De admiración se vive – por ELENA SILVELA

Empatizar con una persona, colocarse en su lugar, vestirse con sus iras, miedos y tristezas no es nada fácil. Da igual la cercanía de trato o la extranjería. Quizá incluso la extranjería beneficia algo, pues se descarga uno de subjetividades. ¡Quién no cree conocer bien al que tiene cerca y sin embargo se equivoca de cabo a rabo! Empatizar requiere desprenderse de uno mismo para mutarse en otro. Es empresa compleja. Se convierte en un imposible cuando lo que nos provoca una persona es admiración. El rango ha subido de nivel y ya no es factible colocarse en su lugar, ya no es posible trasladar sus miedos y vivencias a nuestra vida y comprender. Simplemente porque se escapa de nuestros esquemas.

Tengo como objeto de admiración a una señora de pelo rubio y profundos ojos azules oscuros que abandonó su vida durante tres años para acompañar la enfermedad de su hija adolescente. Mi objeto de admiración es una señora guapa, elegante y comprensiva que quiso fundirse con el sendero penoso de su hija para que ésta saliera adelante, y no lo logró. Junto con esta desgracia, como ocurre en todas las esquinas de este mundo, vinieron otras. Su separación matrimonial fue un fracaso añadido al drama. Aunque ya era sobradamente previsible, el hecho de separarse no deja de ser un trauma que se añade a la tragedia de una muerte a destiempo.

Esa señora de pelo rubio, guapa, elegante, comprensiva, de profundos ojos azules pasó de una vida llena de detalles, sonrisas, alegrías, voces, abrazos… a la nada. No había hija. No había marido. Su otra hija ya tenía vida y familia propia. No había ser humano en su casa más que ella. Cientos de veces he intentado recrear la imagen de su figura entrando por la puerta de su salón a una soledad absurda y a una tristeza incalificable. Así una noche. Y otra, Y he sido incapaz de figurarme cómo salió airosa. ¿Cómo se amasa el silencio de la nada con el fracaso de un matrimonio largo tiempo adormecido y el desgarramiento de perder a una hija en una larga enfermedad dolorosa y devastadora? El interrogante que planteo es largo, lo mismo que profundo, difícil y casi inabarcable. ¿Dónde se guardan la soledad, la morriña y las lágrimas a la hora de levantarse? ¿Y al entrar en casa con nada más que uno mismo, un día tras otro? ¿Dónde se encuentra la fuerza para poner amor y una sonrisa en esa situación? Puedo plantear muchas preguntas más, pero no osaría dar respuestas pues la empatía no es compatible con determinadas situaciones. Así lo creo. En su lugar, dejo mi admiración más completa. Por ti, señora de pelo rubio, guapa, elegante, comprensiva, de profundos ojos azules oscuros y fortaleza espectacular. Por tu evolución.

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Foto de César Babío

Elena Silvela

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