Daniel

No lo conocía entonces y aún luego nunca tuvo la certeza de saber cómo había sido su vida antes, cuando todo estaba a miles de kilómetros y no a cientos, cuando la vida parecía otra cosa. No lo conocía pero siempre se lo imaginó rubio, risueño, trasto y en una casa grande, un piso de esos enormes, de esos edificios modernos de aquel futurismo extraño de los años 70.

Caracas, una casa grande, paredes blancas, servicio doméstico y un niño rubio, risueño y travieso… el principio de todo. Pero para que ese todo llegase a ser suyo, o al menos para que ese todo le fuera temporalmente prestado, hubo de pasar mucho; los 70, 80, 90 e incluso empezarse el nuevo siglo y milenio en el que, acabando su primera década, marzo decidió que era el momento.

No fue un encuentro en un baile, no fue una presentación entre amigos, un choque fortuito en la calle ni tampoco un encuentro profesional que termina excediendo el marco laboral. No, fue como se supone que son ahora las cosas: a distancia, enredadas por esa red invisible y conectadas a personas y hechos que, como pequeños eslabones, terminaron por conectarlos a los dos, convirtiendo la red invisible en cadena, perpetua.

Quizás no fue así porque ninguno de ellos era un príncipe ni el otro una princesa, ni habitantes de un siglo pasado con citas para tomar el té, ciudadanos de una misma ciudad para chocarse, ni tampoco trabajadores de un mismo sector. Tal vez ni si quiera eran de un mismo mundo y por eso al destino, a lo irremediable y a lo que tenía que pasar, sólo les quedó esa red, esa cadena ya perpetua como única vía de encuentro.

Un “hola”, una solicitud, un ofrecimiento, un voto (aún no de confianza) y una invitación a una cena o a una copa, o a las dos cosas y un “quizás” los llevó casi sin quererlo y mucho menos sin pensarlo a hacer el amor mientras Doris Day cantaba agarrada a Cary Grant aquello de perhaps, perhaps, perhaps…

No estaban juntos pero daba igual, no hace falta estar juntos para amarse y mucho menos para hacer el amor. La red invisible, convertida en cadena y hada madrina a la vez, los había unido mucho más de lo que pueden estar otros que comparten espacios, cama y hasta piel… A ellos les llegaban las palabras escritas y las imágenes y les bastaban las pronunciadas al otro lado del teléfono. Era suficiente con aquel  pasar de los días mientras se pasaban las fotos de cada uno de sus viajes y la mente se llenaba de preguntas respondidas en el acto con afirmaciones mutuamente inventadas. Llegaban las conversaciones, los escritos, las despedidas de madrugada y aquel volver a empezar cuando el nuevo día comenzaba: “Buenos días pequeño”.

Le llamaba pequeño, míster, guapo y guapetón… y él en cambio parecía resumirlo todo con las cinco letras de su nombre completo, sin diminutivos ni abreviaturas; ése era él: Daniel, completo, bonito y suyo. El chico fabuloso que había estado esperando sin esperarlo todos aquellos años 70, 80, 90 y primera década de aquel nuevo siglo y milenio. Era él el príncipe de las mareas que había cruzado los mares de aquella infancia en Caracas, las aguas de una casa grande, de paredes blancas, servicio doméstico y de aquel niño rubio, risueño y ahora, como los emigrantes, estaba con él tras cruzar el charco. D A N I E L , y el mundo parecía no existir fuera de sus fronteras.

CaracasAvila

Emilio Pardo

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