hacia el sillón de decapitación en la barbería del Don.

No hubo finezas y menos cuando intentó peinar al “vellocino”. De un cajón sacó un artilugio que jamás había visto en su vida. –Esto lo arreglo yo en “un attimo”- masculló sonriente Don Giovanni, mientras aproximaba aquello contra sus rizos. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo cruel que podía llegar a ser ese personaje orondo, de brazos peludos cual oso, mostacho de forzudo de circo y medio calvo, que sudaba cual porcino. Aquella tijera, cosa, o como se llamara, iba devorando todo a su paso, dejando surcos sin atascarse. – Clac, clac, clac, clac-, la endemoniada máquina había dejado su cabeza redonda, repleta de hormigas milimétricas todas en formación, firmes, en perfecto estado de revista. Al alzar la vista frente al espejo, se reflejaba tras su imagen el matarife de rizos, sonriente, orgulloso, y que  cara al tendido, su audiencia en la barbería,  se vanagloriaba del trabajo perfecto; y a modo de sastrecillo valiente decía – “Ho ucciso un migliaio di draghi in una volta”- .

Los lagrimones intentaron brotar pero no estaba dispuesto a darle gusto al matachín, y como pudo se las contuvo. Pero algo hizo palidecer al gigantón, e incluso retroceder medio paso. Él, no era consciente de lo que se trataba, pero todo apuntaba a que “eso” estaba sobre su coronilla, – ¡Dos Remolinos! -, exclamó. Su mirada y la de D. Giovanni se cruzaron en el espejo,  y entonces fue cuando descubrió el tercero. – ¡Tres! -. Este último se hallaba un poco más arriba del nacimiento de la frente. Enmudeció, y lo que había sido algarabía por haber derrotado al monstruo lanar sobre la cabeza de un chiquillo, se convirtió en auténtico pavor, así que sin mediar mas palabras que las justas, quito la sabana con la que le tenía envuelto,  y le dijo – Vai via, io parlerò con tua madre uno di questi giorni-  Antes de salir por la puerta pudo escuchar cómo le decía a la concurrencia –Tres remolinos, menuda pieza va a ser este. Menuda cruz para esa madre- Lo que le dijo a su madre, se enteró pasados unos años, pero de lo que estaba bien seguro es que cada vez que pasaba por delante de la puerta de Don Giovanni, este, retrocedía, cerraba la puerta, o miraba para otro lado.

Lo que hizo cambiar su fama en el barrio, fue aquella tarde de verano en la que el sopor de la siesta había trastocado la consciencia de Don Giovanni.  Ajenos a que Morfeo hubiera hecho de las suyas en la peluquería, en la acera del edificio de enfrente, existía un lugar paradisiaco para desfogar las energías contenidas en las piernas, y no había mejor manera de hacerlo que contra un pobre balón, que no tenía más culpa que ser esférico. Una tarde más, el mejor “Calcio” se había reunido para resolver quien tenía la supremacía de la calle. La contienda estaba muy igualada, y animada. Era fluida, balón para arriba, para abajo, cabezazo, falta, fuera de juego. Y zas, ocurrió,  la disputa por el balón hizo que este saliera despedido en una perfecta parábola en cuya trayectoria se encontraba un ventanal, que como no podía ser otro, era el del Don.

Como cuando hay una ataque a un hormiguero, del improvisado campo desaparecieron todos los jugadores, todos menos dos, que fueron los que vio D. Giovanni al despertarse sobresaltado tras el indescriptible estruendo, y que sólo fue superado por la voz del forzudo circense que decía, -“Demonio, eres un Demonio de tres remolinos!,  que al igual que el anterior se escuchó en todas las casas incluida la suya,  y que ocurrió antes que Don Giovanni cayera redondo al suelo como si de un saco de patatas se tratara. El veredicto estaba dictado, un único sospechoso,  el de los tres remolinos, que aún con sus guantes de portero puestos,  intentaba salvarse de la situación mientras “la Reina de la zapatilla” aplicaba su castigo,  que alternaba de forma sincopada con un -¿que eras el portero?, zas, ¿que eras el portero?, zas- así durante una treintena de veces.

El cierre y transformación de la Barbería en una Carnicería, no hizo más que agravar la situación del reo. Le aplicaron el castigo más severo que se recuerda en la calle; no volvería a pisarla salvo por imperativo, o para volver al colegio. Como toda historia se desvirtuó, y en este caso, lo hizo hasta el extremo. Así pues, lo que empezó siendo la historia de un niño que dolido por el corte de pelo había atacado y provocado la muerte de un peluquero a raíz de un balonazo, paso a ser la historia de un Barbero de la Toscana, que al descubrir a un demonio de tres remolinos, quedó fulminado cuando el del averno se le quedó mirando, al tiempo que explotaba el ventanal; y cuya alma aguarda en la carnicería pacientemente a que entre el demonio para cortarle el pelo a la altura del cuello.

Para cuando pudo salir a la calle, cualquier intento de modificar la versión era vano. Solo los nueve que le acompañaron aquella tarde sabían lo ocurrido, pero ni poniéndose a coro cambiarían la historia.

Pasó el tiempo, y el castigo fue levantado por completo. El ejército de hormigas había dado paso a unos caracoles torneados; volvía a empezar a parecerse a ese chico que antes de verano gozaba de la estima de entre sus vecino, si bien lo consideraban rarito. Ya no había rastro de los tres remolinos, por lo que sería fácil camuflarse para que no le señalaran como el demonio. El problema, es que siempre hay alguien que la lengua la utiliza para cualquier cosa, y en este caso, para señalar, -¡Uy, ese niño es el Demonio  de los Remolinos, no?- En fin, crucificado de por vida. Esto produjo cambios en su rutina habitual,  salía poco a la calle, con excepción de los días de partido, y porque habían cambiado de ubicación; las idas y venidas del colegio, y alguna poca más. Por descontado, a la carnicería no se acercaba, ni por orden real, ni a riesgo de tener que soportar una síncopa como la proporcionada en su día. El Carnicero, era más joven que D. Giovanni, llevaba un hacha y probablemente corriera lo suyo, así que para no tentar, ni mirar, prefería seguir llevando sus rizos sobre su cuello, no fuera que alguien creyese la historia a pies juntillas.

Habían pasado ya seis veranos de aquel incidente, y aunque las disputas por ser el mejor equipo del barrio, ya habían pasado a manos de otros más pequeños, de vez en cuando se apuntaban para pasar las tardes. Volvían de regreso con sus refrescos en mano, cuando justo por delante de ellos pasó una figura esbelta, de pelo largo, liso, y de unos preciosos ojos verdes de los que no podía apartar la mirada, y que le respondieron con una sonrisa. Cada cual siguió su camino, sin embargo no pudo contenerse y preguntó a los que le acompañaban, – ¿Quién era esa chica? – todos explotaron entre risas contenidas, que como era normal no entendía. Prosiguieron con la tomadura de pelo dos o tres manzanas, hasta que ya cerca de su casa, se plantaron todos frente de la carnicería, y señalaron. “La hija del Carnicero”, y volvieron con las chanzas y risas.

Tardó en llegar a casa veintinueve minutos, y lo sabía, pues su madre le estuvo observando desde que se plantificaron todos delante de la carnicería hasta su llegada a casa. Veintinueve minutos para cruzar la acera, caminar 10 metros, y subir dos plantas. Era evidente que su hijo estaba atravesando un momento traumático, pero a pesar de haberle preguntado, un escaso “nada mamá” fue lo único que consiguió arrancarle. En fin, en otro momento.

No podía ser, -¿la hija del Carnicero?-, para ser una broma de sus compañeros, era maquiavélica,  desde luego los conocía a todos, y si hubieran tramado algo estaría más a la altura del Marqués de Carabás. Esto debía ser la venganza de Don Giovanni, – ¿la chica mas bonita que había visto nunca, la hija del carnicero? -. El fantasma del Peluquero quería atraerle con los encantos de una Venus, para cortarle el pelo a la altura del gaznate. Tenía que comprobarlo, tenía que averiguar si su desgracia había aumentado, o por el contrario, si la vida le sonreía.

Como ocurrencia, no tuvo otra que ir a preguntarle a su madre si por algún casual el carnicero tenía una hija de bonitos ojos verdes y pelo larguísimo. Evidentemente, no necesito saber más. La madre comprendió a la perfección por qué se tardan veintinueve minutos en llegar a casa desde la Carnicería.

De forma pausada, la madre cogió dos sillas de la cocina, dispuso dos vasos con refresco, unos cacahuetes que siempre guardaba, fue al cajón de la entrada, y volvió con algo que parecía un sobre de carta abierto.Un escalofrío le recorrió de norte a sur, estos protocolos de su madre se daban en circunstancias muy especiales, y no entendía muy bien qué de especial tenía esa chica para tanta parafernalia. Su madre le tranquilizó con un – “Hijo, no se lo que estás pensando, aunque da igual, fijo que no es bueno, así que si no quieres verme el pie descalzo, mantente en silencio hasta que termine, y sobre todo sin hacer juicios de valor”. Se quedó seco, ni gesticulo, solo fue capaz de mover los pabellones auditivos con dirección a su madre, y asintió con la cabeza.

La madre empezó a narrarle la historia desde el día que detectó los falsos piojos en su cabeza. Al pasar frente a la barbería de D. Giovanni,  como su niño necesitaba un corte de pelo, le dio las indicaciones para que le cortara algo los rizos, y conociendo lo difícil que iba ser convencerlo  de que tenía que cortarse el pelo, orquestó con el barbero que era una necesidad debido a que tenía piojos.

Hizo un intento de protesta, pero quedó acallado en cuanto vio que la chinela de la madre se descolgó del talón. La premisa era que el niño  le dijera al barbero “me manda mi madre por lo de los piojos”, y el barbero debía decirle, “ah, pasa, con cortar dos o tres dedos es suficiente”. Lo cierto es que el barbero se disculpó con la madre días posteriores, pues ni se acordó, y cuando oyó la palabra piojos, fue directamente a la raíz sin pensar que ese era su hijo. Al final se negó a cobrar nada por el error, aunque insistió que el corte le vendría bien, –  ese pelo necesitaba sanearse -.

No se atrevió a mover un músculo del cuerpo. Aunque aquello estaba más o menos olvidado, por qué remontarse tanto. En fin, prosiguió inmóvil, mientras su madre sacaba la carta del sobre que había traído del cajón de la entrada; la desplegó cual pregonero que en medio de la plaza va a leer el bando, la apartó, y con una sonrisa enorme, le dijo – te lo voy a contar-.

Tras el incidente de la Peluquería, Don Giovanni, mayor y cansado decidió volver a la Toscana, a su Pienza natal, así que decidió venderle el local a su sobrino, una desgracia familiar, “pecora nera” que abandonó la tradición para convertirse en Carnicero. Este sobrino había provocado varios cataclismos de pequeño, aunque su buen oficio le había dado  prestigio; cuántos disgustos había tenido su abuelo cuando  ese bárbaro decidía hacer prácticas con todo el ganado de la granja, y por la mañana, aparecían como para exposición varios ejemplares perfectamente despiezados, eso sí, utilizando sus herramientas de peluquero que quedaban destrozadas.

A la vista que el joven era reincidente con sus herramientas, un día que le pilló desprevenido admirando a un lechoncillo, decidió acercarse sigilosamente, sujetarlo fuertemente con una sábana a una silla próxima, y hacerle en su cabeza un muestrario de diferentes cortes de pelo, en los que se incluían, navaja, tijera, podadora, el uno, dos, etc, etc. Ahí fue cuando descubrió que su sobrino tenía tres remolinos, lo que le granjeó la fama de Demonio, junto su actitud de bárbaro del norte.

A pesar de las travesuras de niño, se había convertido en una persona magnífica, al que Don Giovanni tenía mucho aprecio, así que le pedía a sus amistades del barrio que le acogieran tan bien como lo habían hecho con él.

El Don decidió no pasar por el barrio, no por su estado físico que era fabuloso (salvo aquella lipotímia causada por el calor y el brusco despertar, no tenía ni la más mínima dolencia), sino por el dolor de despedirse de la gente a quien tanto apreciaba, y cuya despedida seguro sería más lesiva que cualquier apoplejía o infarto. Así que decidió despedirse de sus vecinos por carta, aunque no fuera lo más correcto.

Todas las misivas del vecindario llevaban el mismo corte salvo alguna anécdota particular, todas menos aquella, que su madre le mostraba como un valioso pergamino. En esa carta existía una P.D. que cambiaría mucho la historia, no la del demonio, pues eso era insalvable, pero sí la suya. Con aire solemne, su madre le dijo, – y ahora lo que más te interesa de esta carta -. Extendió el pergamino, se acomodo las gafas de lectura y busco el párrafo.

Mezclado con un – ¡aquí esta! , brotó de su boca una risa incontenible, que como le confesó posteriormente, era algo que no podía remediar y le ocurría siempre que llegaba a ese punto. Conteniéndose como pudo su madre comenzó a leer.

“P.D.: Lo de Demonio de tres remolinos es por semejanza con mi sobrino, su niño no ha hecho nada como para merecer tal apelativo, salvo por la coincidencia del número y ubicación; por cierto, dígale a su hijo de mi parte que se dedique a otro deporte, para ser portero es muy bajito y no alcanza a coger los balones.”

La risa incontenida volvió a saltar. Su madre recordaba cada vez que leía la carta la situación de “Madre posesa” arreándo a su hijo treinta zapatillazos sincopados con el ¿que tu eras portero?. El esperpento le superaba. Tras la crisis, su madre se disculpó por aquellos treinta mandobles, y por no haberle creído.

Según lo describió su madre, tenía una cara entre bobo incrédulo y bobo feliz, y era cierto, toda aquello le había dejado embobado. Por lo pronto, en casa ya no era el Demonio rompe escaparates, por otra parte, era el Demonio 2 de Don Giovanni, y -¡esta vivo!, por lo tanto no había fantasma alguno esperándolo en la carnicería -¡Bieeeeen!, la cabeza iba a seguir en su sitio. No existían impedimentos para poder ir a la carnicería, y en ese lugar se encontrarían dos demonios de tres remolinos que en común tenían algo. El viento se  le ponía a su favor. En cuanto a su madre, antes que se diera cuenta, le había hecho una finta y ahora se encontraba a su merced recibiendo media docena de besos en agradecimiento por la historia que le había contado.

– Por cierto – dijo su madre, – Don Vitto? Si, tiene una hija. Por qué?-, sabía perfectamente que no iba a haber respuesta, pues después de la afirmación, su hijo salía disparado hacia su habitación. El resto de la tarde noche la paso ideando la manera de hacerse el encotradizo con aquella maravillosa chica. Pero como no sabía de ella nada hasta ese día, no podía imaginar por donde iría, con quien iba, no sabía nada. La frustración se apoderó de su ánimo. Después de cenar, se acostó pronto, y pensó en levantarse temprano para después de desayunar  ir a recopilar la máxima información posible con el fin de poder orquestar un plan.

Eran las nueve de la mañana y ya estaba en la cocina dispuesto a desayunar. El que estuviera a esa hora de la mañana no era muy normal, y menos tan arreglado. -¡Que madrugador!, ¿tienes alguna cita?- Madres, que sagaces se dijo para si. -¡No, después de desayunar voy a dar una vuelta por si hay alguna noticia interesante!. -¡Ya. No se, te había prometido hacerte Carpacio, pero no compre la carne, ¿Serías tan amable de bajar a por un kilo, y así me da tiempo a prepararlo?.

El cielo se había abierto, los Ángeles tocaban trompetas de gloria. Nunca había tardado menos en llegar a la carnicería. Hubo una parte de la frase que no escucho, concretamente la cantidad, pero eso era lo de menos. Ya tenía una coartada para llegar a la carnicería sin parecer sospechoso.

Entró, no había nadie esperando. Tras el mostrador Don Vitto, cuyo semblante era muy parecido al de Don Giovanni, mucho más delgado aunque corpulento, sin bigote, pero igualmente calvo ; y su hija. Se quedó mudo, no esperaba encontrarla allí tan temprano. Armándose de valor, se dirigió a Don Vitto para pedirle el encargo que le había hecho su madre, y armándose de valor, tras un leve carraspeo, le dijo – ¡Buenos días. Quisiera preguntarle si puedo salir con un demonio, soy el Carpacio de tres remolinos, y mi madre quiere a su hija! Así, del tirón, y tan fresco.

Aquel señor tan corpulento, con los brazos en jarra y hacha en mano, se le quedó mirando fijamente, atónito, estupefacto. Tras un breve silencio, le respondió una por una a las cuestiones planteadas. – Perdone, en primer lugar, usted es muy libre de juntarse con quien quiera, por mi parte que lo haga con un Demonio me preocupa; joven, no son buenas compañías, y recuerde, habita en sitios muy cálidos. En segundo lugar, no tenía el placer, no conocía ningún Carpacio parlante, y mucho menos de tres remolinos. Yo soy Don Vitto, para servirle. Y en tercer lugar, no me extraña que su madre quiera a mi hija, a la vista esta, con un hijo como usted.

Lo había bordado. Una metedura de pata, y tres puñaladas de respuesta. Perfecto. Ya podía meterse debajo de la cama y no volver a salir hasta su cuarta reencarnación. Y en presencia de su Venus. Se podía hacer más el ridículo? Imposible.

Se mantuvo el silencio un breve instante. Levantó la vista, y allí estaba ella que empezaba a reírse, y lo mejor, su padre le seguía haciendo los coros. Finalmente la carnicería se llenó con la risa de los tres ante el absurdo ocurrido. Pasado el frenesí burlesco, Don Vitto salió detrás del mostrador con un paquete que tenía preparado, y le dijo – Si, tiene mi permiso joven para salir con mi hija, siempre y cuando ella quiera. Me encanta que seamos tocayos de remolinos, y toma, la carne para su madre. Nos ha llamado -.

Otra vez se había abierto el cielo. Carraspeo, y se dispuso a hablar, eso sí, en esta ocasión no le bailo ninguna frase. – Gracias D. Vitto -, y sin parpadear, se giró y le pregunto a su Diosa -¿te viene bien a las cinco?. No hizo falta que lo dijera aquel leve parpadeo lo dijo todo, -¡Siiiiiiiiiiiiiiii!, a las cinco como un clavo. Buenos días y hasta la tarde!, y a la misma velocidad que entró, salió. Sin embargo esta vez al cruzar la calle, se giró para mirar hacia el ventanal, y por un instante le pareció ver la imagen de Don Giovanni que sonriente y brazos en alto, gritaba -Demonio, eres un demonio de tres remolinos-, sin embargo la imagen se disipó, y tras ella, ahí estaba de nuevo, la esbelta figura de largos cabellos y preciosos ojos verdes, y cuya imagen se quedó grabada en sus pupilas por siempre.

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Daniel Caravella

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