De isla en isla – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO

Ya no eran semidioses invencibles; el fallecimiento de Magallanes dejó al descubierto su vulnerabilidad.  La desconfianza en los indígenas precipitó su marcha. Humabón les ofreció una comida de despedida; unos recelaron y otros como Serrano y Barbosa, elegidos tras la desaparición del portugués para comandar la expedición, aceptaron la invitación. Invitación envenenada que atrapó a todos los reunidos en una emboscada. Solo uno pudo escapar a la traición mortal.

Ciento quince tripulantes y tres barcos; los restos de la expedición. La Concepción, herida de muerte, también les abandonó. Elcano sería el maestre de La Victoria, Carvalho de La Trinidad. Errantes, de isla en isla, con las fuerzas enterradas en algún lugar recóndito e inaccesible, las deserciones se multiplicaron, la esperanza permaneció sepultada bajo capas de hormigón incrementando la angustia, sin rumbo fijo, perdidos en la zozobra de un mundo extraño, lejos de los suyos, con la incertidumbre del minuto siguiente.

Y ya casi sin poder creerlo la vieron. Tidore. Dos años y tres meses después de dejar la patria cumplían su objetivo. El 8 de noviembre de 1521 fondearon frente a la isla, la primera productora mundial de clavo. Almansur, su rey, les recibió; en una canoa dorada bajo una sombrilla de seda y empuñando un cetro de oro les dio la bienvenida. Pocos días se mantuvo el espejismo; los portugueses habían arribado a las Molucas diez años antes, sería cuestión de tiempo que supieran de la presencia de españoles allí. Tenían que cargar las especias en los barcos con rapidez, el riesgo era grande y la perspectiva de la vuelta a casa reconfortaba aquellos corazones.

La Victoria iba en cabeza, La Trinidad a la zaga.

La dicha se truncó, una vía de agua hizo  varar en seco a esta última  después de descargarla. Elcano proseguiría evitando las rutas portuguesas; Gómez de Espinosa, el relevo de Carvalho,  lo haría meses después tras la reparación de la nave. El 6 de abril reinició el viaje. Y se alzó inmisericorde el Pacífico mostrando su verdadero rostro; frío, temporales y vientos frenéticos partieron los masteleros, el castillo de proa quedó a merced de las embestidas marinas. Con la sentencia de muerte palpitando en las entrañas de la nao, decidieron regresar a Tidore con un saldo de más de treinta bajas. Nunca llegaron.  Abordados por los portugueses, La Trinidad emitió en su agonía un último quejido antes de hundirse para siempre.

Cuatro meses de trabajos forzados en las Molucas acabaron con el último aliento de vida de casi todos ellos. Su aventura alcanzó el final.

 

Lola Sánchez Lázaro

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