De legumbres

El destino que nos gobierna, perfectamente permutable, afirma, tiene la culpa de lo que nos sucede. Hay una especie de libro infinito y borgiano en el que está escrito nuestro avatar en letras de molde por algún ser superior, no religioso, ni tan siquiera divino. Básicamente  en el capítulo que el citado volumen universal del sino dedica a cada uno de nosotros, como humanos del orbe, viene nuestro nacimiento y la fatídica hora en que veremos el rostro de la muerte, el resto, la paja como si dijésemos, se puede cambiar, aunque no del todo y siguiendo una serie de condiciones propias de los héroes griegos. Pero, insiste la señora, no es una idea religiosa, es más, los curas, casi todos, están en contra. Ella sabe por qué y lo explica. Tiene que ver con los dos mil años que llevan mandando los Papas de Roma, bajando la voz naturalmente y mirando antes a ambos lados, no sea que.

Excelente acompañamiento de afirmaciones exageradas y vehementes. Hay quién se siente orgulloso de su voz, entonación y retórica y las muestra con ímpetu, más por oírse a sí mismo en un onanismo dialéctico, insufrible para los demás. Incluso en Guinea cuecen habas, o cualquier otra leguminosa. Antes se usaban para enriquecer la tierra, las leguminosas, se sembraban habas, lentejas, guisantes, titos, chícharos, yeros etcétera y la siguiente cosecha de cereales era espectacular. El  rhizobium leguminosarum fija el nitrógeno a la tierra. Como decía: en todos sitios cuecen habas.

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ldc78

Las dos Castillas

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