De cuando el tiempo vuela y nosotros no – por PEDRO PABLO MIRALLES

Camila llegó tarde a casa y anochecido, cansada, muy cansada, la prolongada enfermedad de su padre y el lento sinvivir de su madre, el trabajo atosigante de la oficina que poco o nada le interesaba y sobre todo Roberto en su mente. Ya no le cabía tanto en el cuerpo ni en el alma. Buscaba el momento de tranquilidad y silencio que no había encontrado desde que se levantó muy temprano.

Sobre la marcha, sin pensarlo, tomó tres decisiones. La primera darse una ducha y ponerse en pijama, la segunda preparar una cenita frugal en la cocina y, en fin, instalarse en la terraza para no hacer nada, pero nada de nada, simplemente descansar.

Entre tiestos, hojas y alguna que otra flor, se sentó en la silla plegable de lona color verde claro con motivos marinos difuminados, reclinó suavemente el respaldo y los pies quedaron flotando en el aire. Su cabeza casi en posición horizontal le permitía ver el cielo estrellado, no había luna o en esa posición no se podía ni entrever. Despacito y sin darse cuenta al poco quedó dormida.

Roberto llegó a casa y se encontró a Camila de esa guisa. Sin hacer ruido, con delicadeza, la tomó del brazo, la levantó con cuidado sin apenas hacer ruido y mirándose a los ojos de vez en cuando, llegaron al dormitorio. En la cama, los dos de la mano, conversaron en tono casi imperceptible, se amaron dulcemente y, cuando se escuchó tres veces el reloj de pared de un vecino, con campanillas de sonido tan ridículo como cursi, para entonces ambos dormían plácidamente.

El crepúsculo del amanecer y su posterior luz intensa horizontal, medio despertó a Camila en una posición incómoda e inhabitual, miró hacia la claridad del cielo y se tapó los ojos con las manos. Con la torpeza propia del despertar se dirigió a la cocina, preparó un café con leche y puso un poquito de pan en el tostador al que después vertió un chorrito de aceite de oliva por encima. Desayunada se fue al dormitorio, se echó en la cama impecable con las sabanas de hilo blanco como recién planchadas, pensando que nunca le había pasado eso de quedarse profundamente dormida en la terraza y pasar allí la noche.

Hacía ya unos cuantos meses que no veía a Roberto después que una tarde se fuera de la casa y dejase una nota sobre la mesilla de noche de ella en la que se podía leer: “Camila, te quiero pero necesito irme, el tiempo vuela y nosotros no. Un beso, Roberto”. Camila intentó sin éxito una y mil veces, uno y otro día, que se repitiera el sueño que tuvo aquella noche en la terraza.

TERRAZA06

Pedro Pablo Miralles

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